Cómo conectar los premios con la vida real

Guillermo Guiter
Guillermo Guiter REDACCIÓN

ASTURIAS

Lona en la sede de Unicaja de Asturias: «Graciela Iturbide: España y México», dedicada a la artista mexicana, distinguida con el Premio Princesa de las Artes 2025.
Lona en la sede de Unicaja de Asturias: «Graciela Iturbide: España y México», dedicada a la artista mexicana, distinguida con el Premio Princesa de las Artes 2025. Unicaja

Si los galardones sólo sirven para reconocimiento simbólico, su valor será menor; si inspiran acción, reformas, cambios institucionales, tendrán sentido de verdad

20 oct 2025 . Actualizado a las 11:34 h.

Los Premios siguen su camino, con paso firme hacia el medio siglo desde que surgieran de la idea de un periodista, Graciano García, quien fuera su primer director e impulsor. Aún sigue Graciano las ceremonias, desde su cómoda posición de director emérito, con interés y cercanía. Es y será su criatura, aunque se haya hecho mayor e incluso haya cambiado de nombre. Los tiempos. 

En esta edición, los galardones asturianos destacan a figuras cuya obra ofrece un espejo crítico de esos tiempos: filósofos que interrogan la alienación digital, sociólogos que analizan el tremendo (e imparable) impacto de las migraciones, estados de crisis financiera que reclaman cooperación internacional o novelistas que rescatan la dignidad cotidiana. 

Estos premios no solamente celebran logros personales o académicos, sino que actúan como señales de los valores que la Fundación dice querer: humanidad, solidaridad, reflexión, pluralismo, rigor intelectual, responsabilidad social, cooperación, la apertura al otro. Pero también, como todo reconocimiento público, han suscitado debates y críticas sobre los límites del pensamiento contemporáneo, la eficacia de las implicaciones prácticas de sus ideas, o las contradicciones políticas de algunos premiados.

Byung-Chul Han

El filósofo surcoreano ganador del Princesa de Asturias Byung-Chul Han.
El filósofo surcoreano ganador del Princesa de Asturias Byung-Chul Han.

El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades ha recibido el galardón «por su brillantez para interpretar los retos de la sociedad tecnológica», por su capacidad para articular nuevas ideas que combinan tradiciones filosóficas de Oriente y Occidente, y por su crítica a la deshumanización, la digitalización y el aislamiento individual en el mundo contemporáneo. Apenas nada. 

Si tuviéramos que resumir los valores que representa, por tanto, hablaríamos de una denuncia sobre del uso desmedido de lo digital, la transparencia obligatoria, la hiperproducción de información que erosionan la vida interna, la reflexión, la contemplación, lo pausado. Es quizá reflejo de un paradigma personal, de alguien inmerso en la cultura occidental, que aterrizó en la efervescente Alemania anterior y posterior a la caída del muro, pero nacido en oriente.

Es, en su ámbito, una celebridad —seguro que el término no le gustaría—. Y, como suele ocurrir con pensadores que llegan a cierto público amplio, Byung-Chul Han ha sido también objeto de críticas, tanto en tono académico como de lectores más exigentes.

Se le ha acusado de simplificar, en su deseo de hacer asequibles sus ideas, y recurrir a fórmulas ensayísticas que no profundizan lo suficiente en la complejidad filosófica o sociológica. Que su estilo, cercano al manifiesto, puede perder matices importantes. (Es una crítica frecuente a los ensayos «pop-filosóficos».)

Otro reproche es la escasa contraposición empírica: sus diagnósticos sobre el aislamiento, la fatiga, la transparencia, etc., muchas veces apelan a metáforas poderosas pero con menor rigor empírico o estadístico, lo que puede dejar sus conclusiones como advertencia moral más que como base firme para políticas concretas.

Sus seguidores y detractores aún debaten si su influencia es realmente transformadora o si se queda en el ámbito literario/cultural. En otras palabras: ¿hasta qué punto sus ideas tienen efecto más allá del debate intelectual? La respuesta, quizá, esté en el futuro. De momento, el interés de su obra es innegable.

Douglas Massey

El demógrafo estadounidense Douglas Massey, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2025
El demógrafo estadounidense Douglas Massey, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2025

Sociólogo y demógrafo estadounidense, al flamante Premio de Ciencias Sociales se le reconoce sobre todo por su trabajo pionero en migración internacional, segregación urbana y estratificación social. Vivió en primera línea el análisis de flujos migratorios entre América Latina, cofundando proyectos como el Mexican Migration Project y el Latin American Migration Project, que son referencias tanto académicas como para la elaboración de políticas públicas.

Su obra pone en el centro las personas afectadas por la migración, la desigualdad, la segregación, visibilizando realidades muchas veces ignoradas, y este es su mayor compromiso intelectual (y práctico) con la realidad. Pero no solo teoriza, sino que aporta datos, análisis empíricos, modelos que ayudan a comprender y, potencialmente, intervenir.

Al estudiar las barreras estructurales, las distancias urbanas, las desigualdades étnicas o de origen, y sus consecuencias, Massey llama a políticas que sean justas, inclusivas; defiende el derecho a la movilidad, a la dignidad de quienes migran. Y es, por tanto, extremadamente crítico con las políticas restrictivas de Donald Trump.

En el lado crítico, se ha dicho que algunos de sus modelos demográficos y los estudios de migración pueden invisibilizar la diversidad de experiencias individuales: cada migrante vive circunstancias distintas, y hay riesgo de homogenización. Pero veremos cómo explica él mismo sus métodos y el espíritu de la letra, que al final suele ser lo más importante.

Eduardo Mendoza 

El escritor Eduardo Mendoza
El escritor Eduardo Mendoza Quique García | EFE
 

En este viaje por la cultura no podía faltar un grande de las letras, en este caso el premiado con ese galardón este año. Es cierto que quizá el mejor Mendoza salió hace muchos años de La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios, ambas auténticas catedrales de la literatura española contemporánea.

El tono ha cambiado mucho y en muchas ocasiones, con la acidez y la ironía —sin faltar a menudo un punto de melancolía, como ocurre siempre con el humor—. Decía el jurado que Mendoza consigue un equilibrio entre la literatura «seria» y la literatura popular, si tales categorías existen: Mendoza ha sabido mantener un estilo literario de calidad, sin alejarse de la accesibilidad, integrando la ironía, el humor, y la crítica social. Tal vez escribiendo en varias capas o niveles, intencionalmente o no.

Algunas de sus obras evocan tiempos de tensión política y social en España, la desigualdad, la vida urbana, la crisis, etc., lo que le convierte no solo en un narrador entretenido, sino en un cronista del estado de la sociedad, con conciencia histórica. Aunque muchas de sus historias tienen elementos críticos, sus relatos no caen en lo pesimista o en la denuncia sin matices, sino que combinan la ligereza, el humor, y la capacidad de mirar lo absurdo sin perder la ternura.

También hay quienes piensan que en Mendoza existe una tendencia, especialmente en obras recientes, a cierta repetición de personajes o escenarios urbanos, con menos riesgo formal que en algunos de sus primeros trabajos, lo que se interpreta como un desgaste inevitable de la obra con tantos años de escritura. O evolución. 

Mario Draghi 

El primer ministro italiano, Mario Draghi
El primer ministro italiano, Mario Draghi LUKAS BARTH | REUTERS

El economista y político italiano Mario Draghi ha recibido el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional por su papel crucial, dicen, en la integración europea, en particular su desempeño al frente del Banco Central Europeo, donde muchas de sus decisiones fueron entendidas como decisivas para estabilizar la eurozona durante la crisis financiera de 2008-2012.

Draghi representa, en este sentido, la solidaridad europea y la responsabilidad común. Simboliza la idea de que las naciones no están aisladas, que la integración económica y política (cuando funciona bien) puede servir para soportar crisis, compartir riesgos, proteger bienes comunes.

Su liderazgo en momentos críticos —crisis de la deuda, tensiones financieras— se apoya en valores como la estabilidad, la prudencia, la valentía institucional, la visión a largo plazo. El experto italiano, que siguió intentando aplicar sus políticas en el siempre complejo escenario italiano, señala que la cooperación no es un ideal blando, sino una necesidad práctica: políticas monetarias comunes, respuesta colectiva a crisis globales, coordinación.

Tampoco ha estado su figura exenta de controversias. Durante su mandato al frente del BCE, algunas de sus decisiones fueron fuertemente debatidas. Por ejemplo, los programas de compra de bonos (quantitative easing), criticados por quienes consideran que generan distorsiones de mercado, inflación futura o riesgos morales: que se estabiliza para algunos, pero que otros pueden cargar con los costos.

Desde ciertos sectores europeístas críticos, se le acusa de priorizar la estabilidad financiera por encima de las desigualdades socioeconómicas o de no haber hecho lo suficiente para implementar reformas estructurales más ambiciosas en Italia o la UE que atenúen la pobreza o la precariedad.

También sus decisiones políticas más allá del BCE han sido cuestionadas: su breve periodo como primer ministro de Italia estuvo marcado por tensiones con fuerzas políticas, críticas por su manejo de ciertos frentes internos, su relación con el manejo de la deuda, las políticas fiscales… en realidad, como se suele decir, el que no hace nada, no se equivoca. Y Draghi ha hecho (o lo ha intentado) muchas cosas.

Museo Nacional de Antropología de México

Sala del Museo Nacional de Antropología de México
Sala del Museo Nacional de Antropología de México MUSEO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA D | EUROPAPRESS

El Museo Nacional de Antropología de México (MNA) ha sido galardonado con el premio Concordia, que es considerado el más importante de la serie, al ser «heredero de una larga tradición en defensa y preservación de una parte esencial del patrimonio antropológico de la humanidad que, al mismo tiempo, expresa las señas de identidad de una gran nación en las que su gente se reconoce», según reseña la Fundación.

Es uno de los museos más importantes de Latinoamérica, con vastas colecciones arqueológicas y etnográficas, piezas como la Piedra del Sol, la máscara de Pakal, estelas prehispánicas, entre otros, y también un compromiso con la difusión, la conservación y la investigación.  En este sentido, el Museo preserva la historia antigua de los pueblos indígenas mexicanos, pero también sirve como espacio de reflexión sobre su herencia, que continúa vivo en las comunidades actuales.

Su capacidad para reflejar la diversidad lingüística, etnográfica, arqueológica muestra que la nación mexicana no es monolítica, sino compuesta de múltiples raíces. No se trata, por tanto, sólo de exhibir piezas, sino también de cuidar la investigación científica, restauración, protección, documentación. Lo que se llamaría arqueología responsable. También tiene un papel central, como institución pública cultural, como embajador del patrimonio universal.

Si hubiera que buscar algún «pero», algunos observadores han señalado que, aunque el museo es sin duda un referente, existe preocupación por los recursos presupuestarios, la infraestructura, el mantenimiento, la seguridad, la accesibilidad, que muchas veces no están a la altura de la magnitud de su colección o del papel simbólico que tiene.  Pero en esto seguramente están de acuerdo sus responsables, que al igual que todas las instituciones culturales, a menudo deben asediar a los responsables políticos para que no se olviden de ellos en sus presupuestos. 

En otro ámbito, también se debate cuán activa y justa es la participación de las comunidades originarias en la interpretación, en la gestión del patrimonio cultural que les pertenece de facto, o en la repatriación de piezas si corresponde. También si la narrativa museográfica respeta sus cosmologías, lenguajes, cosmovisiones, o si está puesta principalmente desde perspectivas académicas occidentales. 

Mary-Claire King

La genetista estadounidense Mary-Claire King
La genetista estadounidense Mary-Claire King BORIS ROESSLER | EFE

La genetista estadounidense ha sido reconocida este año con el premio de Investigación (en solitario, lo que es cada vez menos frecuente en esta categoría) por descubrimientos fundamentales en su área: fue una de las primeras en determinar la enorme proximidad genética entre humanos y chimpancés (99%) mediante análisis de proteínas y por identificar el gen BRCA1 en 1990, ligado al riesgo de cáncer de mama y ovario. 

Además, aplicó métodos genéticos con implicaciones humanitarias: colaboración con las Abuelas de Plaza de Mayo de Argentina para identificar niños desaparecidos durante la dictadura argentina mediante análisis de ADN mitocondrial. Y con éxito.

King, por tanto, no se dedica solo a la investigación pura o teórica, lo que ya de por sí sería suficiente para merecer el premio, sino a la aplicación ética: prevención del cáncer, diagnóstico temprano, también justicia para víctimas de violaciones de derechos humanos. Su descubrimiento del BRCA1 implicó mucho trabajo, resistencias, desafíos técnicos; representa la persistencia intelectual, la rigurosidad, la creatividad en ciencia. Ella misma lo explicará en una entrevista en estas páginas.

Respecto al futuro, dice King, con su investigación abre puertas para que tratamientos, diagnósticos sean accesibles, que no dependan sólo de la riqueza de los sistemas sanitarios, que la ciencia no sea privilegio sino bien común. Como no podía ser de otra forma, la experta reconoce que aún hay grandes desigualdades en el mundo respecto al acceso a pruebas genéticas, tratamientos, seguimiento, lo que plantea preguntas sobre cómo los descubrimientos se traducen en igualdad real para todas las personas, no solo en los países más desarrollados o para quienes tienen recursos.

Y hablará en la entrevista sobre qué hacer con la información genética, los riesgos, la privacidad, la posible discriminación, o el uso indebido para intereses comerciales. Estos temas han sido objeto de muchos debates sobre cómo manejar éticamente la genética médica, el consejo genético, la responsabilidad, el consentimiento informado.

Graciela Iturbide

 La fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, ganadora del premio Princesa de Asturias de las Artes 2025, durante una entrevista con EFE en Madrid, en la que asegura que su fotografía  tiene que ver mucho con la antropología . Iturbide se encuentra en Madrid para presentar 'Cuando habla la luz', una muestra organizada por la Fundación Casa de México en el marco del festival internacional de fotografía y artes visuales PhotoESPAÑA.
La fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, ganadora del premio Princesa de Asturias de las Artes 2025, durante una entrevista con EFE en Madrid, en la que asegura que su fotografía tiene que ver mucho con la antropología . Iturbide se encuentra en Madrid para presentar 'Cuando habla la luz', una muestra organizada por la Fundación Casa de México en el marco del festival internacional de fotografía y artes visuales PhotoESPAÑA. Alberto Aguado | EFE

La concesión del Premio de las Artes a Graciela Iturbide representa un reconocimiento a una trayectoria que ha sabido explorar, con mirada crítica y poética, la complejidad de la identidad mexicana y latinoamericana. Su fotografía, lejos de caer en la estética folclórica o en el exotismo fácil, revela tensiones sociales, culturales y simbólicas con una sensibilidad que no elude lo político ni lo íntimo. Obras icónicas como Nuestra Señora de las Iguanas no sólo han trascendido fronteras, sino que han abierto espacios de reflexión sobre el papel de la mujer, la ritualidad y la relación con la muerte y la naturaleza.

Sin embargo, más allá de las imágenes más conocidas, Iturbide ha construido un lenguaje visual que evita el efectismo y se sostiene en la observación paciente, en la ética del testimonio. Su obra no busca agradar, sino incomodar en ocasiones, provocar preguntas más que dar respuestas. El premio, en ese sentido, también interpela al arte contemporáneo global: señala la vigencia de una mirada profundamente local pero universal en su resonancia. Iturbide no representa un «descubrimiento» ni una figura emergente, sino una artista consolidada cuya voz —o mejor dicho, cuya mirada— sigue siendo necesaria.

Serena Williams

Serena Williams durante su último torneo de Wimbledon, en el 2022.
Serena Williams durante su último torneo de Wimbledon, en el 2022. AFP7 vía Europa Press | EUROPAPRESS

La tenista estadounidense, figura histórica del deporte mundial, ha sido premiada por su trayectoria imponente: 73 títulos individuales, 23 Grand Slams, numerosas medallas olímpicas, una relación duradera con la elite del tenis femenino, y también por su papel como defensora de la igualdad de género. El jurado destaca que más allá de los éxitos competitivos, Serena ha sido «una firme defensora de la igualdad de género y de oportunidades entre hombres y mujeres en el deporte y, en general, en la sociedad». 

Si hubiera que justificar la concesión del premio, se hablaría de que la tenista ha sido adalid de la igualdad de género: No solo ha exigido por sí misma trato justo, sino que ha servido de modelo para otras mujeres y niñas, particularmente en un deporte históricamente muy masculino en cuanto a visibilidad, premios, atención mediática. También se puede añadir a su palmarés deportivo y ético que no sólo ganó en su juventud, sino que mantuvo estándares altos durante décadas. También enfrentó lesiones, expectativas mediáticas, la presión de mantener la élite, y lo hizo con determinación.

Serena ha sido un símbolo para las mujeres afroamericanas, para las minorías raciales, para quienes ven en ella una figura que trasciende lo deportivo: en sus declaraciones, acciones y su marca personal hay un mensaje claro de dignidad, de obligación a romper barreras.

Claro está que en el deporte profesional de alto nivel ni siquiera los más desinteresados escapan a acuerdos de patrocinio, negocios, derechos de imagen y demás red comercial y clientelar. Y esto casa de forma complicada con el mensaje de igualdad o de justicia social.

Serena, como todas las estrellas en todos los ámbitos, ha sido objeto de análisis minucioso sobre su estilo, su físico, su comportamiento en pista, su presencia mediática. En ciertos casos la crítica ha sido injusta, sexista o racista, pero también algunos se preguntan si la figura pública asume cargas simbólicas que no son sólo mérito suyo pero que recae sobre ella por su posición.

Hay quien opina que, ya retirada, su figura se vuelve más simbólica que activa, lo que abre discusiones sobre la continuidad de su impacto real, más allá del reconocimiento. Pero esto no desmerece su historia deportiva ni su influencia social.

Valores, siempre

Vuelven los premios con reconocimiento a los valores universales: Justicia, memoria, identidad, equidad, defensa del patrimonio, ciencia humanista. Los premiados no sólo han logrado méritos individuales, sino que en su obra muestran preocupación por lo colectivo: por los desposeídos, los olvidados, los marginados, los pueblos indígenas, las mujeres, las minorías.

No existe la ciencia aislada, ni literatura desligada de lo social, ni deporte sin dimensión política. Hay un mapa donde muchas trayectorias cruzan estos ámbitos: Byung-Chul Han cuestiona el impacto de lo digital en la vida humana; King une genética y justicia; el Museo de Antropología conjuga patrimonio, cultura, saber arqueológico y memoria colectiva; Serena Williams une rendimiento deportivo con activismo de género y racial.

Mientras los premios tienen un valor simbólico indudable —visibilidad, estímulo, ejemplo—, también cabe hacerse una pregunta: ¿hasta dónde esos reconocimientos se traducen en mejoras reales, en políticas públicas, en acceso, en inversión, en justicia efectiva? 

Los premios revelan los límites a los que se enfrenta todo reconocimiento de este tipo: el riesgo de que los diagnósticos no se traduzcan en práctica, la tensión entre accesibilidad y rigor, la necesidad de diversificar voces, de no encerrar estos reconocimientos en órbitas institucionales que, aunque prestigiosas, pueden resultar lejanas para el ciudadano.

En última instancia, estos galardones tienen un papel simbólico importante: ofrecen modelos, generan conversación, sirven para fijar narrativas. Que Byung-Chul Han reciba reconocimiento, por ejemplo, es también un modo de decir que la fatiga, la alienación tecnológica, la necesidad de contemplación y de reflexión son cosas que preocupan a la comunidad internacional. Que Douglas Massey sea premiado es una forma de afirmar que los movimientos migratorios, las desigualdades, los espacios urbanos segregados, no son fenómenos marginales sino centrales. 

Queda por ver cómo impactarán estos reconocimientos más allá de la ceremonia en Oviedo: en educación, en políticas públicas, en debates culturales reales. Si los premios sólo sirven para reconocimiento simbólico, su valor será menor; si inspiran acción, reformas, cambios institucionales, tendrán sentido de verdad.