José, el ángel de la guarda de Miguel

Uno de los heridos en el accidente del autobús de Avilés se despertó con un desconocido a su lado que le explicó lo sucedido, llamó a su familia y lo acompañó hasta que fue evacuado.


Redacción

«¿Estoy soñando?», preguntó Miguel Esteban. «Desgraciadamente, no», le contestó el desconocido que le miraba a escasos metros. Miguel Esteban es uno de los heridos en el accidente del autobús de la variante de Avilés en el que cinco pasajeros perdieron la vida. El que le contestó, José, es su ángel de la guarda, un conductor que se encontró con el siniestro, se paró a ayudar y se subió al autobús. Le despertó, le contó lo que había sucedido, le dejó el móvil para llamar a sus padres. Incluso habló con ellos antes para tranquilizarles. «Le estaré agradecido de por vida. Sentí que había alguien ahí y eso me tranquilizó», explica, todavía inmerso en una burbuja. No quiere leer ni escuchar noticias. Trata de tener la situación bajo control y teme el impacto que todas las imágenes que han salido puedan tener. La primera noche durmió bastante bien, en parte gracias a la medicación. Le gustaría seguir así.

José es un minero jubilado de Mieres. No quiere dar su identidad completa porque rehúye cualquier protagonismo pero sí le gusta que salga su profesión porque cree que últimamente no está muy bien mirada. Iba a comer con su mujer para celebrar su aniversario de bodas y justo se tropezó con el accidente. Primero no fue consciente de lo que vio. Tardó unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, puso los cuatro intermitentes y se tiró al arcén. Le dijo a su mujer que no se moviera y, no sabe cómo, se lanzó a la carretera, esquivó coches, saltó la vaguada y llegó al autobús. La primera noche tuvo que tomar dos pastillas para poder silenciar las imágenes que se encontró.

Su pasajero

Miguel Esteban se había subido en la parada de Avilés. Aunque es de Gijón, fue estudiante de la escuela de arte de la ciudad y había vuelto al centro porque tiene la intención de convalidar unos estudios. Estuvo a punto de perder el autobús, sentado en la propia estación. Ensimismado en sus cosas, no fue consciente de que el vehículo que estaba a punto de salir era el suyo. De hecho, lo comentó con el conductor. «Parecía muy serio. Pero eso lo pienso ahora. Entonces no le di mayor importancia», reconoce ahora.

Pensó en sentarse en la primera fila porque pretendía aprovechar el trayecto para trabajar con el portátil y en ese hueco tenía más espacio. Pero finalmente optó por irse más atrás. Tampoco escogió el asiento detrás de la segunda puerta sino uno o dos filas más atrás. Ese dato concreto está borroso en su memoria. No llegó ni a sacar el ordenador. Se puso a mirar el móvil y en eso andaba cuando vio volar por la ventanilla lateral una señal luminosa de obras. Alzó el cuello y notó que el autobús llevaba una trayectoria errática. Miró hacia atrás para ver qué pasaba y ya no recuerda nada más. Lo siguiente ya es la cara de José mirándole. 

«Era como una película de estas bien narrada, en la que lo ves todo borroso antes de que se enfoque la escena», explica dejando entrever su formación en artes. El shock y el hecho de que hubiera perdido sus gafas debieron provocar ese efecto. Su ángel de la guarda le despertó, le preguntó su nombre y si sabía quién era. Le contó que había sufrido un accidente, que le iban a atender,... Le prestó su móvil porque Miguel había perdido el suyo en el impacto. Habló primero con sus padres para tranquilizarlos. Estuvo allí hasta que lo sacaron los Servicios de Emergencias. Primero llegó una chica que habló con él, le pidió sus datos personales y le colocó una etiqueta. «Estaba muy dolorido, mucho más que hoy y me movía muy torpemente, así que necesité ayuda», recuerda.

El ángel de la guarda

José puede rellenar todos los huecos que le faltan a Miguel. El primero al que se encontró, cuando llegó al autobús, fue al conductor, con una herida muy grave en una pierna. Estaba consciente y habló con él. Pero dada la situación crítica en la que se hallaba no podía hacer nada por ayudarle. Así que se fue al lateral y junto con otros conductores y trabajadores de la obra lograron romper la puerta de atrás del vehículo. Salieron por su propio pie los heridos más leves. Luego ascendió por los escalones. «A todos traté de tocarles la cara. No sabía si lo notaban pero quería que por los menos sintiesen una caricia», relata emocionado. Tal y como hace el personal de emergencias, tuvo que decidir en quién centrarse. Descartó a los más graves, porque por su falta de conocimientos sanitarios no iba a poder ayudarles.

Se fijó en Miguel. Estaba inconsciente, sangraba por la nariz pero no parecía grave. Se acercó y le hizo reaccionar, tal y como el joven ha contado. Mientras el chico hablaba con su familia, otra pasajera pidió el móvil a José para hablar con sus familiares. «Le dije que esperase un segundo, que se lo pasaba en cuanto Miguel acabase. Pero poco después tuvo una convulsión y murió allí mismo», explica conmocionado. Esa es la imagen que más le ha quitado el sueño. Cuando salió del autobús, siempre con Miguel -«se lo había prometido a su padre»-, se encontró con su mujer. También había salido del coche, cruzado el tráfico y estaba ayudando: «Eso me preocupó mucho porque sufre problemas cardiacos y tenía miedo de que se me pusiera mala». Ella sujetó la mascarilla de una herida grave que pronto dejó de respirar.   

 Agradecimientos

Miguel está muy agradecido a todo el mundo. Tiene la sensación de que todo pasó muy rápido. No está seguro de si perdió la consciencia en algún momento más pero cree que no pasó mucho tiempo entre el momento en el que se despertó y en que fue trasladado en ambulancia al hospital de San Agustín. Recibió el alta esa misma tarde. Tiene cinco puntos en una pierna, golpes por todo el cuerpo y dos fuertes contusiones en la parte de atrás de los hombros, intuye que de golpearse con el asiento delantero, tras girarse para ver qué estaba pasando. «No quiero darle demasiada importancia a lo sucedido ni quiero ningún protagonismo. Han muerto cinco personas», explica Miguel. Tampoco responsabiliza de lo ocurrido a nadie. «No es culpa de nadie. Esto es un accidente», insiste desde su domicilio. Se ha levantado de la cama para caminar. Se siente entumecido y no le gusta esa sensación.

José pasa la tarde en la playa. Cogió la cámara y a un amigo y se escapó a ver el mar, lo que más le relaja del mundo. Pero es difícil borrar las imágenes que tiene grabadas en su mente y que evoca cuando vuelve a narrar lo ocurrido, con prudencia, por respeto a las víctimas. Destaca la labor de los primeros chavales que pararon, de los trabajadores de la obra, que se volcaron; del personal de Emergencias. Pero se indigna con aquellos que grababan a escasos metros sin acercarse a echar una mano o con los conductores de todos los coches que tuvo que esquivar y que no se dignaron a parar pese a lo escalofriante de la escena.

Ya se han llamado varias veces para ver cómo están. Los padres de Miguel también han cruzado llamadas eternas de agradecimiento. Entre ellos se ha creado un vínculo especial. Acceden a contarlo porque de la tragedia de Avilés también deben quedar historias optimistas. Pero no quieren ni fotos ni más datos personales. Miguel prefiere la imagen de unas gafas rotas sobre el asfalto. Dice que le representa. Las suyas no han aparecido.

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