La agricultora de Lena que escribe para compartir el campo con quienes viven en la ciudad

Laura Ibarra es autora de «Diario de una campesina», que recopila por meses las vivencias en la huerta y en la naturaleza que les relata cada semana a sus clientas

Laura Ibarra, agricultora ecológica en Lena y autora de «Diario de una campesina»
Laura Ibarra, agricultora ecológica en Lena y autora de «Diario de una campesina»

Redaccion

«Ayer empecé a cuchar la tierra de arriba. La de Amor. Tengo tres tierras, la de Amor, la de Felicidad y la de Palacio. Vaya nombres tan descriptivos… No los puse yo… Y luego una pumaradina con un cuadro de pan que es una barrosa de las varias que hay por aquí. Cuanto más alta más caliente y temprana; cuanto más al norte más ácida y fuerte; cuanto más cerca del río más ligera y pizarrosa y en invierno no se les quita el xelu». Así comienza el capítulo del mes de marzo en el Diario de una campesina (La fertilidad de la tierra, 2021) de la asturiana Laura Ibarra, una agricultora ecológica que les relata a sus clientas cada semana lo que ocurre en el lugar en el que vive, cultiva y cosecha. Asentada desde hace 16 años en Valle Zureda, en Lena, Ibarra ha recopilado por meses esas largas cartas que acompañan al listado de los productos de la huerta que tiene disponibles para el reparto que realiza una vez a la semana en Pola de Lena, Mieres y Oviedo.

«Hace años me hice un perfil en Facebook y todas las semanas les escribo con lo que hay disponible, pero llegó un momento en que me resultaba demasiado anónimo. Frío. Vivo en el monte, un poco aislada, y el contacto con mis clientas es muy importante para mí, así que empecé a escribirles como una especie de carta», explica. Al principio los textos eran cortos, pero con el tiempo acabó describiendo con detalle sus vivencias en el campo, en plena naturaleza, y al frente de Haba Garden, como se llama su huerta.

«Pues empecé a cuchar la de Amor. Con el cucho empiezo despacio y tranquila, me lleva un rato y es un tute p’al cuerpo considerable. La burra la tengo preñada por esos montes, pero me ayudaron. La temporada de cucho hay años que es muy larga, este año no lo va a ser. Tengo menos. Es una labor que me gusta. Me exige constancia y superación. Venga, otro carretillo… Y lo empiezo poco a poco para que la espalda se vaya haciendo. Cuando termino siempre tengo la sensación de que podría llevar otro ciento», continúa el capítulo del mes de marzo, que bien podría ser el de este mismo año, porque Ibarra está haciendo exactamente lo mismo que describe en su diario: cuchando la huerta de Amor.

«El libro no es iniciativa mía, sino de mis clientas»

«Llevo algo más de tres años escribiendo cada semana y, desde hace dos, la gente me empezó a contestar. ‘Oye, por qué no haces un libro’… Y así una y otra vez. No soy escritora, soy agricultora, y no sabía cómo hacerlo, es una cosa muy grande», recuerda. En marzo del año pasado ya tenía elegidos y recopilados los capítulos de Diario de una campesina, que ha publicado una editorial navarra especializada en agricultura ecológica, La fertilidad de la tierra, con la que colabora en la revista del mismo nombre. «Me había puesto en contacto con ellos para que me ayudaran con el libro, surgió la colaboración en la revista y, tras unas cuantas publicaciones, decidieron sacarlo adelante. El libro no es iniciativa mía, sino de mis clientas y de la editorial», dice, confesándose perpleja por tener ya los ejemplares en sus manos.

Le llegaron la semana pasada pero también se encontró con la portada de su diario durante el reparto semanal. Primero en el escaparate del estanco de Campomanes y luego en los de las librerías a las que acudió en busca de un planisferio celeste. «A lo largo del reparto me lo encontré por todas partes, todo el rato, ahí expuesto. Tengo un susto…» El libro, que se ha incluido en la colección Tierra de Sueños de la editorial, está ilustrado por la malagueña Azahar L. Giner, que se ha basado en las fotografías que realiza Ibarra cada semana para acompañar sus textos en Facebook.

«Son ilustraciones sencillas, en blanco y negro, que me gustan mucho», agradece, explicando que cada semana la historia es diferente. «La mayoría de mis clientas viven en ciudad y comparto el campo con ellas. Les cuento lo que pasa, porque como no están aquí no se han dado cuenta de que el mirlo está en celo y yo sí, que lo he visto esta mañana. Son cosas muy importantes que desde muchos sitios no puedes ver. Ahora ya en la ciudad, por suerte, hay árboles frutales y se pueden ver las floraciones, pero hay otros momentos que te pierdes. Como cuando te tumbas a finales de febrero o marzo y hay una nube de insectos zumbadores a tu alrededor haciendo un ruido terrible. En verano eso no ocurre, hay nubes de mosquitos o, al final del verano, están las libélulas. No hay más pretensión -dice- que la gente vea esos momentos a través de este libro».

Ibarra es la única pequeña productora ecológica en su zona, desde Oviedo a la frontera con León. Vive en el barrio de arriba del pueblo, en el que aparte de ella solo vive una pareja. En el de abajo, viven otros seis vecinos. Hace 16 años, cuando decidió irse a vivir al pueblo, llegó con la ilusión de verlo repoblado, con personas y proyectos para compartir y crear comunidad. Ahora dice que últimamente sí se acerca gente con ganas de empezar a vivir en la zona, que buscan casa, pero encontrar un lugar no es fácil.

Mujer y campo

«En los pueblos hay que trabajar mucho para que estén habitables», dice, enumerando algunas de esas tareas que hacen falta para revertir el abandono al que lleva la despoblación y recordando también las palabras que le dijo una vez, cuando vivió en Navarra, un agricultor vecino suyo, Agustín Beroiz: «Nos pensamos que poseemos la tierra, que es nuestra y no es así. Es al revés. Nosotros somos de ella. Nosotros somos efímeros y ella permanece. Si tienes tierra y no te ocupas de ella, ya no le perteneces».

Y al campo, considera, pueden pertenecer todo tipo de formas y condiciones de vida: «Te puedes quedar en el campo yendo a trabajar a la ciudad porque hay medios de transporte público, trabajar desde internet o no trabajar, comer de la huerta y no gastar un duro. Hay muchísimas más posibilidades que darle una visión empresarial al asunto de la repoblación porque el campo tiene menos gastos y las acoge todas».

En el escrito que acompañaba al listado del reparto de esta semana habla de la mujer y el campo, un binomio que siempre fue evidente. «Sin la mujer en el campo el hombre nunca hubiera podido ir a la mina ni a la fábrica ni dar la nota en los bares cantando tonada, ni escanciar sidra pa los collacios, porque no tendría la camisa limpia, ni zurcida, ni calcetines, ni el plato de sopa caliente, ni los guajes atendíos, ni la huerta sin porquería ni las tierras de maíz o de patatas cuidadas con el mismo esmero que el zurcido de la sábana o de los calzones. (…) La importancia de la labor de la mujer en el rural es tan obvia que no necesita de firma ni de protagonismo, puede permitirse ser callada, silenciosa y anónima porque nada funcionaría sin ella. Y quien no lo vea, o está ciego o le faltan unos cocidos», escribe, antes de pasar a contar a sus clientas lo que pueden pedirle esta semana. Puerros, ensaladas variadas, chirivías, ramitos de brócolis, guindilla seca, cebollinas chiquitinas, berros silvestres, kiwis, ortigas secas y así otros tantos productos de la suya y de otras huertas asturianas que también reparte. Y, por supuesto, su diario de campesina.

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