Ser trans en Asturias: «Yo lo tenía claro pero me encontré con un muro en la unidad de identidad de género»

Elena G. Bandera
Elena G. Bandera REDACCION

ASTURIAS

La pancarta de Llar Trans en el último Orgullo
La pancarta de Llar Trans en el último Orgullo

Una asturiana recuerda cómo hace 10 años se encontró con preguntas tan sexistas como «¿por qué no llevas falda?» y cómo aún hoy personas trans del Principado recurren a médicos privados, profesionales de otras comunidades o a la autohormonación para evitar la unidad regional

01 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Empezó a querer hacer la transición y hormonarse con 19 años. «No es que desde pequeño lo tuviese claro ni sintiera mucha angustia. De hecho, muchas veces se nos presiona a decir cosas que no son siempre verdad sobre que siempre lo hemos sentido así. Hay menores que a una edad muy temprana lo tienen muy claro, y también hay personas adultas que no hemos tenido en absoluto una situación de transexualidad desde la niñez», explica R., una asturiana trans que roza la treintena y que pertenece a la asociación Llar Trans, la única en Asturias que integra a familias, personas trans y aliadas.

Ya con 19 años, fue derivada a la Unidad de Tratamiento de Identidad de Género de Asturias (UTIG). «El muro con el que me encontré fue que en la UTIG no veían lo que yo soy. Independientemente de que seas una persona trans o no, debido a la educación que yo había tenido, me chocó mucho que las preguntas fueran tan sexistas». ¿Por qué no llevas falda? ¿Por qué te gusta esto que se supone que es masculino? ¿Por qué no te gusta esto que se supone que es femenino? «Mi madre es feminista y, por la educación que me dio, yo no quería ser una mujer que fuera una persona hiperfemenina, sino que creía que se podía ser mujer de muchas maneras y una de ellas encajaba conmigo».

Insistiendo en los estereotipos de género, lo chocante, dice, es que la psicóloga que le pregunta que por qué no llevaba fada siempre iba al trabajo en pantalón. «Así estuvimos unos tres años y medio en los que, desde el minuto cero, yo lo tenía clarísimo. Lo que quería no era que me orientasen porque yo lo tenía claro. Quería empezar cuanto antes porque ya estaba socialmente empezando a decirlo, a mi familia y a mis amigos en la universidad. Y a vestirme como me apetecía, a dejarme el pelo largo…, pero era muy incómodo poder hacer todo eso sin miradas, sin comentarios. Intentaban que yo me expusiese a esa violencia gratuitamente sin darme el apoyo de las hormonas, que era lo que yo necesitaba, como para confirmarles que aquello que ellos no se creían pues sí era verdad si me exponía todos los días como pretendían. No entendían que yo me quejara de que necesitaba las hormonas para poder hacerlo bien».

R. reconoce que normalmente ahora ya no ocurre como hace 10 años. «Hablando con otra gente trans, cuando me pasó a mí era muy habitual que también les alargasen el proceso de diagnóstico, ahora si ocurre es raro. Sí que es verdad que la asistencia psicológica sigue siendo bastante mala, porque sigue siendo más de examinarte para darte el visto bueno que de apoyarte en un proceso que puede ser difícil, pero los tiempos son más ágiles».

Ella recuerda que incluso les llevó informes de psiquiatras privados en los que constaba que necesitaba empezar a hormonarse porque estaba teniendo problemas psicológicos por culpa de que no le dejaban hacer «lo que es evidente que tiene que hacer». Al final, «como a regañadientes, me mandaron al endocrino« y pudo empezar el tratamiento hormonal. «Aguanté allí porque creo que la sanidad pública debía atenderme, pero me trataron de forma injusta». Con el tiempo, conoció la existencia de Trànsit, a cuyo frente estaba entonces Rosa Almirall. «Me enteré de que atendía consultas de gente de fuera de Cataluña para facilitar las transiciones en comunidades como Asturias, en las que las unidades no son muy colaborativas y gracias a eso puede dejar de ir a la UTIG de aquí» y seguir el tratamiento y el seguimiento en la catalana.

Explica que Almirall, con posterioridad, creó la ONG Kasatrans, que ofrece asistencia desde «una visión no patologizante, evidentemente hay que pagarlo y hay bastante gente en Asturias que está con ellos por haber tenido malas experiencias con la UTIG o directamente no haber querido ir porque saben que ya en las primeras consultas te van a cuestionar».

Podría decirse que está ocurriendo lo mismo con la polémica suscitada desde un sector del feminismo con la ley trans. «Es una muestra de que cierto sector del feminismo del PSOE, que además está muy relacionado con la Federación Socialista Asturiana, tiene unos planteamientos muy conservadores sobre el tema y no hay más que ver que Asturias y Castilla-León, gobernada por una coalición de derechas formada también por Vox, son las únicas comunidades que no tienen una ley que nos dé derechos sanitarios que son de competencia autonómica. Sin embargo, todas las comunidades autónomas que han aprobado leyes LGTB o trans que dan derechos sanitarios a las personas trans lo han hecho durante gobiernos que eran o socialistas o en coalición con el PSOE. En todas las comunidades autónomas el PSOE ha votado a favor de despatologizar la transexualidad y de la autodeterminacion. Entiendo que responde a una dinámica interna del partido, cuestiones de poder, que las personas trans en Asturias estamos sufriendo de una forma desmedida».

Aprovechando esa polémica, también suelen surgir voces e incluso libros que cuestionan los derechos que reivindica el colectivo trans. «Desde que empezó el debate de vez en cuando surge alguna asociación minoritaria de algún ramo de profesionales concreto que de repente saca una nota de prensa o da una entrevista. Es comprensible que cada sector profesional tenga asociaciones más conservadoras que van a aprovechar la situación». Contrapone los estudios recientes que por ejemplo indican que solo el 2% de las personas trans que empiezan a transicionar en la adolescencia se arrepienten.

«El mayor problema que le veo a todo esto no es ya a nivel de la legitimidad de la ley, que entiendo que al final se va a aprobar, sino que hace mucho daño a esas familias que a veces necesitan pasar también por un proceso de negación cuando su hijo o hija les dice que es una persona trans. Lo raro es que de primeras te parezca normal. Hay que entender que lo normal también es no entenderlo. Nadie está preparado para ello», asegura. «Durante muchísimo tiempo, hasta hace cuatro días, la transexualidad estuvo muy ligada a la marginalidad y a la prostitución, a gente que ves por la calle. La transexualidad femenina siempre fue algo perfectamente visible por lo menos desde el final de la dictadura en España y siempre ligada a la marginalidad. A una vida dura. Y hay que entender que para las familias da miedo porque quieren a sus hijas y no quieren que lo pasen mal».

A Llar Trans, explica, llegan familias con una «preocupación buena, no hay ganas de imponer nada, sino amor y compasión, y desde ahí puedes trabajar lo que quieras». Pero también muchas familias que pasan por una situación similar al duelo y «simplemente hay que prepararles para entenderlo y esperar un poco hasta que lo asumen». De hecho, dice que «muchos casos que parecen que nunca lo van a entender, o al menos la persona trans tiene esa percepción, a poco que te cuenten, puedes darte cuenta del momento que está pasando toda la familia y que, con orientación y paciencia, a lo mejor en seis meses ya pertenecen a Llar Trans». Señala que «hay que tener en cuenta que la persona trans no tiene la culpa de esto y sufre muchísimo durante estas etapas, pero también entender a esas familias a las que les puede costar un tiempo, tener un poco de paciencia, dar herramientas y buscar la mejor forma para que lo acepten y puedan avanzar, no sólo exigir aceptación instantánea, que no suele ser la mejor estrategia».

Ve preocupante que la fase de negación, que dentro del proceso de aceptación es sana, y puede prolongarse unos meses, se estanque en algunas familias al verse inmersas en ese debate «con el nos bombardean por todas partes con pseudoargumentos, porcentajes de gente que se arrepiente que no son reales o noticias de otros países que tampoco». Pero cuando esa fase se alarga meses y meses debido al bombardeo de información «ya no es un proceso sano y en la práctica se ve que son familias que empiezan a obsesionarse, que no dejan de hablar del tema y empiezan a cuestionar a sus hijos en una dinámica que ya es más bien patológica, por haberse estancado en esa fase cuando ya no tiene sentido, y necesitarían poder avanzar hacia la aceptación de la realidad».