Elena Nieto y su batalla contra el covid persistente: «Pasé de comerme el mundo a que el mundo me comiera a mí»
ASTURIAS
Esta enfermedad ha debilitado el organismo de esta asturiana hasta el punto de necesitar ayuda para realizar tareas cotidianas que antes hacía completamente sola
15 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Los días de confinamiento y todo lo que supuso la pandemia del coronavirus forman parte del pasado de la mayoría de ciudadanos. Sin embargo, para muchas personas estos tiempos difíciles, angustiosos y dolorosos todavía sigue siendo un recuerdo cercano, sobre todo para quienes perdieron a familiares, trabajan en el sector de la salud o padecen covid persistente. Es el caso de Elena Nieto. Esta asturiana de 46 años continúa sufriendo las consecuencias del virus que provocó una de las mayores crisis sanitarias, económicas y sociales en más de un siglo. Las secuelas de esta enfermedad han debilitado su organismo hasta el punto de necesitar ayuda para realizar tareas cotidianas que antes hacía completamente sola.
«Pasé de comerme el mundo a que el mundo me comiera a mí», asegura esta vecina de Figaredo, en Mieres, quien resume de esta manera el impacto que ha tenido el coronavirus en su vida, así como en su bienestar físico y emocional, después de contagiarse nada más y nada menos que tres veces. Aunque ya ha pasado todas las fases agudas de la enfermedad, Elena sigue conviviendo con los síntomas que provoca el SARS-CoV-2. Con el tiempo, algunos de ellos han desaparecido, mientras que otros, como el dolor y el cansancio, se han intensificado. Esta variedad de indicios limitan «por completo» su día a día y la han llevado a la incapacidad permanente total.
Fue el 10 de noviembre de 2020 cuando se contagió por primera vez de coronavirus. Aunque los síntomas eran leves, su médico de cabecera le otorgó la baja laboral siguiendo el protocolo impuesto por aquel entonces. No pasó ni una semana desde que se había infectado y ya solicitó el alta voluntaria porque se encontraba bien. Retomó su rutina y sus quehaceres diarios hasta donde su estado de salud se lo permitió, ya que, para su sorpresa, este empeoró de repente. «Empezó a dolerme mucho la espalda, como decían que el covid te dejaba muy cansado pensé que iba por ahí la cosa. Tomaba medicamentos y mejoraba pero a los dos días ya estaba mal», cuenta.
Ese fue el primer síntoma de que el covid se había vuelto persistente, aunque ella no lo sabía. Las alarmas realmente sonaron cuando una mañana de mediados de diciembre, al levantarse de la cama y comenzar a caminar, sintió que se caía. «No estaba mareada, pero no conseguí mantener el equilibrio», detalla, antes de añadir que se tumbó un rato en el sofá para ver si se le pasaba. Como trascurrían las horas y no terminaba de mejorar, acudió a urgencias del Hospital Vital Álvarez Buylla, en Mieres. «Estuve ingresada unos 10 días, pasé ahí todas las Navidades. En todo ese tiempo me hicieron unas cuantas pruebas pero al final me dieron el alta sin llegar a un diagnóstico claro», dice.
«Lo peor estaba por venir»
No sabía a qué se debía su malestar, pero tenía claro que cada día se sentía más débil. A partir de ese ingreso, su estado de salud empezó a empeorar. «Lo peor estaba por venir», resalta y señala que los dolores se agudizaron de tal manera que no podía hacer nada. «Ya no era cuestión de un día mejor y otro peros sino 500 mal y uno un poco mejor», precisa. Los médicos le realizaban una prueba tras de otra para determinar el origen de ese malestar, pero ninguna arrojaba un resultado concluyente. «Aún así tenían bastante claro que se debía al covid, pero no sabían si se trataba de una variante diferente o de otra causa», asegura esta asturiana, que llegó a recurrir a la sanidad privada para obtener un diagnóstico más rápido.
Mientras acudía a múltiples consultas de especialistas en busca de un informe médico fiable, su estado de salud se fue deteriorando hasta el punto de que todas las pruebas que le realizaron comenzaron a mostrar alteraciones. «La electromiografía que me hicieron salió mal y ahí ya vieron que tenía problemas de equilibrio», ejemplifica Elena, quien llegó a tener una capacidad pulmonar de tan solo el 40% debido a esta enfermedad, la cual le provocó limitaciones severas en su vida diaria. «Me pasé prácticamente dos años y medio viviendo en el sofá porque no podía hacer nada, ni siquiera ducharme. Necesitaba ayuda para todo», dice, evidenciando lo limitada que estaba su vida.
Desde que el virus se volvió persistente, Elena no ha vuelto a trabajar porque su estado de salud está tan deteriorado que le resulta imposible realizar cualquier actividad. A partir del ingreso hospitalario ha permanecido de baja hasta que el Instituto Nacional de la Seguridad Social le exigió retomar su actividad como trabajadora por cuenta propia. «Al rechazarme la incapacidad que había solicitado, no me quedó más remedio que acudir a juicio. Al primero no llegué a conocer la resolución porque la jueza que llevaba el caso fue inhabilitada, por lo que hubo que repetir el juicio, y lo gané. La Seguridad Social recurrió, y yo volví a ganar», resalta.
La batalla en los tribunales se alargó hasta el pasado mes de diciembre, momento en el que el juez instructor de su caso, por resolución firme, determinó que debía percibir una pensión equivalente al 55 % de su base reguladora por no poder desempeñar su trabajo habitual a causa de las secuelas provocadas por el coronavirus. El hecho de reconocerle la incapacidad permanente total hizo que se sintiera «rarísima». «La verdad que cuando la solicité no quería que me la diesen porque tenía la esperanza de que me fuese a recuperar, aunque no fuese al 100%, por lo menos al 80%. Pero al pasar los años y no mejorar nada, ya me di cuenta de que no me quedaba de otra», confiesa.
Las secuelas que tiene
El coronavirus ha hecho que Elena perdiese «muchísima» visión, además de sufrir problemas ginecológicos y una constante sensación de tener la espalda mojada. También afirma sentir la cabeza «embotellada» y experimentar fallos de memoria. «Se me olvidan las cosas. Me pongo, por ejemplo, a poner la lavadora y de repente no sé en qué departamento del cajón va el suavizante y por más que hago memoria no me acuerdo», señala. A ello se suma un cansancio persistente y dolores musculares. «Lo que más me duelen son las piernas. Es como si hubiera hecho sentadillas todo de seguido», explica. Cuando el dolor se intensifica, añade, «solo» puede permanecer tumbada. «Nada más me puedo levantar para comer, beber o ir al baño», apunta, poniendo así de manifiesto el fuerte impacto que las secuelas de la enfermedad tienen en su vida cotidiana.
En esta lucha contra la incapacitante enfermedad, Elena ha contado, por supuesto, con el apoyo de su familia y seres queridos, pero también con la asociación Covid Persistente de Asturias. «Gracias a ellos me siento comprendida, porque sus miembros viven una situación muy similar a la mía. Igual no tienen los mismos síntomas, pero sí han pasado por algo parecido, sobre todo en lo que respecta a los brotes. Yo pensaba que solo me pasaba a mí, pero no. Hay personas que pueden estar perfectamente bien tres semanas y, a la cuarta, ya están completamente debilitadas», afirma, agradeciendo toda la labor que realizan para visibilizar esta patología y conseguir recursos que hagan más llevadera la vida de quienes la padecen.
El sentirse comprendida le alivia, porque lleva «muy mal» que haya personas que minimicen la pandemia del coronavirus, afirmando que «no fue nada», que «no pasó nada» o que «solo sirvió para meternos miedo». «Estoy de acuerdo en que tú no tienes por qué saber lo que tengo, pero todos debemos saber de qué murió tanta gente antes de que se pusieran las vacunas. Yo, por miedo, no pasé dos años y medio sin caminar ni dejé de trabajar para quedarme en el sofá», explica, antes de añadir que «una cosa es que a unos les dio el COVID de manera más agresiva y a otros de forma más leve».
En su caso, pone como ejemplo a su marido, que se contagió al mismo tiempo que ella y estuvo muy mal. «Llegó a adelgazar ocho kilos en una semana», señala. Ella, en cambio, solo tuvo un poco de fiebre durante un par de días, pero «lo peor vino después». «Las secuelas hicieron que pasara de comerme el mundo a que el mundo me comiera a mí. Y siempre lo digo: es tal cual. Yo trabajaba muchas horas, me daba tiempo a todo y ahora no me da tiempo a nada», lamenta. Lo «poco» que hace, lo hace además acompañada, porque el coronavirus ha limitado por completo su rutina diaria.