«A las tres semanas volví a coger el mismo bus del accidente, en Avilés. Tenía que probarme»

Miguel Esteban, uno de los heridos en el trágico siniestro de 2018, hace balance de su vida justo un año después. «Yo no tuve un accidente para sacarle la pasta a Alsa», insiste


Redacción

«A las tres semanas volví a subir al mismo bus del accidente, desde Avilés. Sabía que iba a tener que coger el autobús para ir a trabajar a Oviedo, así que tenía que probarme a mí mismo. Fui con mi mujer y con una amiga. Todavía había algún resto de lo que había pasado en la carretera. Estaba tranquilo. Incluso bromeé. Les iba contando lo que recordaba. Cuando me di cuenta, la gente que teníamos alrededor nos estaba mirando sorprendida». Ha pasado un año desde el trágico siniestro de Avilés en el que cinco personas perdieron la vida y Miguel Esteban pasa revista a sus recuerdos. Han sido 365 días extraños. La vida ha continuado. Fue uno de los heridos leves, sin apenas secuelas físicas. Ha estado visitando al psicólogo más por prevención que como terapia y ha conocido a otra de las heridas, por esas casualidades que tiene la vida, y juntos han encajado las piezas que les faltaban. Hace mucho que no sabe nada de aquel ángel de la guarda que le acompañó en los desconcertantes momentos en los que recobró la conciencia.

Miguel Esteban no culpa a nadie de lo sucedido. Ni al conductor ni a la compañía. Ha leído todo lo que se ha publicado en estos meses sobre el estado de salud del chófer y las acusaciones cruzadas con Alsa. Es algo en lo que no quiere entrar. Pero sí echa de menos que la empresa haya tenido un trato más humano con las víctimas. No solo no han pagado las indemnizaciones sino que tampoco han recibido ni «una muestra de cariño». «Quizá esa no sea la palabra exacta para referirse a una empresa pero no sé cómo decirlo de otro modo», explica. Es consciente de que dejó de ser una persona, un pasajero, para convertirse en un problema. Eso es lo que peor lleva.

La mejor muestra de que eso es así la tiene con su abogado. Nada más aparecer las noticias de que las víctimas todavía no habían percibido las indemnizaciones, la compañía se puso en contacto con su representante legal para agilizarlo todo. Sin embargo, nunca han hablado con él. Cuando el siniestro estaba todavía reciente, alguien del departamento de recursos humanos llamó a su mujer para preguntarle cómo iba todo. Después, el silencio. «Seguro que encima el marrón le cayó a una becaria que tuvo que pasarlo fatal», lamenta. 

El retraso en el pago de las indemnizaciones no es un problema meramente económico. Tiene un componente emocional más relevante. «Las víctimas queremos pasar página lo antes posible pero no podemos», explica Esteban. Es también otro de los argumentos que utiliza para denunciar «la pérdida de humanidad de las empresas». Califica de «irrisoria» la primera cifra que le propusieron, que no había tenido en cuenta ni la factura de las gafas que aquel día quedaron en la carretera. «Yo no tuve un accidente para sacarle la pasta a Alsa», insiste para que no haya ni un rastro de duda sobre sus intenciones. 

Paso a paso

Miguel Esteban llegó a casa tras el accidente y la primera noche ya durmió. La herida en la pierna es, a día de hoy, la única huella visible de su experiencia traumática. Estuvo acudiendo a la consulta de un psicólogo durante meses, más de manera preventiva que porque se encontrara en estado de shock. Tenía miedo de que en el futuro brotaran reacciones desmedidas o cambios de humor que pudieran pasarle factura en sus relaciones personales y en el trabajo. «Me preocupaba cómo iba a actuar. Por ejemplo, doy clases y estaba preocupado por mi relación con los alumnos», explica. Trató de tomarlo todo con humor y con tranquilidad pero no estaba seguro de si estaba demasiado tranquilo y con demasiado humor. «Igual me estaba extralimitando», precisa.

Parece que no fue así. Las visitas al psicólogo duraron hasta marzo y después recibió el alta. A clase había empezado solo unas semanas después del siniestro. También fue importante el café que se tomó con otra pasajera implicada, con la que contactó por medio de una amiga. Intercambiaron recuerdos y disiparon nebulosas. Ella recordaba haber visto a Miguel salir por su propio pie del vehículo. Él estaba convencido de que le habían sacado. «Tenía curiosidad. Creo que es algo normal, porque me falta un trozo de mi vida. Es algo que no viví en primer persona realmente porque me desmayé», trata de explicar.

Miguel Esteban tampoco quiere fotos esta vez. Da su nombre. Cuenta su experiencia. Desnuda sus sentimientos. Pero prefiere seguir pasando desapercibido para todos aquellos que no forman parte de su círculo cercano. Ha sobrellevado una experiencia traumática de una manera envidiable. Sabe que, en cambio, hay otros que padecen secuelas irreparables. 

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