O tres pinceladas que ya quisieran ser impresionistas pero solo superan por muy poco el brochazo del pintor voluntarioso. Si además los Reyes Magos eran tres, no parece tan inoportuno opinar en vísperas de su llegada sobre los también tres últimos libros que he leído, aunque debo anticipar que lo he hecho con desigual fortuna, aconsejado en no muy buena hora por expertos devoradores de papel. De este tipo de gente pretendidamente culta cada vez me fío menos, con el tiempo terminaré desoyendo sus consejos, igual que suelo rechazar las recomendaciones impulsivas que los fines de semana nos ofrecen los suplementos culturales, rara vez no influenciados por la presión editorial.
El primero de estos libros que cayó en mis manos, hará mes y medio, fue «El viaje de mi padre». Teniendo en cuenta que de su autor, Julio Llamazares, había leído tres novelas y su monumental obra en dos tomos dedicada a las 75 catedrales españoles, acometí su lectura con sincera expectación, esperando toparme con una historia al menos amena, sin temor al desengaño. Pero no fue así, la novela me resultó soporífera de principio a fin, carente del menor interés, solo salvaría las páginas en que paradójicamente el argumento se distrae en otras descripciones de lectura entretenida. La cosa es que Julio, después de haber seguido en los últimos meses los mismos pasos de su padre a través de diversas provincias, nos cuenta que en el lejano otoño del treinta y siete su querido progenitor se había ido a la guerra como Mambrú siglos antes y ni en el trayecto desde su León natal ni en el frente de Teruel había pegado un solo tiro, como tampoco lo pegó su inefable «buen amigo Saturnino», personaje que tiene algo de Sancho y aparece en escena de forma recurrente hasta la saciedad.
La misión encomendada por el mando a los dos jovenzuelos era la poco apasionante de portar como mochileros un aparato de transmisiones que, a fin de cuentas, hartos de su incomodidad, llegaron a inutilizar a patadas en el destino. Una novela insustancial y en no pocos momentos incomprensiblemente simplona que a buen seguro se venderá bien, a veces los lectores son muy poco exigentes y se conforman con tener un libro entre las manos para sentirse alejados de la mundana frivolidad. Han pasado los días desde que la terminé y no termino de resignarme al fiasco, parece mentira que el autor de la excelente «La lluvia amarilla» y la no menos encomiable «Luna de lobos», ambas rozando altas cotas literarias hasta ser consideradas novelas de culto, haya podido precipitarse por un terraplén tan absurdo después de su extensa trayectoria literaria.
Y lo siento de veras, pero hablando con franqueza, es imposible sustraerse a la decepción cuando uno se encuentra con estas sorpresas que a primera vista podrían calificarse de últimos estertores de un magnífico escritor. Prefiero pensar que en las próximas entregas Llamazares volverá a su cauce.
No quiero finalizar esta embestida sin recordar que Trapiello, también leonés, también escribió sobre el paso de su padre por la guerra, que también se localizó en Teruel. Tres casualidades, hoy el tres ha salido a mi encuentro. «Así que pasen treinta años» es el título del recopilatorio de los últimos setenta y cinco artículos escritos por Javier Marías en El País. Su muerte en dos mil veintidós truncó la previsible continuidad. Ese trabajo suyo como columnista dominical lo conocía yo desde que estrenó su «La zona fantasma», allá por dos mil tres. Fue muy celebrada la novedad, lo recuerdo perfectamente, venía precedida de su enorme prestigio como autor de «Corazón tan blanco» y «Negra espada del tiempo», entre otras.
Además, no se podía negar la originalidad de su forma de interpretar esta siempre difícil tarea periodística que debe ser incisiva, refrescante, efervescente y hasta mordaz si el asunto lo precisa. Sin embargo, pocas me despertaron curiosidad, no leí más de quince o veinte a lo largo de tantos años. En general me parecían escritas con desgana y cierta displicencia, para cubrir el trámite de presentarlas a tiempo en el periódico, y sobre todo retorcidas caprichosamente ofreciendo obviedades en busca del interés del lector que seguía leyéndolas mientras desayunaba, esa imagen la he visto muchas veces en las terrazas madrileñas cuando el tiempo era benévolo.
No niego haberme divertido en algunas ocasiones con su fina ironía y las críticas ácidas que solía dirigir obsesivamente a los regidores municipales por su incapacidad para dirigir el rumbo de la ciudad sin incurrir en el populismo barato que pretende contentar a todos y pocas veces lo consigue. Claro que le reconozco el mérito de poner el dedo en la llaga con valentía, pero hasta cierto punto él hacía lo mismo, buscaba la complicidad del lector colocándose a la vera de su previsible razonamiento, como el psicólogo al oído de su ansioso paciente. Y es ahí donde, desde mi punto de vista, la columna se convertía en el desahogo del ciudadano protestón de a pie que él también quería ser, claudicando al aburrimiento tedioso y oscuro que produce la vida urbana. Podía dar más de si, calidad literaria le sobraba, pero no parecía desenvolverse bien en la distancia corta, igual que no son pocos los novelistas que decaen cuando escriben cuentos y viceversa. No son literaturas extrapolables.
Después de esta crítica se me podría preguntar entonces cómo es que a pesar de desconsiderar durante tanto tiempo sus columnas he comprado ahora la recopilación. Y contestaré que ha sido una reacción estrictamente emocional, siento una gran admiración por su trayectoria novelística y leer sus últimos artículos lo interpreté como un limpio homenaje, sentí muchísimo su muerte.
La tercera novela que voy a mencionar tiene por título «Los ilusionistas». Marcos Giralt, de quien había leído un espléndido «Tiempo de vida», la ha dedicado a recorrer sin compasión los entresijos de la saga familiar encabezada por su abuelo, Torrente Ballester. Confieso que la abordé con cierto escepticismo, el asunto no es de los que más me interesen, sobre todo porque frecuentemente el narrador hiperboliza las situaciones queriendo impresionar al lector. De ese modo, los hombres o son héroes que destacaron por su inenarrable arrojo y entrega en tal o cual batalla, o están dotados de un sinfín de virtudes, entre las que se concede un gran valor a su desmesurada atracción por las mujeres, de las que se apodera con solo proponérselo, amén de su intrepidez, astucia e inmensa capacidad embaucadora a la hora de hacer negocios o resolver problemas intrincados.
El amor al alcohol y la compañía irrenunciable del tabaco son otros de los invariantes. Por su parte, las mujeres no solo son siempre bellísimas y deslumbrantes, sino que casi desde el mismo momento de nacer recorrieron la vida con la independencia arrebatadora de esos seres dotados de una personalidad excepcional que asombra a propios y extraños. Personajes de rompe y rasga que con un poco de suerte se convierten en celebridades, como ocurre con el cine.
Vuelvo a «Los Ilusionistas». Transcurridas las primeras páginas aparqué los prejuicios y me fui dejando llevar por el relato, expresado por Giralt con una extraordinaria sutileza narrativa. Su prosa es un acordeón que se abre y se cierra con solvencia. No descubrí los excesos que antes he criticado más que en un par de renglones ni tampoco sufrí los inevitables momentos aburridos que a veces desaniman si se prolongan demasiado.
Abunda en esta obra coral la buena literatura, con todo lo difícil que es mantener el ritmo cuando se transmiten biografías que nos son ajenas. Muy curiosa, por cierto, la de su abuelo Gonzalo, cuyo aspecto huraño y oscuro imposibilita sospechar en su personalidad la acusada rijosidad que por lo visto lo acompañaba. Y divertida la del aventurero tío G que conoció la cárcel y reincidió por su indómita tendencia al delito económico. Un vividor sentimental y necesitado de periódico arrullo materno, como les ocurre a todos los vividores que se comen el mundo hasta que un mal día el mundo se les atraganta, y que bien pudiera haberse llamado Guzmán en vez de Gonzalo como el conspicuo patriarca. El último capítulo de la novela, protagonizado pasivamente por su madre, me parece de una belleza insuperable, está escrito con toda la emotividad y reconocimiento que uno querría saber expresar a la suya propia.
Creo que dejaré pasar unas semanas para regresar a estas páginas con las impresiones amansadas, lo hago siempre cuando todavía no se han apagado los últimos rescoldos. Ahora, según se empecina en seguir castigando este frío madrileño, será una idea muy adecuada hacerlo sobre una mesa camilla. Tal vez sintiendo los pies calientes entre sus faldones vuelva a recordar el diálogo senequista que escuché ayer mismo en la parada del autobús. ¿Crees que ha sido un buen año? Y él le contestó a la que solo podía ser su novia. «No te digo que sí». Imposible mayor concreción, una pena que el autobús llegara.
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