Lola Escudero: «Esto no es el fin del mundo. No nos vamos a morir todos»

s.d.m.

ASTURIAS

Dolores Escudero, jefa de servicio de la Unidad de Cuidados Intensivos del HUCA, en una imagen de archivo
Dolores Escudero, jefa de servicio de la Unidad de Cuidados Intensivos del HUCA, en una imagen de archivo

La responsable de la UCI del HUCA siente que hay más miedo en la calle que dentro de su unidad y señala que hay que aprender a vivir con el riesgo a una epidemia

27 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Dolores Lola Escudero, la jefa de servicio de la Unidad de Cuidados Intensivos UCI) del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) reconoce que para ser intensivista quizá haya que estar hecho de otra pasta. No solo tienen que ser médicos que se forman durante 12 años, también debe tener una toleración al estrés y al agotamiento especial. «Hay otras especialidades más tranquilas», explica. Así que de estos 60 días de pandemia no solo se queda con el sueño inquieto o la incomodidad de trabajar con los equipos de protección individual (EPI) sino que saca lecciones en positivo. Siente que hay más temor en la calle que dentro de su unidad, donde está la primera línea. Se sorprende cuando ve a conductores solos en sus coches parapetados detrás de mascarillas y guantes. Así que se ve en la obligación de lanzar un mensaje optimista: «Esto no es el fin del mundo.  No nos vamos a morir todos. Tenemos que aprender a vivir sin miedo».

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Dirige un equipo de 22 intensivitas titulados y otros 10 médicos residentes en formación que llevan esos 60 días trabajando de manera infatigable, en turnos de 12 horas, con dos días de descanso rotatorios, armados con unos incómodos equipos de protección individual que dificultan la respiración y la visibilidad. Están en la primera línea del COVID-9 y saben de lo que habla. Por eso Lola Escudero percibe una tensión social que entiende que es fruto del confinamiento por el coronavirus, el que se ha decretado para ralentizar la transmisión y proteger el sistema sanitario del colapso. «Hay mucha soledad, miedo, depresión. El confinamiento está causando estragos», asiente. Pero en medio de tanta desolación, Escudero se mantiene optimista y asegura que es importante adaptarse a la nueva situación.

No obstante, reconoce que han vivido mucha tensión. El equipo que dirige con 22 intensivistas y 10 médicos residentes todavía trabaja con estrés aunque se ha rebajado considerablemente en los últimos días. Han superado momentos de frustración y de tristeza, por la pérdida de pacientes, pero también otros de emoción y siempre han tratado de mantener el sentido del humor. «Es como en una situación de guerra. Pueden surgir todo tipo de situaciones, hasta amores, en pleno bombardeo», argumenta.

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Existe una cierta normalidad en el ojo del huracán. Así que Dolores Lola Escudero, la responsable de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), reconoce que el humor y los homenajes a los pacientes del COVID-19 que salen en dirección a planta han servido para mantener elevada la moral. Eso y el cortisol que sus cuerpos llevan segregando a raudales desde hace unos 60 días, cuando recibieron al primer paciente de la epidemia. Una broma a tiempo o una buena noticia compensa el calor y la sequedad de boca que generan los equipos de protección individual (epi) o las heridas en el puente de la nariz y en la barbilla que identifican a los profesionales sanitarios que combate el coronavirus en la primera línea porque deben llevar bien ajustadas sus pantallas 3-D. Hubo quizá un momento más delicado que el resto. Fue aquel día en el que solo quedaban tres camas libres de las 63 que había para críticos en el HUCA y en el que se pensó en abrir el área especial habilitada por el ingeniero junto con fontaneros, carpinteros y albañiles, junto al helipuerto. No fue necesario. «Ahí tenemos 25 camas listas, hasta con las sábanas», explica Escudero. Ahora lo que dan son más altas. Pero recuerda con especial emoción la primera, la mujer les dijo sin dudar que ese era el momento más feliz de su vida. Empezaban a ver la luz.   

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