Palabra (asturiana) de Leonor

La princesa ofreció por primera vez un discurso en los premios que llevan su título. «Asturias es, también, la tierra de mi madre, la Reina. Yo llevo sangre asturiana», dijo

El rey Felipe VI (i), la princesa Leonor (d) sonríen durante su visita a Asiegu
El rey Felipe VI (i), la princesa Leonor (d) sonríen durante su visita a Asiegu

Oviedo

Hace 38 años, un joven Felipe se subía al entarimado del teatro Campoamor para pronunciar su discurso, el primero de los galardones asturianos y también del príncipe en público. El heredero del trono de España había cumplido entonces 13 años, la misma edad que tenía su hija Leonor cuando acudió este año por primera vez a la ceremonia de entrega de los premios que llevan su nombre y donde pronunció su discurso.

Su intervención fue emotiva. Se mostró reposada y con voz firme. «Hoy es un día muy importante en mi vida que he esperado con mucha ilusión. Desde muy pequeña he visto el cariño y la emoción con que mis padres, sus majestades los Reyes, vienen cada año al Principado para presidir esta ceremonia y vivir todo lo que sucede en esta tierra durante los días de nuestros premios. Esto ya es motivo suficiente para que hoy me sienta muy feliz por estar aquí», comenzaba Leonor.

El momento más llamativo del discurso fue cuando la princesa señaló los orígenes de su madre, doña Letizia: «Asturias es, también, la tierra de mi madre, la Reina. Yo llevo sangre asturiana». Leonor apuntó también que Asturias comparte nombre con el título de los herederos de la corona española. «En mi casa, las palabras España y Asturias siempre están unidas con la misma fuerza con que las ha unido la historia. Así lo siento en mi corazón». Todo a pedir de boca.

Pero volvamos atrás. En el año 1981, con voz trémula, traje azul y semblante serio, don Felipe era observado de cerca en el Campoamor por sus padres, el rey Juan Carlos y la reina Sofía, así como por el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo. El texto que leyó -aunque lo había memorizado- fue breve, apenas un minuto y 36 segundos que fueron seguidos por casi un minuto de fuertes aplausos. En ese momento, el príncipe, ya más relajado y aún de pie hasta que el rey le indicó que se sentara, se permitió una sonrisa. «Gracias a todos los que habéis acudido hoy aquí para realizar esta ceremonia que contiene una gran esperanza de futuro», decía el heredero sobre los premios ideados por Graciano García. Después, bajo el largo mandato del periodista asturiano ?ahora director emérito-, estos galardones llegarían a tener un importante eco internacional.

Desde luego que esperanza no faltaba en la España de ese año, un país muy diferente al actual. El Estado acababa de estrenar una tambaleante democracia y la restauración de la monarquía, y Zarzuela fue testigo muy cercano del intento de golpe del teniente coronel Tejero durante el 23-F y protagonista en el desenlace. Dicen los que pretenden ser cercanos a la Casa Real que el propio príncipe presenció como espectador la inquietud y la tensión de aquella noche en que, finalmente, el Rey rechazó la sublevación y todo quedó en una sombra de amenaza. Una pesadilla que se esfumó por la mañana.

Fue también un año turbulento, de tensiones, de incertidumbre política y económica. El partido de Suárez, UCD, que había triunfado en las primeras elecciones libres, entró en barrena para acabar poco más tarde fragmentándose y disolviéndose en una grave crisis de Gobierno. Suárez, que venía políticamente del movimiento franquista, había jugado sin embargo un papel fundamental en el fracaso del golpe. Condenado al ostracismo político, sólo años más tarde se reconocería su valentía y su dimensión de estadista.

No todo era dramático. Fue un año también de alegría por la libertad estrenada que se expresaba en la movida madrileña, en la eclosión de las libertades civiles y la legalización de los partidos, en el paso del blanco y negro franquista al color de la democracia. De modernización y despegue económico que culminaría en 1986 con la unión de España a la Unión Europea como miembro de pleno derecho.

Y también de tragedia y tristeza: uno de los terribles años de plomo de ETA que llegaron a desestabilizar el Estado con docenas de asesinatos y de los miles de afectados por el aceite tóxico de colza, víctimas de la codicia y la estupidez. España aprobaba la primera ley de divorcio tras las cuatro décadas de dictadura. Y no sólo volvían tímidamente algunos exiliados, sino también el Guernica que Picasso había pintado para la República, que colgó en el Casón del Buen Retiro para asombro de los madrileños que peregrinaron para verlo.

Era, desde luego, una España valiente, llena de futuro, que no se dejó domar de nuevo por los sables y las sotanas, por la brutalidad y el oscurantismo. No había marcha atrás. El poeta José Hierro lo resumió muy bien al tomar la palabra de los premiados: «Este aire de libertad que respiramos, el que nos permitirá continuar adelante en la tarea de lograr esa España que anhelamos, tiene una fecha: 24 de febrero. Si el presente no hubiese empezado el 24 de febrero, sino que se llamase tarde del 23 de febrero, no estaríamos aquí». Era el inicio de unos premios llamados entonces Príncipe de Asturias.

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