«Apoyaría la oficialidad de nuestras lenguas; pero sobre todo las usaría. Como usaría nuestros productos y servicios»

Inaciu Iglesias es un empresario y conocido activista asturianista

Inaciu Iglesias
Inaciu Iglesias

No va a pasar. No creo en los reyes magos; aunque, existir, existen y la prueba son las cartas que nuestros políticos les envían cada cuatro años en campaña electoral. Así funciona la cosa provinciana: ellos nos hacen promesas imposibles y nosotros protestamos y se las compramos. Por eso, si yo fuera presidente -cosa que, insisto, no va a pasar- empezaría el cuento por el final, no haría promesas -se lo prometo- y, como mucho, ofrecería sangre, sudor y lágrimas; porque eso es exactamente lo que tenemos por delante: un camino de esfuerzo y sinsabores y un montón de contradicciones por resolver.

Hay dos maneras de cuadrar las cuentas: decidir en qué se va a gastar y decidir también de dónde vamos a sacar los recursos. Parece fácil; es solo cuestión de sumar y restar, pero no nos termina de funcionar porque unos y otros, los de derechas y los de izquierdas, se dedican a otra cosa: a gastar lo que no tenemos y el que venga detrás que arree. Y todos dicen además que, ahora, nuestra prioridad es crear empleo: sostener el estado del bienestar, las pensiones y la sanidad universal manteniendo y atrayendo industrias e inversiones, creando riqueza y posibilitando que los miles de asturianos que no pueden trabajar encuentren dónde. Bueno, pues si yo fuera presidente me lo tomaría mucho más en serio y asumiría, para empezar, que no hay beneficio sin riesgo, que no se puede contentar a todo el mundo y que apostar por el empleo implica renunciar a muchas cosas. Entre otras al aplauso fácil. Y, por eso, no me importaría que me llamaran, por ejemplo, vendido al capital si con ello consiguiera proporcionar una vida digna a todos esos compatriotas que hoy no la tienen.

Si yo fuera presidente pelearía para que las empresas tuvieran aquí un entorno amable, sí, amable; porque nuestro problema no son las industrias, sino la falta de ellas. Así combatiría la brecha salarial y los salarios de miseria: ayudando a crear más empresas solventes; un mercado laboral nutrido donde los trabajadores no tuvieran que resignarse y pudieran escoger. Y no perdería mucho tiempo prometiendo ayudar a los emprendedores, a las pymes, al comercio, a los autónomos, a la formación dual y a la otra, a la armonización fiscal, a las nuevas tecnologías, a la innovación o la retención del talento. No lo haría porque eso ya lo dice todo el mundo y no hay que repetirlo tanto: hay que hacerlo. Y, en concreto, me dejaría la piel, en los despachos para que nuestras grandes industrias tuvieran una tarifa eléctrica competitiva; y sé que eso no iba a ser fácil porque el enemigo no es pequeño: es el intervencionismo de los grandes. Y así defendería, por ejemplo, la continuidad de Alcoa: peleando; como se peleó por Monroe, pero no por tantas y tantas otras. Y negociaría la cuota de la xarda, o los presupuestos generales, o las infraestructuras de todo tipo como se negocia todo: con fuerza, habilidad y honestidad.

Y también, si yo fuera presidente, haría todo lo posible por devolvernos un poco -aunque solo fuera un poco- de autoestima, de reconocimiento de nuestro patrimonio y de aprecio por lo nuestro. Porque nos jugamos mucho y solo si confiamos en nosotros mismos tendremos futuro. Y, por eso, apoyaría la oficialidad de nuestras lenguas; pero sobre todo las usaría. Como usaría también nuestros productos y servicios: predicando con el ejemplo, comprando a nuestras empresas y contratando a nuestros profesionales. Pero no por obligación, por enchufismo o por decreto; sino porque son tan buenos como cualquiera y, además, son los nuestros. Y no intentaría combatir la corrupción con burocracia; porque eso nunca funciona y porque el origen del mal hay que buscarlo en otro sitio: dentro; por eso, si yo fuera presidente llegaría hasta el fondo de las tramas de mediocridad y suciedad que nos siguen lastrando. Y perdería la vergüenza y seguramente algo más en el intento: duraría poco en el cargo. Pero no me importaría, porque no iba a ser difícil mejorar lo que además ahora y además -qué contra- ensuciarse para dejar limpia la casa iba a merecer la pena.

Todo eso y muchas cosas más haría si yo fuera presidente. Aunque no vaya a pasar.

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