«Juan Carlos I fue clave para que el franquismo pensara que había continuidad en el régimen»

Entrevista con el investigador de la Universidad de Oviedo Eduardo Abad, coordinador del libro El antifranquismo asturiano en (la) Transición que acaba de salir publicado (Ed. Trea)

Eduardo Abad, investigador de la Universidad de Oviedo y coordinador del libro «El antifranquismo asturiano en (la) Transición»
Eduardo Abad, investigador de la Universidad de Oviedo y coordinador del libro «El antifranquismo asturiano en (la) Transición»

Acaba de ver la luz El antifranquismo asturiano en (la) Transición (Ed. Trea, 2021). Una recapitulación histórica, un mapa, que aporta múltiples puntos de vista sobre el debate en torno la Transición y el papel de las fuerzas policiales, políticas y sociales desde el punto de vista asturiano. El investigador de la Universidad de Oviedo Eduardo Abad fue, junto a Carmen García y Francisco Erice, coordinador del trabajo de muchos autores, extenso y prolijo, pero «aún no terminado» dada la complejidad de la época, como él reconoce.

-Hablan ustedes en este libro de una cierta «crónica del desencanto» sobre un periodo a menudo idealizado. ¿Eligieron un momento oportuno para hablar con sentido crítico de la Transición, dada la situación política actual revuelta, con las críticas a la monarquía y el auge de la ultraderecha?

-No, el libro parte de unas jornadas de hace cuatro años. Queríamos saber qué pasó con esa gente, hombres y mujeres, que habían dedicado muchos años de su vida a luchar contra la dictadura y que luego, durante este periodo de la Transición, parece que pasaron a un segundo plano. Algunos supieron integrarse, como en el caso de los socialistas, pero otros como los comunistas y la izquierda radical quedaron en la marginación y el olvido. Se partía de la inexistencia de trabajos de conjunto o visiones de síntesis de ámbito asturiano sobre la Transición y mapear toda eso: también las luchas sociales, las mujeres, el movimiento obrero, estudiantil…

El momento actual parece poner de manifiesto que España tiene un problema con la ultraderecha, pero, en todo caso, en 2017 esto no parecía exactamente así, o no con las dimensiones que tiene en la actualidad.

Una manifestación en favor de la legalización de partidos de izquierda, durante la Transición española, en 1977
Una manifestación en favor de la legalización de partidos de izquierda, durante la Transición española, en 1977

-Sin embargo, mencionan «nexos sutiles, pero indudables, existentes entre aquel pasado hoy ya aparentemente lejano y las expectativas, miedos y esperanzas de nuestro presente».

-En 2017, en mi opinión, había un cierto revival crítico sobre los acontecimientos del 78 y los elementos de la Transición; en aquel momento estaba de moda hacer una visita crítica a aquel pasado cercano. Había interés en la ciudadanía, tanto entre quienes lo defendían como entre quienes lo criticaban. Nuestra intención era construir un acercamiento académico, riguroso, sobre ese pasado que levanta muchas pasiones, porque mucha gente que fue protagonista sigue viva y a veces le cuesta aceptar planteamientos científicos por encima de su vivencia personal.

Para un sector no desdeñable de la izquierda, el resultado no compensaba tanta sangre derramada

-En general, flota en el libro una actitud crítica o al menos no hagiográfica, no santificada de la Transición. Dicen en su introducción: «La nueva democracia no fue precisamente generosa con al menos una parte muy importante del antifranquismo (…), incluso para un sector no desdeñable de la izquierda, el resultado final «no compensaba tanta sangre derramada». ¿Por qué?

-Claro, piense que durante la dictadura franquista todos estos movimientos sociales y políticos sufrieron una represión muy dura, con años de cárcel, torturas, exilio…, por lo tanto, en el imaginario colectivo de los jóvenes de los años 40, 50 ó 60 sobre cómo sería la España después de Franco, esperaban una sociedad más progresista, con valores más humanos, con justicia social y no, en su lugar, una sociedad marcada por el auge de la ultraderecha con una élite política y económica que parece que se mantiene constantemente en el poder. Sí, existió un desencanto, sobre todo en la izquierda radical y el comunismo que había tenido protagonismo en el antifranquismo y que en el año 1982 (la victoria de Felipe González) se redujo a la mínima representación.

-Otros se adaptaron a la situación, hiceron realpolitik.

-Sí, incluso se pasaron desde el comunismo al PSOE, como Tini (Vicente Álvarez) Areces o Riopedre.

-¿Se ha quedado anticuado el modelo, se le rompen las costuras? Dice en su estudio Juan Andrade que el proceso constitucional fue opaco, «entre bastidores», con un cierto romanticismo en torno a su redacción y consenso. Y además han pasado más de 40 años. ¿Necesita la Constitución una revisión profunda?

-Mi opinión personal es que sí. Necesita una reforma profunda o, directamente, un cambio. Se ha construido un mito en torno al proceso constitucional y el papel de la monarquía. Es verdad que se votó en un referéndum pero en él, gran parte de la población de la España de 2021 no votó y, además, allí se juntaron varios elementos distintos como la garantía de libertades y el papel de la monarquía. Fue todo en un mismo paquete, y la oferta era: «esto o el caos», con lo cual mucha gente votó por la opción menos mala, claro. Actualmente, sin ruido de sables, sería algo revisable.

-La tensión nacionalista de hoy ¿es también producto de un sistema autonómico tal vez desigual, que primó a partidos regionales en el Congreso, que al fin y al cabo es una cámara de representación no territorial? Miguel Ángel Presno opina que hubo un «acceso preferente» a Cataluña, Galicia y País Vasco. ¿Es una Transición no tan bien gestada la que lleva  a esta situación?

-Como dice Presno, ese acceso preferente en la ley es un hecho. Pero hay muchos otros factores que van a complicar la situación. El movimiento por la autonomía, incluso por la independencia, era ya amplio y fuerte, tenía raíces históricas como la Generalitat o el Gobierno Vasco, no parten de la nada. Se crea un Estado autonómico para todo el territorio y se trata de equiparar realidades muy diferentes. Algo tiene que ver con el auge del nacionalismo, claro, pero como decía, se trata de un proceso muy complejo y existen otros factores para entender por qué una parte se integró perfectamente en el Estado de las autonomías, como el pujolismo de entonces en Cataluña (de forma corrupta, eso sí) y, sin embargo, en la actualidad existe una parte de la población catalana a la que eso le parece insuficiente.

-Pero eso no pasó en Asturias, y sin embargo existían unas raíces históricas que podían haber legitimado un nacionalismo potente…, o al menos, si surgió, no se consolidó.

-El éxito de los movimientos nacionalistas o soberanistas no depende tanto de la legitimidad histórica como del contexto. En Asturias tiene poca influencia, lo analiza Faustino Zapico muy bien. Influyó el fallo de la estrategia de Unidad Regionalista, encabezada por Antonio Masip y otros, que se queda cerca de tener representación. Era un regionalismo o autonomismo que poseía unas bases de un movimiento asturianista, pero dado el fracaso electoral y las deudas que le acarrearon, esta operación queda abortada. Después hubo otros intentos e incluso se llegó al parlamento, como el PAS, pero ya en los años 90, o la escisión del PP con la URAS de Sergio Marqués y más tarde con el Foro de Cascos, que al final se alineó con el PP. Esto consistía en un regionalismo más al estilo de Revilla en Cantabria.

Militantes pegan carteles para las primeras elecciones libres en España tras la dictadura de Franco
Militantes pegan carteles para las primeras elecciones libres en España tras la dictadura de Franco

-También se cuestiona ahora el papel de una monarquía, al fin y al cabo, más o menos impuesta, así como el papel de Juan Carlos I. El ahora rey emérito estuvo ligado desde su educación a la dictadura, así como la restauración monárquica. ¿Fue de verdad una figura clave de la Transición o en realidad un obstáculo incómodo que hubo que salvar? Y no solo en el golpe de estado de 1981, sino antes…

-Habría que preguntarse para quién fue clave, si es que lo fue. Las personas, aunque sean monarcas, desempeñan un papel limitado. Aunque parezca que existe esa figura de los hombres de Estado que desde su despacho consiguen grandes logros, esa es una tesis que dista mucho de la realidad histórica, es obsoleta. El papel que desempeñó el rey fue legitimador del «nuevo orden» para el franquismo, fue clave para los militares o los fascistas porque creían que con él existía una cierta continuidad del régimen, que se respetaba la herencia del Caudillo. Su papel, visto lo visto, fue enriquecerse a costa de los españoles durante todos estos años y vivir, literalmente, a cuerpo de rey.

-Tampoco la prensa ejercía o reflejaba críticas hacia la monarquía.

-Desde luego, piense que la cuestión de los delitos contra la corona siempre estuvo sobre la mesa, y también una cierta autocensura por parte de los medios. No se daba ningún espíritu crítico contra Juan Carlos I a pesar de los continuos escándalos que sí recogía la prensa extranjera; y, por el contrario, sí fueron muy críticos contra Suárez u otros presidentes. Era un pacto de silencio; tanto es así que, a día de hoy, con toda esa corrupción manifiesta, se critica al que ya no está, el emérito, pero no a la institución por antidemocrática.

En Asturias la violencia también fue una pieza clave de la Transición. El franquismo nació matando y murió matando

-En su trabajo, el capítulo que usted firma, dice que la violencia, también en Asturias, fue «parte fundamental de un régimen ultraderechista, una pieza clave de la dictadura franquista. El franquismo nació matando y murió matando». Y habla de la violencia en la Transición como motor del cambio, que en su opinión fue obviada. ¿Por qué?

-Me di cuenta de que hubo trabajos que cuestionaban el mito de la Transición pacífica, evidenciando que hubo muertes y atentados en grandes cantidades, más que en la época anterior. Y sobre todo, comparado por ejemplo con la revolución en Portugal, donde en apariencia se produjeron muchos disturbios y sin embargo el número de muertos no llega a la decena. Por el contrario, en España hablamos de cientos de víctimas en ese periodo. Y no solo las víctimas mortales, sino los pequeños atentados que tenían por objetivo minar el poder de las izquierdas, generar una política del miedo entre la población. Si se mirara como una gráfica, en la Transición aparece un cierto «pico» de violencia respecto a etapas anteriores, pero hay que entender que era una época convulsa y que en las fuerzas policiales cundía una sensación de que el barco se estaba hundiendo y de incertidumbre. Son los últimos coletazos del deseo de imponerse mediante las torturas, las cargas policiales violentas y las actividades de elementos de la ultraderecha como los guerrilleros de Cristo Rey. Estos últimos obedecían a una fórmula muy efectiva de generar miedo, eran grupos locales tal vez vinculados a la Brigada Político Social que se coordinaban para realizar actividades pequeñas y a veces no tan pequeñas. Hubo algunos intentos de asesinato, tiroteos de sedes políticas…, eso generaba miedo. 

-En Asturias también hubo violencia de izquierda, pero ¿existió un equilibrio o una acción causa-efecto entre ambas violencias, la del régimen y afines y la extrema izquierda?

-No, no hay tal equilibrio. No se trata de poner en una balanza el mismo peso de terroristas de izquierda y de derechas. Es verdad que en otras partes puede ser, como en el País Vasco pero, en el caso asturiano, por parte de la izquierda existen algunas pequeñas acciones más dirigidas a dar a conocer a estos grupos, una especie de propaganda armada. Por ejemplo, cuando se producen los últimos fusilamientos del franquismo, parte de ETA y parte del FRAP, lo que hace el FRAP en Gijón es colocar una pequeña bomba en un jeep de la policía local. No pasaron de ahí.

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