Manual para neorrurales

Elena G. Bandera
E. G. Bandera REDACCION

ASTURIAS

Casa rural en Somiedo
Casa rural en Somiedo

El comisionado para el reto demográfico en Asturias, Jaime Izquierdo, explica por qué es importante que la vuelta a la aldea aúne las culturas campesina, cosmopolita, tecnológica y profesional

24 jun 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El escritor británico Robert Graves, autor de Yo, Claudio, vivía en Deiá (Mallorca) desde 1929 cuando, en una visita a Londres, iba en autobús y escuchó la conversación que mantenían dos jóvenes. Una le preguntó a la otra dónde había estado en sus vacaciones y Graves prestó más atención al escuchar que había sido en Mallorca. «¿Dónde queda eso?», preguntó la primera joven. «No sé, fui en avión, pero me parece que era una isla», respondió su amiga.

El comisionado para el reto demográfico de Asturias, Jaime Izquierdo, usa esta anécdota relatada por Graves en uno de sus libros para mostrar una realidad que existe y se replica en otras situaciones en las que debería ser importante conocer la geografía y la historia de lo que nos rodea en un momento dado. Por ejemplo, cuando alguien decide dejar la ciudad para irse a vivir al campo.

Esta crisis sanitaria, sobre todo durante el confinamiento, ha despertado deseo en las ciudades por vivir en el campo. Izquierdo de hecho planteaba recientemente que quienes tuvieran una segunda residencia en el medio rural podían ahora plantearse convertirla en primera, pero advertía del error que es reproducir modos de vida urbanos en el campo. «Hasta hace 50 años se tenía o una cultura urbanita o una cultura campesina, pero ahora podemos tener las dos culturas. Los que vengan no pueden hacerlo con el planteamiento urbanita», indica.

La cultura campesina

Este experto en medio rural considera que «para volver al campo», para desarrollar esas nuevas aldeas que acogerán a futuros neorrurales, habría que desarrollar cuatro actitudes culturales que están encabezadas por la propia cultura del país. Por la cultura campesina. Según Izquierdo, al ser esta cultura de identidad aldeana -«que hace que cada aldea sea singular y única»- la principal, «debe ser entendida, respetada, rehabilitada y actualizada por el resto de actitudes culturales que ahora, como nuevos aldeanos, aterrizan en la aldea: cosmopolita, tecnológica y profesional».

La campesina es, además, «la cultura que tenemos que reactivar porque es la que nos puede hacer recuperar las aldeas cosmopolitas, aquellas que sepan manejar su sistema alimentario local y que sepan conectarse con el mundo», explica Izquierdo que considera que, en la construcción de esas aldeas posindustriales, lo primero debería ser gestionar sus entornos. «La cultura campesina es la que impulsa la gestión agroecológica de las tierras, la que orienta la edificación y la integración urbanística y rige la recuperación, la rehabilitación y la evolución de la aldea», añade.

Esa gestión permitirá, por ejemplo, producir alimentos, reducir incendios, conseguir incluso energías renovables, preservar el paisaje y aumentar la biodiversidad. «Esto no quiere decir que si vas a un pueblo tengas que aprender a hacer esto, en la aldea puede haber dos tipos de empleos: los que viven de la aldea y los que viven en la aldea», explica Izquierdo. Así, matiza que quienes viven de la aldea son los que gestionan el territorio y que, independientemente de que quienes viven en la aldea puedan tener una huerta, esa gestión debería estar en manos de alguien. «Esa primera cultura, la cultura de la tierra, la tienes que conocer», insiste.

La cultura cosmopolita

Una segunda cultura, según Izquierdo, es la cosmopolita, «que es la que te permite relacionarte, cuando sales de la aldea, con cualquier otra cultura del mundo». Sitúa a la aldea en relación con el exterior. Permite, recuerda Izquierdo, «conocer y disfrutar de la vida urbana, de otras culturas, de otras mentalidades y creencias y de las oportunidades que esos conocimientos nos aportan como personas y como comunidad aldeana».

No obstante, recuerda que la cultura urbana no es sinónimo de cultura cosmopolita que, en ocasiones, «puede ser déspota y desconsiderada con la rural». Podrían ser muchas las anécdotas que, como la de Graves con el viaje a Mallorca, servirían para ilustrar comportamientos urbanitas incorrectos con la aldea. «Uno no es cosmopolita por mucho que haya viajado a Nueva York si no es capaz de disfrutar de lo que significa ser cosmopolita, que es respeto a otras culturas y disfrutar de ellas», insiste Izquierdo.

Esos comportamientos urbanitas además, en ocasiones, suelen ser motivo de conflictos y recelos. «Por el contrario, la cultura aldeana, cuando se cierra en exceso sobre sí misma, tiende a no saber aprovechar las ventajas de la urbana y a rechazar todo lo que viene de fuera», explica Izquierdo, que señala que la mejor virtud de la cultura cosmopolita es «que nos permite apreciar, disfrutar y respetar a otras culturas -sean urbanas o rurales- y amplía nuestro repertorio de ideas y conocimientos para buscar nuevas opciones en lo local».

La cultura tecnológica

La tercera que tiene que estar presente en la aldea del siglo XXI es la cultura tecnológica. «Las nuevas tecnologías nos aportan una ampliación del corpus y la praxis vernáculos. En diversos campos, mecanización, movilidad, comunicación, energía,… las tecnologías han mejorado la confortabilidad y han reducido la penosidad del trabajo, pero también es cierto que deben ser contextualizadas en lo local y, sobre manera, no pueden servir para pervertir los usos del territorio modificando o alterando los equilibrios ecológicos», explica Izquierdo, que también advierte de que un uso excesivo o inadecuado de las tecnologías podría «generar problemas de intensificación, dependencia y/o sedentarismo que afectan a la salud de ecosistemas y personas».

La cultura profesional

Por último, Izquierdo menciona la cultura personal, vital y profesional de cada uno que regresa al pueblo. «Los nuevos pobladores que llegan a la aldea, lo hacen con sus experiencias personales a cuestas. Llegan con hábitos, ideologías y costumbres adquiridos en sus vidas, y en otros lugares de nacimiento o residencia, que conforman lo que podríamos denominar su cultura vital», explica. También, añade, pueden haber adquirido conocimientos profesionales o artísticos en múltiples materias.

«Durante siglos, los aldeanos no tenían más actividad profesional que el trabajo del campo y el desarrollo de las artesanías relacionadas con sus necesidades vitales o laborales. Sin embargo, hoy existen más opciones y profesiones, muchas de las cuales pueden desarrollarse en la aldea. La llegada de nuevas profesiones y nuevas visiones a la aldea supone, en principio, un enriquecimiento siempre que los nuevos conocimientos científicos, artísticos o técnicos se integren en la aldea, y en el sistema de conocimiento local, y contribuyan a su evolución o mejora», considera.

En este sentido, apunta que el riesgo de las culturas profesionales, cuando se acercan a la aldea, «es que tengan comportamientos corporativos e intenten imponer su visión especializada, sin contextualizar, y deriven hacia comportamientos tecnocráticos. Un buen técnico es una bendición para la aldea, un tecnócrata, o un biócrata, su perdición».