Redacción

Este año 2019 se conmemora el sexagésimo aniversario del Nobel que encumbró la carrera de Severo Ochoa tras tantos años de esfuerzo, exilio y pasión por su campo. Durante estos 60 años el bioquímico inspiró a muchos jóvenes a seguir sus pasos, como César Nombela, al que dejó al cargo de la fundación creada por su propia voluntad con su nombre y el de su mujer: Carmen y Severo Ochoa. El instituto del pueblo que lo vio nacer, Luarca, cambió su nombre por el suyo. Unos hechos que parecen justos para honrar su memoria pero que con el paso del tiempo se han ido diluyendo. «Asturias tiene una deuda pendiente con su figura» explicaba Wenceslao López Martínez, alcalde de Oviedo. Y no le falta razón, el patrimonio del científico se quedó en Valencia, que supo sacar partido de sus raíces levantinas. Quizás el Principado no supo gestionar ese reconocimiento, pero nunca es tarde si se pone voluntad.

Un pequeño museo en su villa natal así como una estatua a tamaño real fueron los primeros pasos para enmendar un error que llevaba demasiado tiempo produciéndose. Ahora, en este aniversario surgen nuevas iniciativas: Una plaza en el HUCA llevará su nombre y se espera que pronto el aeropuerto de Asturias realice la misma acción. Tres sellos serán también sacados al mercado, gracias al artista y jurista Juan Méjica. Él y su fundación han sido los responsables de rescatar la figura de Ochoa, con la colaboración de su familia reuniendo más de 300 archivos que aspiran a estar expuestos permanentemente en un museo. «Tenemos unos archivos inéditos que no están en Valencia, porque vienen directamente de su familia, a la que les agradezco infinitamente su aportación», así lo afirmaba el propio Méjica en el acto conmemorativo realizado en la Real Academia de Medicina. Allí se expusieron diez de esos documentos, a la entrada del edificio, en los que se podían observar en sus vitrinas retazos de una vida dedicada a la ciencia y a la familia. Su sobrina Noli Roca Ochoa, así como su sobrinanieta Carmen Lavandera-Lavandera estuvieron acompañadas del Méjica; del alcalde de Oviedo Wenceslao López; César Nombela; el doctor Julio Bobes, que presidió la mesa redonda del evento; Francisco del Busto de Prado, consejero de Sanidad; Santiago García Granda, rector de la Universidad de Oviedo; y Manuel Álvarez-Uría Rico-Villademoros, presidente de la Real Academia de medicina de Asturias.

 «Lamentamos que el legado de Ochoa esté en Valencia por culpa de Santiago Grisolía que se lo llevó, pero tenemos una segunda oportunidad y no podemos perderla», defendía Méjica. En esta nueva oportunidad, tendrán lugar actos durante todo el 2019 y parte de 2020, en los que la exposición rotará por toda España. Comenzará con una pequeña muestra en Gijón, pasando por Oviedo del 1 al 22 de septiembre en Trascorrales y el Museo Arqueológico. También, y hasta que se vayan sumando más ciudades estará presente en Valladolid, Zaragoza, Valencia e incluso en los pueblos asturianos, a los que Méjica ofreció la posibilidad de «acercar la figura del Nobel para crear vocación científica a los menores. Me gustaría que el museo no fuesen solo paneles, que estuviese vivo, como la ciencia, al igual que pasa en otros museos de España». Incluso propuso crear el museo en la magnífica Villa Excélsior, de Luarca, aunque por el momento su alcalde Simón Guardado, también presente en el evento explicó que «están barajando la posibilidad de hacer una muestra temporal en el piso de arriba del museo ya dedicado a Severo Ochoa, en el palacio de los marqueses de Gamoneda».

La persona detrás del Nobel

Carmen Lavandera-Lavandera, visiblemente emocionada por el reconocimiento a su tíoabuelo contó a los allí presentes la faceta más familiar y entrañable de Ochoa y los recuerdos imborrables que compartió con él los veranos en su casa de Villar. «El primer recuerdo que tengo de mi tío es tenía esa figura de empaque y su mujer era rubia guapísima, parecían salidos de una película de Hollywood con ese coche americano que tenían, él al ver mi cara de asombro me dijo: Niña, que soy tu tío Severo», afirmaba. Otras anécdotas se fueron sucediendo, como sus paseos por la playa de Portizuelo, para él «la más bonita del mundo» cuando les explicaba a sus sobrinos (en aquella casa se reunían hasta cuatro generaciones) la ciencia de manera que ellos la pudieran entender. Las tertulias al caer la noche en el jardín del chalé también eran habituales, mientras su hermana tocaba el piano él hablaba de arte, literatura, música, de sus viajes por el mundo y de sus recuerdos familiares: «Siempre decía que su madre era tremendamente inteligente y que su padre era un santo. Tenía mucho sentido del humor y era muy bueno». Por todo ese cariño que le tiene, Carmen comentó que le dio mucha pena que el legado se quedase en Valencia, aunque ella está haciendo todo lo posible por cambiarlo: «Mi tío le dejó a mi madre antes de morir su anillo de casado y el de Carmen, también el anillo del Nobel y yo los he donado a la fundación Méjica para conservar su memoria».

Unos testimonios que coinciden con los de Santiago García Granda: «Cuando Severo recibió el Nobel dijo: Estoy muy contento, me acuerdo de Luarca. Creo que todo homenaje es poco para poner en alza a un hombre que tanto dio a Asturias sin pedir nunca nada a cambio». Al igual que Francisco del Busto, que quiso rendir homenaje no solo a Ochoa, sino a otros investigadores asturianos que han dado ejemplo mundial como Carlos López Otín y Margarita Salas. Unos nombres que Wenceslao López espera que no caigan en el olvido, y que se vuelva a cometer el mismo error: «Tenemos una debilidad importante que es el no saber reconocer los suficiente a las grandes personalidades. Hay grandes figuras desconocidas para muchos asturianos.Tenemos la obligación de pagar nuestras deudas porque reconocer la excelencia nos hace tener más valor». 

Hablar de Severo es hablar de Carmen

César Nombela repasó la carrera del Nobel hablando de las entrelíneas de su vida, mientras acompañaba su discurso con diapositivas de sus descubrimientos e imágenes de su vida. Afirmaba que Ochoa entró en la universidad de medicina para acercarse a Cajal al que «admiraba profundamente a pesar de que nunca tuvo un encuentro personal con él». Su vocación  fue muy precoz, publicando artículos científicos en revistas internacionales desde muy joven. «Entendía la vida desde las moléculas», explicaba Nombela. También hubo espacio para hablar del pilar fundamental de su vida, Carmen García Cobián con la que compartía el gusto por la música y el arte: «Con el fin de la vida de Carmen acabó la suya. Para él nada tenía sentido sin ella y sin la investigación». 

También Manuel Álvarez-Uría compartió sus encuentros con él y con su esposa, con la que hablaba de sus recuerdos de juventud en las romerías de las fiestas de pueblo, algo que entusiasmaba al bioquímico al ver a su mujer tan contenta. Coincidieron en alguna que otra comida porque el luarqués «un estusiasta de la fabada y los coches. Además era brillante y arriesgado conduciendo». El catedrático de Biología Celular de la Universidad de Oviedo explicó como Ochoa recordaba con nostalgia su estancia en Nueva York, también corroborado por Nombela que afirmó que «tenía un inglés académico exquisito, pero en conversaciones distendidas hablaba inglés asturiano». 

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La deuda pendiente de Asturias con Severo Ochoa