Las bajas por salud mental se duplican entre los trabajadores jóvenes asturianos desde la pandemia
ASTURIAS
El crecimiento ha sido sostenido año a año: 1.480 procesos en 2021, 1.810 en 2022 y 2.080 en 2023, sin que se observe, por ahora, un punto de inflexión
23 feb 2026 . Actualizado a las 13:11 h.Las bajas laborales por problemas de salud mental entre los trabajadores jóvenes asturianos se han disparado desde la pandemia y han pasado de ser un fenómeno marginal a convertirse en una de las principales causas de incapacidad temporal en la región. Los datos oficiales confirman que el aumento no solo se mantiene, sino que se consolida, especialmente entre la población de entre 25 y 35 años, un colectivo clave para el presente y el futuro del mercado laboral.
Según el informe de Indicadores de Incapacidad Temporal de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIReF), el número de procesos de incapacidad temporal por salud mental en este tramo de edad prácticamente se ha duplicado desde la irrupción del coronavirus. En 2020 se contabilizaron en Asturias 1.160 jóvenes de entre 25 y 35 años de baja por esta causa. En 2024 la cifra ascendió a 2.380 personas, el máximo de toda la serie. El crecimiento ha sido sostenido año a año: 1.480 procesos en 2021, 1.810 en 2022 y 2.080 en 2023, sin que se observe, por ahora, un punto de inflexión. También ha ido creciendo la tasa de incidencia, que ha pasado de 1,81 a 3,57 bajas por millar en apenas cuatro años. A ello se suma el notable alargamiento de los procesos, puesto que la duración media de estas bajas alcanzó en 2024 los 101,39 días.
Para José Antonio Llosa, psicólogo y profesor de la Universidad de Oviedo, este fenómeno responde a una combinación de factores estructurales y culturales. Por un lado, subraya que «tras la pandemia se ha tomado mucha más conciencia social sobre la salud mental, sobre todo entre la gente joven», lo que ha contribuido a que estos problemas se visibilicen y se expresen con mayor naturalidad en el ámbito laboral. A diferencia de generaciones anteriores, añade, «la salud mental ya no se vive tanto como un tabú privado, sino como una cuestión que forma parte de la vida cotidiana y del trabajo».
Pero el experto advierte de que el problema va más allá de una mayor detección. En su opinión, la pandemia actuó como un acelerador de una tendencia previa: «No es algo nuevo; ya se venía observando desde hace décadas un empeoramiento generalizado de la salud mental, especialmente desde el nuevo milenio». En el caso de los jóvenes, este deterioro se vincula a un contexto de incertidumbre vital y laboral. «Para la generación que se incorpora ahora a la vida adulta, el futuro es profundamente incierto», explica, un escenario que se agrava por formas de vida cada vez más individualistas y desconectadas.
Uno de los factores clave es la precariedad, o lo que la literatura científica denomina «incertidumbre laboral». Llosa señala que se trata de una forma de precariedad «que se vive de manera muy subjetiva y personal», pero con efectos muy concretos. «Está conectada integralmente con la vida de la persona», afirma, y se manifiesta en procesos depresivos, ansiedad, deterioro de las relaciones sociales e incluso problemas de salud física. Especialmente preocupante es, según el psicólogo, la idea cultural de que la precariedad es una fase obligatoria en la juventud: «Los perjuicios que genera dejan una huella que se mantiene el resto de la vida, incluso cuando la situación laboral mejora».
En cuanto a los diagnósticos más frecuentes, Llosa apunta a «sintomatologías depresivas y ansiógenas» como las más habituales, muchas veces relacionadas con fenómenos como el síndrome del trabajador quemado. También advierte de las limitaciones del sistema sanitario: «La respuesta pública en salud mental es muy escasa, y muchos diagnósticos se realizan en atención primaria, de forma relativamente vaga».
El alargamiento de las bajas es otra de las claves del fenómeno. «La salud mental no es una gripe», resume Llosa. «Está profundamente mediada por los contextos». El periodo de baja permite desconectar del entorno laboral que ha generado el malestar, pero el regreso al trabajo «se vive con gran desasosiego», lo que acaba dilatando los procesos hasta que la persona encuentra una forma de afrontamiento o una alternativa laboral.
Pese a todo, el experto cree que la tendencia es reversible. «Hay situaciones estructurales que favorecen estos problemas y, al ser identificables, son resolubles», afirma. El horizonte, concluye, pasa por «organizaciones laborales que cuiden la salud mental», combinando mejoras en las condiciones objetivas de trabajo con un mayor cuidado del clima y las relaciones laborales.