Fallece a los 96 años Araceli Ruiz Toribios, una niña de la guerra con una vida de película

Embarcó el 23 de septiembre de 1937 rumbo a la Unión Soviética con trece años y no pudo regresar a España hasta 1980. Actualmente se encontraba viviendo en una residencia de Gijón

Araceli Ruiz muestra una fotografía de ella y su marido en Cuba, en los sesenta, en donde trabajaron como traductores
Araceli Ruiz muestra una fotografía de ella y su marido en Cuba, en los sesenta, en donde trabajaron como traductores

Redacción

Araceli Ruiz Toribios (Palencia, 1924) ha fallecido a los 96 años. La que fuera presidenta de la Asociación de los Niños de la Guerra de Asturias abandonó el Principado un 23 de septiembre de 1937 rumbo a la Unión Soviética y no regresó de vuelta a España hasta 1980. «Nadie sabía para cuánto íbamos. Y Franco nos negó siempre», aseguraba hace algunos años en un reportaje en LA VOZ DE ASTURIAS. Actualmente se encontraba viviendo en una residencia de Gijón, donde falleció por causas naturales. Familiares y amigos velarán por ella en el tanatorio de Cabueñes. Mañana domingo será incinerada a las 16.30 horas.

Su historia data de septiembre de 1937, cuando en aquella noche 1.100 niños, niños de la guerra, embarcaron desde El Musel a bordo de un carguero de carbón rumbo a la antigua Unión Soviética. Araceli hizo el viaje con tres de sus cinco hermanas. Águeda, de 22 años, iba de cuidadora. «Estaba en los sindicatos, era una mujer hecha y derecha. Los rusos habían dicho que no menos de cinco años y no más de trece. Yo tenía trece años, Conchita once y, Angelines, cinco años».

A lo largo de su travesía, también vivió otra guerra, la Segunda Guerra Mundial. «Me cogió en Odessa, que era un puerto muy famoso del Mar Negro. Tuvimos que evacuar la casa de los niños en la que vivíamos, lo destruyeron todo. El puerto, totalmente. Tuvimos que atravesar el Mar Negro y el Caspio para llegar al Asia central», explicaba Araceli hace algunos años. La retaguardia en Rusia era inabarcable. Araceli pasó la guerra en Uzbekistán, «una provincia de Rusia que hace frontera con Afganistán y en donde estuve los tres años. El idioma era totalmente diferente al ruso».

Araceli Ruiz muestra una fotografía de su marido, Laureano Fernández, que también fue un niño de la guerra que tenía un año más que ella y que falleció en 1975, y otra de sus dos hijas. «Una de las niñas me nació en Moscú, Elena, que ha venido hace poco, y la segunda en Cuba», recuerda Araceli, «el padre era de El Entrego, de la cuenca minera».
Araceli Ruiz muestra una fotografía de su marido, Laureano Fernández, que también fue un niño de la guerra que tenía un año más que ella y que falleció en 1975, y otra de sus dos hijas. «Una de las niñas me nació en Moscú, Elena, que ha venido hace poco, y la segunda en Cuba», recuerda Araceli, «el padre era de El Entrego, de la cuenca minera».

Tras un año y medio en Moscú, Araceli hablaba ruso sin ningún tipo de problema. Estuvo en la muerte de Stalin, «cuando lo llevaban a la casa de los sindicatos, en la calle Gorki». Cuando recordaba ese momento decía que la echaron del lugar porque había mucho barullo. Se licenció como ingeniero economista de ferrocarril en la universidad, pero siempre aseguró que cuando regresó a España en 1980 el título no le sirvió de nada. «Cuando fui al Inem me dijeron que yo lo que había estudiado era la economía rusa. ¿Y qué tendrá que ver? ¿Economía no es lo mismo en cualquier lugar? Así que me dijeron, Araceli, guarda tu diploma».

Fue traductora de ruso a castellano desde 1959 a 1964 en Cuba, donde se reencontró con sus padres en 1961. Había estado trabajando en el ministerio ruso de Finanzas y lo dejó para ser traductora con la delegación rusa que viajó a la isla en un momento histórico. También le tocó la crisis de los misiles con Estados Unidos. Cuando Araceli volvió a España, acumulaba 30 años «y 22 días» de trayectoria profesional en Rusia y Cuba. Aun así no encontró nada más que trabajar de interna para una familia.

Sus padres, después de enviar a cuatro de sus hijas a Rusia, también quisieron exiliarse a Francia pero acabaron en Valencia. Cuando volvieron a Gijón, su casa de El Natahoyo había sido ocupada. Araceli ha dejado en su legado una historia digna de perpetrar y no dejarla caer nunca en el olvido.

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