Otín: «El cáncer se nutre de la imperfección, del azar, y también de la ignorancia e irresponsabilidad con nuestra propia salud»

ASTURIAS

El investigador y catedrático de la Universidad de Oviedo Carlos López-Otín
El investigador y catedrático de la Universidad de Oviedo Carlos López-Otín CARLOS RUIZ

Carlos López-Otín (Sabiñánigo, 1958) es investigador y catedrático de Bioquímica y Biología molecular en la Universidad de Oviedo. Ha recibido numerosos premios y publicado cientos de trabajos, entre los que destacan sus investigaciones en enfermedades como el cáncer, la artritis o las dolencias hereditarias.

05 dic 2021 . Actualizado a las 12:32 h.

El profesor López-Otín es un hombre que ama su trabajo: dar clase e investigar. Y por eso le resulta «sencillo y agradable» escribir libros de divulgación. Acaba de publicar Egoístas, inmortales y viajeras. Las claves del cáncer y de sus nuevos tratamientos: conocer para curar (Ed. Paidós), la tercera parte de una trilogía que comenzó hace dos años con La vida en cuatro letras y continuó con El sueño del tiempo, escrito junto a Guido Kroemer.  

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-¿Cuál es el mensaje principal que hila estos la trilogía que cierra Egoístas..., el que le gustaría que se quedara en la mente del lector?

-He escrito esta trilogía con el afán de reflexionar sobre la vulnerabilidad humana, en un tiempo en el que este concepto ya parecía superado por nuestra especie porque, según nos decían los tecnooptimistas y los sobreinformados, nos acercábamos hacia un futuro perfecto en el que las enfermedades apenas serían otra cosa que pequeños inconvenientes o leves adversidades. Somos imperfectos y vulnerables. Nuestra debilidad ante el paso del tiempo permanecerá y seguiremos envejeciendo. Somos mortales y lo seguiremos siendo. Finalmente, creo que hay enfermedades, como el cáncer, que nunca se erradicarán porque forman parte de nuestra propia esencia biológica. De hecho, la banda sonora de la trilogía termina con la voz de Silvia Pérez Cruz que nos recuerda la falsa invulnerabilidad de la felicidad y nos ayuda a entender que el propósito de la vida no es otro que la propia vida. 

-Usted ha dicho alguna vez que enseñar, dar clases, constituye para usted una necesidad y un placer. ¿Cuánto hay de esa autoterapia en el hecho de escribir libros de divulgación para un científico que apenas dispone de tiempo libre?  

-He pasado gran parte de mi vida escribiendo, desde medio millar de artículos científicos, a innumerables textos de todo tipo. La escritura de esta trilogía sobre la vida y la vulnerabilidad humana me ha aportado armonía, empatía y conocimiento, como el que me han regalado los muchos miles de personas que han leído mis libros, han acudido a las conferencias en las que los he presentado y han asistido a los debates en los que los he discutido. Todos ellos han compartido conmigo sus propias historias, sus inquietudes, sus problemas, sus anhelos y también sus buenos momentos. Este carrusel de emociones representa un gran privilegio para mí, comparable al que experimento cada mañana cuando llego a una cualquiera de las aulas de la Universidad, cierro la puerta y el universo entero se reduce a un grupo de estudiantes que quieren aprender y a un profesor que intenta enseñar. En ese mismo momento todo lo demás desaparece de mi mente y se convierte en «nada y en olvido».

«El propósito de la vida no es otro que la propia vida»

-En cuanto a Egoístas…, usted explora una enfermedad en la que parece que aún faltan muchos cabos por atar: el cáncer. ¿Qué hemos aprendido sobre su origen en las últimas décadas? ¿qué es lo que más ofende a los genes para que se rebelen?

-La ecuación del cáncer se resolvió en sus términos más generales hace apenas tres décadas. Como cuento en el libro, tras miles de años de humores, rumores y tumores, el cáncer se podía explicar, al fin, en unas cuantas frases. El cáncer surge fundamentalmente por una acumulación de daños en el genoma, a los cuales se deben sumar los producidos en otros lenguajes biológicos de creciente interés, como el epigenoma y el metagenoma. El origen de estos daños es muy diverso. Algunos tumores son hereditarios y la predisposición al cáncer viene de algunas mutaciones heredadas de nuestros progenitores. Otros tumores malignos son producidos por virus como el del papiloma o bacterias como Helicobacter pylori. Pero todos sabemos que son mucho más frecuentes los cánceres derivados de agresiones externas en forma de radiaciones, productos químicos, dietas inapropiadas y consumo de tabaco o de alcohol que causan la transformación celular. Finalmente, muchos casos de cáncer son producto de las imperfecciones de nuestro propio diseño evolutivo. El azar es el motor fundamental de estos casos, pues entre todas las mutaciones acaecidas durante la imperfecta copia del material genético, solo provocarán cáncer las que, por pura mala fortuna, afecten a regiones fundamentales del genoma y además contribuyan a crear entornos permisivos. En suma, el cáncer se nutre de la imperfección, de la entropía, del desorden, del azar y también de la ignorancia y de la irresponsabilidad con nuestra propia salud. Muchas veces me recuerdo a mí mismo que lo verdaderamente asombroso es no tener cáncer. 

 -¿Qué es peor para la salud de una persona, una alimentación inadecuada o la carencia de afectos y relaciones sociales?

-La salud no es una sola cosa, tal como se discute ampliamente en uno de los trabajos más importantes que he escrito en toda mi vida, que se publicó recientemente en la revista Cell y que se titula The hallmarks of health (las claves de la salud). En este artículo, y junto a Guido Kroemer, hemos definido la salud como un compendio de ocho características organizativas y dinámicas que mantienen la función de nuestro organismo. La alteración de cualquiera de estas ocho características es patogénica y provoca un desajuste agudo o progresivo del sistema y la pérdida de numerosos parámetros que determinan nuestro bienestar físico o emocional. Por eso, todo cuenta, absolutamente todo, desde la nutrición hasta la emoción.      

 -Los antropólogos dicen a menudo que nuestra existencia se debe a un cúmulo de casualidades casi milagroso desde hace cientos de miles de años. ¿Es el cáncer una inevitable enfermedad de nuestra lucha contra el tiempo, es decir, un castigo al deseo de los humanos de alargar cada vez más nuestra vida?

-No interpreto el cáncer ni ninguna otra enfermedad como un castigo, sino como parte natural de nuestras vidas. El gran problema del cáncer es que es algo imposible de erradicar porque es consustancial a nuestra propia naturaleza y deriva de los riesgos que asumimos, no solo nosotros, sino todos los seres pluricelulares durante nuestras respectivas aventuras evolutivas. La pérdida de la sintonía adecuada entre la evolución biológica, la evolución cultural y la evolución tecnológica ha traído como consecuencia que se hayan multiplicado las oportunidades de desarrollar tumores malignos. El cáncer tiene pasado y futuro. Llegó hace muchos millones de años para quedarse.

«Nuestro trabajo se mantiene desde hace muchos años y se mantendrá cuando ya no esté al frente del laboratorio. Son problemas inabarcables e interminables porque forman parte de nuestra esencia biológica»

-Ya vemos grandes avances en el combate contra el cáncer, nuevas terapias que alargan la esperanza de vida e incluso curan al paciente. ¿Veremos en esta generación cómo, gracias los avances científicos, se transforma en una enfermedad, si no leve, al menos no necesariamente mortal?

-Creo que es injusto e incorrecto decir que las nuevas terapias «incluso curan al paciente». A menudo, demasiado a menudo, se olvida que hoy más de la mitad de los tumores malignos se curan completamente gracias al esfuerzo coordinado de muchas personas de las que casi nunca sabemos ni siquiera sus nombres. De hecho, en la actualidad es más probable curarse de un cáncer que sucumbir a él. Es cierto que hay tumores todavía incurables, y es precisamente en ellos en los que hay que multiplicar los esfuerzos para seguir avanzando en los números de la supervivencia frente al cáncer. Para eso, nada mejor que seguir estudiando y seguir trabajando, pese a que el entorno no invite mucho a ello.

-Imaginemos que se pueda conseguirlo, es decir, que el cáncer llegue a ser una enfermedad más, con un riesgo de mortalidad muy bajo una vez diagnosticado a tiempo. ¿Hasta dónde se alargaría nuestra vida? ¿Es cierta la muerte celular programada? ¿Para cuánto dan nuestros genes?

-Siempre digo que la vida tuvo éxito definitivamente en nuestro planeta cuando se inventó la muerte, y por supuesto que es cierta la muerte celular programada. Tal vez algunos lectores se asusten al saber que en un solo segundo mueren de esta forma más de un millón de células en nuestro cuerpo. A mí no solo no me da miedo, sino que me alivia, pues en caso contrario acumularíamos células que entre otras cosas son auténticas semillas del cáncer. Es tan importante la muerte celular que hay muchas formas de morir en la intimidad celular y usamos una colección de nombres distintos para diferenciarlas: apoptosis, anoikis, entosis... En el segundo libro de mi trilogía, El sueño del tiempo, se discuten con amplitud todas estas cuestiones incluyendo las posibilidades reales de extender la vida humana.    

-La creación de vacunas de ARN-m aceleradas por la pandemia de covid-19 ha supuesto un salto cualitativo en la prevención de enfermedades. ¿Cree que esa tecnología se aplicará también en breve a tratamientos oncológicos? Y si es así, ¿cómo funcionará?

-Sí, de hecho, esta tecnología nació en gran parte con el objetivo de desarrollar nuevos tratamientos para enfermedades como el cáncer. Las aplicaciones en este ámbito son muy diversas y van desde la introducción de vacunas antitumorales hasta la potenciación de la inmunoterapia y de la quimioterapia dirigida.

«Mis próximos libros ya están escritos, tardarán en ver la luz y serán muy diferentes a esta trilogía»

 -¿En qué se centra el interés de su equipo actualmente?

-Las líneas de investigación no cambian de un día para otro, nuestro trabajo sobre las claves moleculares del cáncer y del envejecimiento se mantiene desde hace muchos años y se mantendrá cuando ya no esté al frente del laboratorio. Son problemas inabarcables e interminables porque forman parte de nuestra esencia biológica, no se erradicarán mientras haya un componente biológico en nuestro cuerpo y no nos convirtamos en esos robots que anuncia el futuro como sustitutos del reemplazo al Homo sapiens. Nosotros y muchos otros, tratamos de avanzar en la comprensión de estos procesos naturales, para entenderlos mejor y para evitar la muerte a destiempo. Además, y por pura responsabilidad social, estos últimos meses hemos trabajado intensamente en un proyecto sobre aspectos mecanísticos y moleculares de la infección por el virus causante de la Covid-19. Finalmente, a título más personal, sigo pensando en cómo avanzar en el desarrollo de una ciencia médica basada en la interpretación profunda de las claves de la salud, que pueda complementar a la construida en torno al estudio de la enfermedad humana.

-Usted dijo que estaba escribiendo una trilogía. Sin embargo, cuesta creer que no tenga ya algo en mente para un próximo libro de divulgación ¿es así?

-Efectivamente, escribir me resulta sencillo y agradable, es una forma especial de reflexión e introspección. Mis próximos libros ya están escritos, tardarán en ver la luz y serán muy diferentes a esta trilogía.

Carlos López Otín

López Otín: «Existe una subespecie muy tóxica de la que hay que defenderse: el virus sapiens»

GUILLERMO GUITER

El investigador Carlos López Otín (Sabiñánigo, Huesca, 1958) es uno de los más prestigiosos del mundo en el campo de la bioquímica y la biología molecular. Trabaja en la Universidad de Oviedo y es reconocido por su investigación de enfermedades hereditarias, entre otras muchas. Ahora acaba de publicar junto a Guido Kroemer el segundo libro de una trilogía, El sueño del tiempo (Ed. Paidós), un ensayo sobre las claves del envejecimiento y la longevidad.

¿Cómo surge la idea de escribir El sueño del tiempo, y por qué con Guido Kroemer?

Esta pregunta me la hacen poco y sin embargo es muy importante para mí. Este libro es la segunda parte de una trilogía centrada en la vulnerabilidad humana. Se trata de una reflexión sobre esto en un tiempo en que parecía que el ser humano había logrado dominar todas las fuerzas de la naturaleza gracias a la evolución cultural y tecnológica. El primero se centró en lo que descubrí que era, para mí, la vulnerabilidad más profunda que podemos tener: las emociones. Nos hacen sentir, son fundamentales para vida. No se puede concebir una vida sin ellas, nos ayudan a superar las vulnerabilidades, pero al mismo tiempo nos pueden llevar al abismo más profundo.

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