El restaurante asturiano que da ticket único para evitar «la mesa de los ingenieros de la NASA»
ASTURIAS
Casa Laureano, de Teverga, critica con humor a la gente que divide la cuenta y hace que el camarero se quede «petrificado delante del datáfono haciendo divisiones con decimales, como si estuviera calculando la trayectoria de un cohete a la Luna»
16 abr 2026 . Actualizado a las 11:46 h.Laureano Álvarez Valiña regenta desde hace diez años junto a su mujer el restaurante Casa Laureano en Teverga, que antes llevaron sus padres durante 43 años. Es un clásico en la localidad, y ofrece platos de toda la vida. Y aunque es un sitio muy pegado a la tradición, ha sabido adaptarse con frescura a los nuevos tiempos en sus normas y, sobre todo, en cómo las transmite. Porque sus mensajes en las redes sociales y también en los carteles no dejan a nadie indiferente.
Uno de los últimos que apareció en su cuenta de Facebook está relacionado con las normas de los pagos. El ticket único, por ejemplo, que llevan haciendo desde hace tiempo «por pura supervivencia», para evitar lo que llaman «la mesa de los ingenieros de la NASA» y conseguir «que el pote llegue caliente y no en fase de estudio mientras hacemos teoremas de pitágoras para calcular la cuenta».
¿Y cuáles son esos cálculos con los que tendrían que lidiar si no tuvieran esta norma? Así lo explican: «Se termina el café y, de repente, la mesa se convierte en el centro de cálculo de Hacienda; empiezan los "yo solo bebí un sorbo de tu sidra", "a mí quítame los tres euros del pan que no lo toqué" y el valiente que intenta pagar su parte con un billete de cincuenta para una cuenta de ocho euros». Y el camarero que «se queda petrificado delante del datáfono haciendo divisiones con decimales, como si estuviera calculando la trayectoria de un cohete a la Luna».
Esa es la clave del problema, no el hecho de que lo hagan o no, sino que mientras los camareros juegan «a los bancos, hay un cachopo en el pase que se está quedando más frío que un enero en el puerto y un paisano en la puerta esperando mesa con cara de pocos amigos». El ticket por mesa evita que su personal «se saque una oposición a cajero de banco» y «que sigan sacando platos a toda mecha para que todo el mundo coma el plato como sale de la cocina».
«Por eso lo más práctico es que uno del grupo se encargue de la cuenta y luego ya os ajustéis entre vosotros con calma, con un Bizum o como mejor os venga. De esta forma, nosotros podemos seguir dándole ritmo a la cocina y vosotros os ahorráis el dolor de cabeza de los céntimos. Al final, se trata de venir a disfrutar y no de perder la tarde echando cuentas que, seamos sinceros, nunca cuadran a la primera», concluye la entrada de Facebook.
Laureano Álvarez confiesa que se encuentra de todo en su establecimiento, que está en un sitio muy turístico con mucha variedad de gente. No es raro, por ejemplo, que tenga que decirle a algunos clientes que no dejen que sus perros se suban a las mesas.
Y otra pelea importante es el horario. A este respecto han tenido que ser, también, bastante exigentes. El restaurante da dos turnos de comida. Entonces, la gente que ha reservado para el primero ha de ser puntual, porque de lo contrario los que vienen después se encuentran con que tienen que esperar mucho para sentarse. Entonces, ha tenido que aplicar el lema «Si llegas tarde, no pasas». Y lo hace a rajatabla. «Al que llega tarde no lo dejamos pasar, lo dejamos bien claro». Es una norma que empezaron a aplicar el año pasado, y que les está yendo bien para evitar que gente que reserva a las dos aparezca hora y media más tarde y lo descuadre todo.
Pero la tardanza no es su principal problema. El más grave es el absentismo. Mucha gente reserva y, después, no aparece. «En los cuatro días de Semana Santa faltaron 100 personas; estás diciendo a mucha gente que no tienes sitio y, después, los que habían reservado no se presentan», explica.
También es difícil a veces lidiar con las exigencias algo extemporáneas de la gente. «No somos sastres que hacemos las cosas a la medida; tenemos una cocina y damos un determinado servicio, somos un restaurante de pueblo que damos cocidos y comida tradicional; nos dedicamos a lo que nos dedicamos, a tratar bien a la gente y darles de comer», sostiene.
Aun así, las exigencias son cada vez mayores. «Desde el Covid para acá volvimos para atrás, hay quien llega el último y quiere ser el primero en ser servido; y gente que amenaza con poner malas reseñas si no la invitamos al café; pero nosotros lo vemos como un servicio mutuo: tú me dejas tu dinero porque yo te doy de comer, y si gastaste mucho, te invito, o si te sirvo bien, me dejas una propina»
Este tipo de clientes no son los más numerosos, pero sí suficientes como para cabrear al más pintado. Casa Laureano, sin embargo, no se lo toma nunca a mal. Al contrario, siempre tira de humor y de ironía para demostrarle a la gente que se puede dar un buen servicio y exigir un mínimo de respeto en un intercambio en el que ganen ambas partes, ya sean gente corriente o ingenieros aeroespaciales.