La vida de Anita Sirgo, la mujer que se volcó desde niña en la lucha de la clase obrera

E. G. B. REDACCION

ASTURIAS

Anita Sirgo, en junio de 2023, durante un homenaje que le rindió CCOO
Anita Sirgo, en junio de 2023, durante un homenaje que le rindió CCOO CCOO

El compromiso con la República de su familia marcó su infancia y, con su protagonismo en la huelga minera de 1962, demostró que las mujeres también eran ejemplo de resistencia antifranquista. «No podíamos quedarnos en casa», decía de una lucha por la que fue encarcelada, torturada y rapada

21 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

«Nuestra escuela fue la lucha», decía Anita Sirgo, que fallecía esta semana a pocos días de cumplir 94 años y que, con un padre fugao del que nunca supo dónde fue enterrado y una madre presa en el campo de concentración de Arnao (Figueras), no pudo ir a la escuela. Había nacido en 1930, en El Campurru de Lada (Langreo), en una familia minera y comunista, a la que honró convirtiéndose en referente de resistencia antifranquista y de lucha por la libertad y la democracia desde las cuencas mineras, en donde la despidieron como ella quería, con una gran manifestación desde La Felguera hasta el pozo Fondón en Sama.

La represión franquista no pudo con Anita Sirgo pese a estar marcada desde niña debido al compromiso con la República y la lucha obrera de su familia. Era una mujer valiente y relató siempre que tuvo ocasión su historia, que merece ser recordada una vez más. Era hija de Avelino Sirgo Fernández, capitán republicano que tuvo que tirar para el monte para evitar ser fusilado, y de Anita Suárez, que estuvo presa primero en la cárcel de Sama y durante cinco años en Arnao, el campo de concentración de prisioneros de guerra en el que hasta 1943 estuvieron recluidas más de 2.000 personas.

Anita Sirgo y su hermano Avelino, como toda su familia fue apresada, estuvieron con su madre en la cárcel de Sama hasta que se la llevaron a Arnao y, al quedarse solos, casi fueron niños de la guerra tras ser evacuados a Barcelona, en donde no llegaron a embarcar rumbo a la Unión Soviética ya que un tío que vivía en Llanes fue a buscarles. Con sus tíos, con los que trabajaron el campo, estuvieron hasta que su madre fue liberada. Quisieron volver a su casa de El Campurru, pero Anita siempre contaba que, como tantas otras, había sido saqueada por los falangistas. No dejaron ningún mueble e incluso comentaba, sorprendida, que se habían llevado hasta su muñeca de trapo.

Los embates de la represión franquista más duros se los llevaron los familiares de los guerrilleros. A Anita Sirgo y a su familia se les interrogaba periódicamente para saber dónde estaba su padre, cuya muerte se sitúa casi a finales de la década de los 40. Ella, que había sido enlace de guerrilleros hasta que todos a los que ayudaba —incluido un tío suyo— cayeron en una emboscada, se casó en 1950 con Alfonso Braña, minero en el pozo Fondón. Su boda, que tuvo que ser por la iglesia porque de aquella no había otra, apenas duró cinco minutos porque la guardia civil irrumpió en ella pensando que el padre de la novia haría acto de presencia. Pese a todo, el banquete fue inolvidable según contaba Anita que, junto a su marido, inició su militancia clandestina en el Partido Comunista.

La Huelgona

En abril de 1962 siete picadores del pozo Nicolasa, en Mieres, se niegan a entrar en la mina si no les mejoran sus insoportables condiciones laborales y salariales. Su despido prendió la mecha de una ola de solidaridad obrera en toda España que perturbó y puso en el punto de mira internacional a la dictadura franquista. Hay que situarse en ese contexto para entender la importancia que tuvo la huelga iniciada entonces por los mineros asturianos, esa huelga silenciosa que movilizó a más de 300.000 obreros en toda España: hacer huelga estaba calificado como un delito de sedición según el Código Civil aprobado durante el franquismo.

Al mes de iniciarse la huelga, la desesperación por la falta de ingresos motivó que algunos mineros asturianos quisieran volver al tajo. Mujeres de las cuencas, buena parte comunistas que ya habían participado en las huelgas de finales de los 50 como Anita Sirgo, consiguieron que el sacrificio que suponía la huelga, que se prolongó dos meses, sirviera para algo. «Nos plantamos para hacer algo más, teníamos que participar y no quedarnos en casa», contaba en una entrevista en La Voz de Asturias en 2012.

Se organizaron de tal manera que tornaron a los mineros que se querían incorporar a los pozos echándoles maíz como a las gallinas. «Lo conseguimos y dieron la vuelta», relataba Sirgo, recordando que en el Pozo Fondón hizo acto de presencia la Guardia Civil «disparando tiros al alto al ver el barullo». Las llevaron a la escombrera y quisieron detener a dos, pero se cogieron entre todas y «dijimos que o se llevaban a todas o a ninguna».

 

Esta resistencia, que Sirgo coordinó con otras compañeras, fue pacífica y, como el derecho a la reunión estaba también prohibido, se juntaban no más de siete en la cocina de alguna de ellas alrededor de una cafetera de café, vacía o llena, para organizarse consiguiendo generar redes solidarias de apoyo y alimentos para que las familias mineras pudieran aguantar. También se celebraron concentraciones de apoyo en Madrid y Barcelona que llamaron la atención de la prensa internacional como el New York Times, Le Monde o el Corriere della Sera.

El régimen franquista tuvo que negociar y conceder algunas reivindicaciones; los obreros ganaron pero también sufrieron una dura represión durante y después de la huelga. A Anita Sirgo la detuvieron junto a su marido, que antes de la huelgona ya había sido despedido, en 1963. «Nos llamaron a los que estábamos en el ajo», contaba, al cuartelillo de la Guardia Civil de Sama. La encerraron en una celda con su camarada y amiga Tina Pérez.

La represalia 

Intuía que su marido estaba en la celda de al lado y cogió uno de sus zapatos de tacón ancho para dar golpes en la pared, obteniendo la respuesta esperada. Pero en la madrugada, cuando escucharon golpes y gritos, ya no contestó nadie. Sabían lo que estaba pasando y las dos mujeres, Anita y Tina, empezaron a gritar por un ventanuco de la celda «¡criminales! ¡asesinos! para que lo oyese todo Sama».

Cuatro guardias civiles, incluido el capitán, con la camisa ensangrentada, «entraron como lobos a por mí y a por Tina» y empezaron a darles «patadas y hostiazos». En algún momento dado, Anita dijo que estaba embarazada «para evitar los palos». Pero siguió recibiéndolos. «Un comunista menos», le replicaron. «Tuvimos que callar porque si no nos mataban allí».

Las interrogaron por separado. Primero se llevaron a Tina y luego vinieron a por ella. Le mostraron varias fotografías, entre ellas, la de Horacio Fernández Inguanzo, cuyo retrato —y el de Dolores Ibárruri La Pasionaria— colgaba de las paredes de su casa en la barriada obrera de San José de Lada.

A cada negativa, «hostia que te viene y hostia que te va: cuanto más decía que no, más palos». La amenazaron con cortarle el pelo y la lengua. Lo primero lo cumplieron: le raparon el cabello, mechón a mechón con una navaja. «¿Qué es que no tienes madre», contaba que le dijo al capitán para ver si sentía compasión por ella. Ninguna, porque le tiró a la cabeza una piña de bronce que tenía de pisapapeles que consiguió esquivar. Quedó sorda de un oído tras esta paliza. 

Cuando la llevaron de vuelta al calabozo vio a Tina, ensangrentada y con la cabeza rapada, «que no podía ni hablar». Tina murió en 1965 y su entierro en La Joécara, sin carácter religioso por su expreso deseo, fue otra impresionante y multitudinaria manifestación del duelo de un pueblo que ya no se iba a conformar sin más. 

Anita y Tina se negaron tras esas torturas a ponerse un pañuelo en la cabeza para ocultar que habían sido rapadas como les había ocurrido a otras mujeres durante la guerra y la posguerra, para humillarlas despojándolas de su feminidad. «Nos negamos a que el pueblo no supiese lo que nos habían hecho», contaba Sirgo. Ya eran los años 60 y la vergüenza iba a recaer en los verdugos.

Como se negaron a taparse la cabeza rapada, se pasaron un mes en prisión hasta que les creció el pelo. Cuando quedaron en libertad no se callaron y contaron lo que les habían hecho. Se interesaron un centenar de intelectuales de la época como Vicente Alexandre, Pedro Laín Entralgo o Buero Vallejo que firmaron un manifiesto ante la dura represión ejercida en las cuencas mineras.

Anita Sirgo siguió sufriendo amenazas por contar lo que les habían hecho. A su marido, que estuvo siete meses escupiendo sangre por la paliza recibida, se lo llevaron detenido en otras ocasiones. Ella contaba que en esos momentos gritaba con todas sus fuerzas para que se enterase todo el mundo en el pueblo.

En 1964, durante una concentración en la casa sindical de Sama, lanzó un zapato durante una carga policial a toletazos. Contaba que ya tenía previsto irse a París por cuestiones del partido y acabó quedándose dos años porque en Asturias buscaban a la dueña del zapato por rebelión. Al regresar con su familia, acabó cumpliendo cuatro meses de prisión. Anita y su marido, que falleció en 1980, siguieron luchando en la clandestinidad.

Ella, que sentía la necesidad de seguir recordando el protagonismo de las mujeres en la lucha obrera y que se pasó la vida luchando por una sociedad justa, también decía, ante esta España actual, que «hay mucho que seguir reivindicando todavía, pero hay que hacerlo en la calle, no detrás de cuatro paredes que no se entera nadie».