«Si los británicos están siendo capaces de liberarse del carbón, nosotros vamos tarde, pero también podemos»

Alfredo Ojanguren, miembro de Geotrupes y profesor de la Universidad de Oviedo, está convencido de que el primer paso tiene que ser escuchar lo que dicen la ciencia y las instituciones internacionales respecto de los problemas globale

Alfredo Ojanguren
Alfredo Ojanguren

Si yo fuera presidente del Principado de Asturias estaría en una posición óptima para poner en práctica esa máxima que dice «piensa en global, actúa en local».

El primer paso sería escuchar lo que dicen la ciencia y las instituciones internacionales respecto de los problemas globales. Los científicos nos dicen que las principales amenazas a las que se enfrenta el planeta son la pérdida de diversidad biológica, el cambio climático, la alteración de los ciclos de agua y nutrientes, la acidificación de los océanos y la polución química, incluyendo los plásticos. Hace unos días, un informe de la Plataforma Intergubernamental de Ciencia y Política sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos informaba de que una de cada ocho especies de animales y plantas se extinguirá en las próximas décadas si no tomamos medidas urgentes. Este organismo, del que forman parte gobiernos de más de 100 países (incluyendo España), advierte de que este ritmo de pérdida de diversidad biológica amenaza el bienestar humano y se traduce en pobreza y desigualdad.

Los científicos llevan años avisándonos del problema y exhortándonos a hacer algo, cada vez con más urgencia. Pero, estas cosas del cambio climático y la biodiversidad ¿no son monsergas de ecologistas tocapelotas? En realidad, no. Sabemos que la diversidad biológica que contienen unos ecosistemas bien conservados nos proporciona el aire que respiramos, el agua que bebemos, el suelo que cultivamos. Esos ecosistemas nos protegen de inundaciones, argayos y riadas. La Unión Europea estima que la economía global pierde 50,000 millones de euros cada año por la degradación de la biodiversidad. Dilapidar este patrimonio natural es perder riqueza y calidad de vida. ¿Y qué podemos hacer desde un sitio tan pequeño como Asturias para abordar problemas tan grandes y globales como estos? Como casi siempre, las respuestas las tiene la ciencia.

Ya casi nadie discute la necesidad de hacer algo respecto del cambio climático, pero seguimos consumiendo igual, por eso adolescentes de toda Europa nos gritan que reaccionemos ya, que están preocupados por su futuro. Aquí, a escala local seguimos dándole vueltas al futuro del carbón, pensando en quemar biomasa (devolver a la atmósfera el CO2 que han capturado las plantas) y tratando de instalar parques eólicos en cada montaña, incluyendo sitios de altísimo valor ecológico. Y el caso es que somos ricos en energía, Asturias produce y exporta una parte importante del total de la energía que se consume en España. Las multinacionales que controlan la industria piden más, y más barata, amenazando con marcharse si no se lo dan. La tecnología nos permite generar electricidad con menor impacto y hacer lo mismo consumiendo menos, no hace falta volver a las cavernas como dice la falacia clásica de los anti-ecologistas. Si yo fuera presidente invertiría en la modernización de los sistemas de producción y consumo. Si los británicos, que son los que empezaron la revolución industrial basada en el carbón, están siendo capaces de liberarse de él, nosotros vamos tarde, pero también podemos. Pero para eso hace falta elevar el nivel del debate local sobre un problema que es global.

La mayoría de nosotros nos alarmamos con las noticias sobre la pérdida de diversidad biológica; las selvas amazónicas, los osos polares, los orangutanes, los arrecifes de coral, aunque son problemas que nos tocan muy de lejos. Sin embargo, cuando hablamos del patrimonio natural asturiano, de las especies que se nos están extinguiendo y los ecosistemas que estamos degradando, ya el nivel de debate y de pensamiento baja mucho. Estamos explotando nuestro patrimonio muy por encima de su capacidad de regeneración. En Asturias la sobreexplotación está subvencionada en sectores como el forestal, la ganadería, la minería, la pesca, o el turismo.  Pero es que todas estas actividades económicas serían compatibles con la conservación si redujeran la intensidad de explotación, particularmente en las zonas de mayor valor ecológico. Por eso, si yo fuera presidente dedicaría una parte del dinero de todos a fomentar explotaciones compatibles con la conservación porque preservar el patrimonio natural beneficia a todos.

Por supuesto que medidas en esta línea generarían una contestación fuerte desde muchos sectores económicos y sociales, porque las políticas de la administración autonómica asturiana han ido en la dirección contraria, con independencia del color de los gobiernos. Será difícil de explicar que atraer cuantos más turistas mejor es matar la gallina de los huevos de oro, porque durante muchos años nos han estado diciendo que era lo que Asturias necesitaba. Será difícil convencer a los ganaderos de que matar lobos no reduce los daños, que lo único que funciona es la prevención, porque nos hemos estado gastando cientos de miles de euros en compensar los daños y solo unos pocos miles en fomentar medidas de prevención para compatibilizar la ganadería extensiva con los lobos. Más complicado será explicar a aquellos cuya actividad económica se basa en explotar el patrimonio que es de todos, que la administración debe poner por delante el bien común. Si yo fuera presidente dedicaría mucho tiempo a explicar por qué las cosas no pueden seguir siendo como hasta ahora, que a escala local debemos hacer algo respecto de los problemas globales.

Cuando se le pregunta qué puede hacer una persona respecto de los grandes problemas del planeta, Jane Goodall (Premio Príncipe de Asturias de Investigación en 2003) dice que no pasa un solo día sin que tengamos un impacto en el mundo que nos rodea, lo que hacemos influye, y tenemos que decidir qué clase de influencia queremos tener. Y aunque a veces lo olvidemos, lo que haga el presidente del Principado de Asturias tiene una gran influencia sobre el mundo en el que van a vivir las siguientes generaciones. Yo tengo claro el tipo de influencia que me gustaría tener si fuera presidente.

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