Así lidia Carlos López-Otín con la depresión

El prestigioso bioquímico habla de su recuperación tras «el eclipse del alma» que ha sufrido en los últimos años

Carlos López Otín
Carlos López Otín

Redacción

Carlos López-Otín sabe con precisión el momento exacto en el que se quebró. Tras cuatro décadas de una carrera brillante como bioquímico, de publicar artículos de impacto en las revistas científicas más prestigiosas y acumular miles de citas y de convertir su laboratorio en cantera de científicos, pero también tras de 30 años de sufrir un acoso crónico, el día en el que le anunciaron que había que sacrificar los 6.000 ratones que llevaba 20 años preparando para sus investigaciones por un virus, López-Otín se derrumbó y acudió a un psiquiatra, al que se refiere como su maestro zen, para aprender a sobrevivir. Buscó la soledad y el silencio, elaboró un dossier en el que recopiló casos de su entorno científico que se habían suicidado tras afrontar una situación similar a la suya y escribió en 28 días y 28 noches un libro La vida en cuatro letras, que sale a la venta en los próximos días.  

Dos años después de ese momento, de ese «eclipse del alma», tal y como él mismo lo denomina, Carlos López-Otín está en plena recuperación. No se considera curado, lo niega cuando alguien se lo menciona. De la «demolición social» que trataron de hacer con su persona, no se sale de un día para otro. Pero tiene herramientas en la mano para conseguirlo, así lo ha contado en una entrevista concedida a Vidas públicas, vidas privadas, a Jesús Braga.

En plena recuperación

Su maestro zen está siendo clave pero también sus alumnos. Tras una baja y una estancia en París, el bioquímico ha regresado a las aulas. En todos estos años en la Universidad de Oviedo han asistido a sus lecciones más de 10.000 estudiantes, según sus cifras. Ellos le transmiten gran parte de la energía que necesita para seguir funcionando. Reconoce que el contacto con los alumnos le produce una satisfacción especial. «Es algo insuperable», admite. Esa relación también tiene lugar en el laboratorio, al que ha regresado. Cuenta que vienen a visitarle estudiantes, chicas sobre todo, que han sufrido episodios de acoso. También recibe cartas anónimas de gente que le relata experiencias negativas que han sufrido en sus entornos de trabajo. Su decisión de contar lo que le ha sucedido parece servir de ayuda a otros muchos y esto parece producir, a su vez, un efecto beneficioso en su recuperación.

El bioquímico ha recibido miles de cartas de apoyo. Lo sabe pero no ha podido leer más que una veintena que le han seleccionado. Así se lo ha recomendado su psiquiatra, porque es mejor que esté «al margen de las emociones duras». Las que ha abierto las retiene con claridad en la memoria porque le han emocionado. Da las gracias a todos aquellos que le han dedicado el tiempo suficiente para escribir, tanto a los anónimos como a los que representan a instituciones públicas y, por tanto, a ciudadanos o colectivos. En estos momentos en los ha «conocido el lado oscuro» también ha sentido el calor de la gente.

Ha tenido tiempo para reflexionar y para acercarse a la memoria de su padre, que también sufrió un revés en la vida. Cuenta de él que era un hombre de «extraordinaria inteligencia» y que en su pueblo, Sabiñánigo (Huesca), llegaron a decir «que se había pasado de rosca». Era un hombre sencillo que montó un taller mecánico en el que fabricaba pequeñas piezas casi de manera artesanal, sin apenas preocuparse por el rendimiento. Le fue bien y hasta los 50 años tuvo una vida plácida. Entonces llegó un encargo singular, para unas piezas muy concretas. Era de la Nasa para la construcción de un satélite. Aquello les conmocionó a todos. Estaba trabajando para la agencia especial norteamericana. Ese encargo le dio cierta proyección y entonces recibió otro encargo grande que le obligaba a realizar inversión en maquinaria y a crecer. Lo dudó mucho pero terminó aceptado. No era un trabajo creativo, era algo mucho más industrial, pero suponía un salto adelante. Nunca le pagaron y el padre de Otín entró en «una espiral demolición». Hubo una suspensión de pagos y asumió sus responsabilidad, para no dejar en la estaca a nadie, especialmente a sus trabajadores. Perdió el taller y hasta la casa. Sufrió una depresión y estuvo años de salir de casa.

Cuando el bioquímico se quebró, se acordó de su padre. Temió que la vida de su familia fuera como Cien años de soledad, y que la historia volviera a repetirse. Tenía antecedentes en los que pensar. Se dio cuenta de que la mayor parte de las veces las decisiones más importantes de la vida las toman otros por uno mismo y esos otros no siempre son amigos. Entendió que el azar tienen importancia en la vida. Pero, sobre todo, comprendió un poco mejor a su padre.

Otro pilar para acabar con el eclipse del alma ha sido un colega bioquímico, un amigo ya de la etapa estudiantil en el Severo Ochoa, de Madrid, de décadas, para el que también han sido unos años cruciales y al que dedica el libro, Juan Valcárcel. Cuando López-Otín se quiebra, a Valcárcel le diagnostican un linfoma. Así que los amigos se prometen ayuda mutua. Otín le dice a Valcárcel que va a ayudarle a curarse. Valcárcel le dice a Otín que va a ayudarle a salir del pozo. Valcárcel está curado. Otín, en proceso. «Su ayuda ha sido extraordinaria», reconoce.

Una de las razones por la que eligió Asturias para instalarse es por la discreción que ha marcado su vida. «Siempre he querido ser invisible y feliz», explica. Durante muchos años, así ha sido. Su relación con la región ha sido de puro entendimiento. Él le dio mucho y la sociedad asturiana ha tratado de compensarle. Lo reconoce. Pero no estaba preparado para comprender «que la vida puede ser tan perversa y que hay colectivos son peores que cualquier pesadilla», así que ahora tiene que volver a encaminar los pasos. La lectura y especialmente la poesía le están ayudando. Cita a muchos autores. También al asturiano Ángel González: «Aquí estoy disolviéndome en el aire cotidiano».

  

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