Movilización masiva contra el cierre de Alcoa

La única consecuencia positiva ante el mazazo para la comarca avilesina fue la abrumadora imagen de unidad alrededor de su industria y sus empleos


Después del serio amago de 2014, Alcoa decidió este otoño sentenciar para siempre sus fábricas de Avilés y La Coruña. La multinacional estadounidense lanzó su órdago y, aunque el resultado aún es incierto (en el momento del cierre de este Anuario siguen los contactos abiertos entre la empresa, los sindicatos y las administraciones), la única consecuencia positiva fue la abrumadora imagen de unidad alrededor de su industria y sus empleos que la comarca avilesina, con el apoyo de manifestantes llegados de todas Asturias, lanzó al resto de España en la gigantesca protesta del 8 de noviembre. Contar multitudes siempre es una tarea arriesgada, pero a nadie extrañó la cifra de 50.000 personas reunidas en contra de la clausura y los despidos que mencionaban todas las crónicas. La forma distanciada y cerrada a la negociación con la que la sede de Pittsburgh anunció como algo inamovible la reducción a una sola factoría de las tres que ahora tiene en España ayudó a alimentar los sentimientos de indignación y agravio.

Con el avance del otoño, la empresa reconsideró su postura y accedió a sentarse en una mesa de negociación. La presión política, sindical y social era elevada, aunque Alcoa demostró en verano, con su actitud en otro conflicto laboral en Australia, que sabe ser despiadada en su planificación y en el trato a los trabajadores. ¿Tiene razón la empresa cuando afirma que las instalaciones de Avilés y La Coruña se han quedado anticuadas y generan unos costes que se comen los beneficios de su actividad? Casi todo el mundo lo duda. La multinacional se quedó con la antigua aluminera pública Inespal después de que el Estado español la saneara y modernizara, así que los sindicatos y los economistas más críticos apuntan que, en todo caso, la responsabilidad por la falta de inversiones en renovación desde hace dos décadas sería de la propia empresa.

Averiguar los costes de las fábricas tampoco es una tarea sencilla. Otra división de la propia Alcoa les proporciona alúmina, la materia prima necesaria para la fabricación del aluminio, y el mecanismo de fijación de precios no está claro. La empresa reconoció al presentar los resultados económicos del tercer trimestre del año que las ventas de alúmina -a sí misma y a otra empresas del sector- se ha convertido en una de sus principales fuentes de ingresos. Además, su negativa a poner las fábricas en venta para evitar que otro competidor se haga con ellas parece desmentir la afirmación sobre su obsolescencia y falta de competitividad.

La única queja de la multinacional que ha hallado eco es la del excesivo coste de la electricidad en España. El mecanismo de las subastas de interrumpibilidad del suministro a cambio de rebajas en la factura no ha convencido a la industria electrointensiva asturiana. El Gobierno central ya ha anunciado cambios y rebajas para el futuro, mientras empresarios y políticos asturianos aspiran a un régimen similar al vasco. Pero incluso en ese argumento los sindicatos y la ministra de Industria han rebatido a Alcoa: la empresa lleva más de una década cobrando ayudas públicas para equilibrar sus costes y no planea devolverlas antes de irse. Si es que la presión no logra contener su marcha.

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