Un asturiano logra la incapacidad por covid persistente: «Tomo más de 12 pastillas al día y sigo con dolores»

Esther Rodríguez
Esther Rodríguez REDACCIÓN

ASTURIAS

El asturiano Manuel Garaboa
El asturiano Manuel Garaboa

El Juzgado de lo Social n.º 1 de Oviedo reconoce este derecho a Manuel Garaboa al considerar acreditadas las limitaciones derivadas de la enfermedad

30 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La vida de Manuel Garaboa se truncó en noviembre del 2020. Tras contagiarse por primera vez de coronavirus, este vecino de La Felguera vio como, poco a poco, su estado de salud se fue deteriorando hasta el punto de no poder hacer «casi nada». Durante todos estos años, no le ha quedado más remedio que aprender a convivir con los limitantes síntomas provocados por esta persistente enfermedad. Por si fuera poco, al mismo tiempo, ha batallado contra la incomprensión del Instituto Nacional de la Seguridad Social, que pese a su estado, consideraba que estaba acto para trabajar. Por esta razón, inició una larga lucha judicial, de la que acaba salir victorioso tras reconocerle el Juzgado de lo Social n.º 1 de Oviedo la incapacidad permanente total.

«Ahora por lo menos voy a tener los gastos mínimos cubiertos», afirma este asturiano de 54 años, quien se siente algo más tranquilo al saber que ya no tendrá que «arrastrar» su cuerpo para poder trabajar como camarero y así tener un sueldo que le permita cubrir sus necesidades básicas. El juez que ha instruido su caso lo ha inhabilitado para realizar las tareas fundamentales de su profesión habitual, pero le permite dedicarse a otra actividad laboral distinta. «Tengo reconocido el 55 %, por lo que tendría que buscar otro trabajo que sea compatible. Pero no sé cuál será, porque en la sentencia queda bien claro que no puedo hacer esfuerzos físicos ni mentales, ni tampoco estar expuesto a ruidos y sonidos», dice, sin comprender por qué no le concedieron la incapacidad absoluta.

«Afortunadamente el año que viene cumplo los 55 años, entonces podré pasar a recibir el 75% de mi base reguladora y con eso sí que ya puedo vivir, porque con la paga de ahora solo me dará para la hipoteca y la comida», asegura Manuel, quien ya se ha puesto en contacto con el sindicato para solicitar orientación en el ámbito laboral. «Me dijeron que tengo que ir al paro para ver qué trabajos puedo realizar en este momento», detalla, antes de confesar, que, de no ser por su delicado estado de salud, jamás habría pedido una pensión contributiva. «Yo nunca busqué no trabajar. Yo lo que quiero es curarme y trabajar como todo el mundo pero vino torcida la cosa y no me quedó otro remedio», admite.

El reciente reconocimiento de la incapacidad permanente total por parte de un juzgado de Oviedo pone fin a la larga batalla judicial que enfrentaba, después de que el INSS lo obligara a reincorporarse a su puesto de trabajo, pese a los informes médicos que indicaban lo contrario. No obstante, todo comenzó en agosto de 2022, cuando se presentó en la oficina para entregar el correspondiente parte de baja laboral y sus jefes le comunicaron su despido. «Buscaron una excusa para que no fuera considerado improcedente y, aunque al principio me negué, terminé firmando la liquidación, porque desde el sindicato me dijeron que entre que recurría y no iba a pasar mucho tiempo, además de que el beneficio que iba a obtener tampoco era mucho, lo mejor era aceptarlo», cuenta.

«Al no estar de baja laboral, me corrió el paro. Pasado el año, me llamaron del INSS para decirme que tenía que volver a trabajar pero conseguí una prórroga de seis meses. La médica me comentó que me iba a tramitar la incapacidad, sin embargo, me llegó una carta a casa para informarme de que me la habían denegado y que tenía que volver a trabajar Como todavía me quedaba paro, pues lo cogí y, mientras, a través de mi abogado puse una reclamación interna que no sirvió para nada, así que terminamos yendo a juicio», detalla este asturiano, a quien al final no le quedó más remedio que ejercer como camarero —profesión a la que se dedicó antes de caer enfermo— para poder ganarse la vida y cubrir sus necesidades básicas.

Aunque no estaba en condiciones para hacerlo, debido a los incapacitantes síntomas que le provoca el covid persistente, volvió a incorporarse al mercado laboral. «Iba a trabajar arrastrándome. Imagínate lo mal que estaba: iba dos o tres veces por semana al hospital para que me administraran la medicación en vena y así aliviar los dolores. Al final, terminaron suministrándome el famoso fentanilo», asegura, evidenciando su delicado estado de salud. Tras un año «malviviendo», puesto que las horas que no trabajaba se las pasaba metido en la cama debido al malestar, recibió la buena noticia de que el juez había reconocido su incapacidad permanente total. Dejó por tanto de trabajar, puesto que tenía asegurada la pensión. «Automáticamente me quedé también más tranquilo», confiesa.

Pero esa sensación de calma le duró poco, ya que el INSS recurrió la sentencia y empezó a temer que tendría que volver a trabajar. Aunque, por suerte, el juez ratificó una vez más que no estaba en condiciones para desempeñar su actividad laboral habitual. Aún así, la sensación de vulnerabilidad permanece. «Me fastidia saber que llevo 34 años cotizados, prácticamente toda la vida, y que, de repente, me quede vendido. Se supone que vivimos en un estado con un sistema de bienestar, por el cual hay que contribuir, y nunca me importa aportar, porque, obviamente, el bienestar tiene que financiarse de algún lado. Toda mi vida contribuyendo, y cuando me encuentro con un bache así, me siento desesperado», lamenta, denunciando así el «abandonado» por parte del sistema.

Una amplia variedad de síntomas

A esto se añade una constante sensación de incertidumbre, pues Manuel no sabe si algún día conseguirá recuperar su salud. «No sé si me voy a curar o no», confiesa, mientras convive a diario con el cansancio, la fatiga y el dolor muscular que le provoca el covid persistente. Además, sufre cefaleas y migrañas, junto con niebla mental y una sensación continua de desorientación. «Pese a estar tomando más de 12 pastillas diarias sigo teniendo dolores», apunta, poniendo así de relieve su delicado estado.

 La incomprensión social

Lo que más le duele no son la cabeza, los brazos o las piernas, sino que todavía haya personas que piensan que se está inventando los síntomas que padece desde que el covid invadió su cuerpo en noviembre de 2020. «Quema mucho que digan que es algo psicológico, porque, en realidad, hago un sacrificio del 150 % para no pasarme el día tirado en la cama», destaca. Es por esta razón que formar parte de la Asociación Covid Persistente de Asturias le aporta apoyo y comprensión, así como información útil para sobrellevar la enfermedad. «Es como una tabla en el agua», ejemplifica así la ayuda que le brinda esta entidad.

Que le hayan reconocido la incapacidad permanente total supone también, para quienes batallan contra esta enfermedad, un verdadero chute de energía, ya que la mayoría de ellos también enfrentan una lucha judicial para que se reconozcan sus derechos y acceder a las prestaciones que les corresponden. «Lo que no entiendo es cómo es posible que sean los médicos los que te traten, te valoren, y al final sea un juez el que diga que no puedes trabajar», dice sobre la falta de coherencia entre la evidencia médica y las decisiones administrativas que afectan directamente a la vida de los pacientes. Y son muchas las personas enfermas que, como él, buscan el apoyo del sistema.