Miguel Hevia, urólogo: «Más del 95% de los cánceres de testículo se curan a los cinco años, incluso con metástasis»
ASTURIAS
El experto en el sistema reproductor masculino del HUCA explica las características de uno de los tumores más frecuentes entre la población masculina joven y señala la importancia del diagnóstico precoz, así como de la autoexploración para su detección temprana
12 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Los testículos son los órganos sexuales masculinos encargados de producir espermatozoides y testosterona, la hormona vital para el hombre. Se encuentran en el escroto y, como cualquier tejido del organismo, pueden desarrollar un crecimiento descontrolado de células que pierden su función habitual, dando lugar al cáncer testicular. Pese a que es poco frecuente, su incidencia ha aumentado en los últimos años y ya es considerado como uno de los rumores sólidos más frecuentes entre los varones jóvenes. No es tampoco prevenible, pero presenta tasas muy altas de curación y supervivencia, especialmente cuando se detecta en fases tempranas. Así lo asegura el urólogo del HUCA, Miguel Hevia, quien analiza los principales signos de alerta, la importancia del diagnóstico precoz y el papel clave de la autoexploración en la detección de esta enfermedad oncológica.
—Hay un aumento de casos de cáncer de testículos entre la población más joven. ¿A qué es debido?
—Sí, es cierto que en los últimos años ha aumentado la incidencia, o al menos el diagnóstico, del cáncer de testículo. Sin embargo, pese a ese incremento de los diagnósticos, lo que sí se ha reducido a lo largo de este tiempo es la mortalidad. Probablemente se deba a que ahora se realizan diagnósticos más precoces, de manera que el tumor se detecta en fases iniciales y resulta más fácil curarlo. Globalmente, más del 95% de los cánceres de testículo se curan a los cinco años, incluso en estadios avanzados o con metástasis. ¿Por qué aumenta la incidencia? Realmente no existen factores de riesgo totalmente evidentes o claros. Quizás el más conocido sea la criptorquidia, es decir, aquellos casos en los que el niño nace con un testículo no descendido, que queda en el trayecto en lugar de situarse en la bolsa escrotal. Se sabe que, a largo plazo, esos testículos pueden degenerar en un tumor. Por otra parte, también influye un componente genético o hereditario. Parece que los varones jóvenes con antecedentes familiares de cáncer de testículo presentan una incidencia ligeramente superior. También se estudian posibles factores ambientales, aunque no hay ninguno claramente demostrado. A pesar de todo ello, sí es cierto que la incidencia parece aumentar. Quizás también porque ahora se diagnostica más y de forma más precoz, lo que finalmente permite un mejor manejo de la enfermedad.
—Por lo general, ¿a qué edad suele ser más común este tipo de cáncer?
—Hay dos picos de incidencia a lo largo de la vida del varón. El primero se sitúa entre los 15 y los 35 años, aproximadamente hasta los 40. En ese grupo de edad, es el tumor más frecuente en varones, lo cual es especialmente relevante. El segundo pico aparece en edades más avanzadas, en torno a los 55 o 60 años, aunque con una incidencia menor.
—Se habla de que llevar el móvil en el bolsillo, la ropa ajustada o el calor pueden influir en el desarrollo de cáncer de testículo, pero ¿esto es realmente cierto o se trata de un mito?
—Como te comentaba antes, no está demostrado científicamente que estos factores influyan en el desarrollo del cáncer de testículo. Al menos, a día de hoy, no existe evidencia sólida que los relacione de forma causal. Los factores de riesgo conocidos tampoco son especialmente claros, salvo algunos bien establecidos, como la criptorquidia —los testículos no descendidos—, los factores genéticos o algunas alteraciones cromosómicas, como el síndrome de Klinefelter. También se han estudiado posibles factores ambientales o tóxicos, pero sin conclusiones definitivas.
—¿Cuáles son los primeros síntomas o señales de alerta del cáncer testicular?
—Lo más frecuente es que el paciente, el varón en este caso joven, se note de casualidad un bulto en un testículo. Suele ser un bulto indoloro. En otros casos, se detecta también de forma casual, tras un golpe o un traumatismo. Por ejemplo, he visto pacientes que, después de recibir un pelotazo en un partido de fútbol, tienen dolor en el testículo y, al explorarse, descubren un bulto. Inicialmente lo atribuyen al golpe, cuando en realidad el hallazgo ya estaba presente y simplemente se ha detectado en ese momento. Existe una tercera situación, menos frecuente pero más compleja, en la que el diagnóstico se produce a partir de síntomas de enfermedad avanzada. Por ejemplo, un paciente joven que consulta por una pérdida brusca de la eyaculación. Mantiene relaciones sexuales, pero no eyacula. A ello pueden añadirse dolores lumbares inespecíficos. En estos casos, la sintomatología suele deberse a la afectación de ganglios linfáticos, es decir, adenopatías, situados en el retroperitoneo, cerca de la aorta. El crecimiento de estos ganglios puede afectar a estructuras nerviosas de la zona, lo que explica tanto la alteración de la eyaculación como el dolor lumbar o la sensación de pesadez.
—La autoexploración resulta clave. ¿Cómo se debe hacer correctamente y cada cuánto tiempo?
—La mejor forma de explorarse suele ser durante la ducha, con agua caliente, porque la piel de la bolsa escrotal tiene un músculo llamado cremáster, que con el calor se relaja y se contrae, de manera que los testículos quedan más accesibles, descienden y pueden explorarse mejor. Se recomienda hacerlo de forma periódica, aunque no es necesario revisarlos a diario. Basta con hacerlo ocasionalmente, por ejemplo una vez al mes o cada tres meses. Si uno conoce bien sus testículos, puede detectar cambios, que es lo realmente importante desde el punto de vista del diagnóstico precoz y lo que permite consultar a tiempo y mejorar el pronóstico
—Las mujeres suelen acudir al ginecólogo una vez al año para revisiones preventivas. En los hombres, en relación con el cáncer de testículo, ¿se recomienda también una revisión urológica periódica aunque no haya síntomas o basta con acudir en caso de notar algún cambio?
—En general, no es necesario acudir al urólogo de forma rutinaria únicamente para la revisión del testículo, ya que en ese contexto no suele aportar un beneficio relevante. Lo recomendable es consultar cuando el paciente nota algún cambio, como la aparición de un bulto, endurecimiento, molestias o cualquier otra sospecha tras la autoexploración. En esos casos sí es importante acudir, ya que la valoración es sencilla y, mediante una exploración clínica y una ecografía escrotal, el diagnóstico puede realizarse de forma rápida en caso de que exista un tumor.
—Una vez diagnosticado, ¿qué opciones de tratamiento existen?
—El tratamiento habitual consiste en la extirpación del testículo. A diferencia de otros tumores, en este caso sí es imprescindible retirar el órgano afectado. La intervención se realiza por vía inguinal, lo que permite obtener información precisa sobre el tipo de tumor y evita la diseminación local. Además, en los casos en los que sea necesario administrar quimioterapia en estadios avanzados, la respuesta del testículo a este tratamiento es muy limitada, por lo que su extirpación es el paso inicial sistemático. Se trata de una cirugía sencilla y rápida, que incluso puede realizarse de forma ambulatoria y bajo anestesia. En muchos casos, por motivos estéticos, se coloca posteriormente una prótesis testicular. Una vez extirpado el testículo, si el tumor está localizado y corresponde a un estadio I —especialmente en el caso de un seminoma, que es el tipo menos agresivo—, en la mayoría de los casos no es necesario un tratamiento adicional, sino únicamente seguimiento y vigilancia. En algunos pacientes, dependiendo de las características del tumor, puede administrarse una quimioterapia adyuvante con uno o dos ciclos de carboplatino, con el objetivo de reducir el riesgo de recaída. En estadios más avanzados, con presencia de metástasis, el abordaje es multidisciplinar, con participación de oncología médica. En estos casos, lo habitual es la administración de quimioterapia y, en algunas situaciones, radioterapia. Aun así, el pronóstico es muy favorable, con tasas de curación que rondan el 95% a los cinco años
—¿Estos tratamientos pueden afectar a la fertilidad o la vida sexual del paciente?
—En general, ni por la cirugía ni por la quimioterapia, la vida sexual no se ve afectada en cuanto a la erección o las relaciones sexuales. Sin embargo, sí puede verse comprometida la fertilidad. En estos casos, los oncólogos lo abordan de manera sistemática con el paciente antes de iniciar el tratamiento. Lo habitual es realizar una recogida de semen previa a la quimioterapia, que posteriormente se congela y se preserva. Esto permite, en el futuro, recurrir a técnicas de reproducción asistida —como la fecundación in vitro o la inseminación artificial—, con el objetivo de minimizar el riesgo de que la quimioterapia afecte a la capacidad reproductiva del testículo sano que permanece.
—Teniendo en cuenta que es uno de los cánceres con las tasas más altas de supervivencia, ¿cree que el día de mañana se podrá llegar a erradicar?
—No, erradicarlo no es posible, porque en este caso no se puede realizar una prevención primaria como en otros tumores, en los que sí es posible evitar factores de riesgo. Aquí no se conocen con claridad los factores implicados, por lo que no podemos actuar sobre su causa. Lo que sí se puede hacer es prevención secundaria, es decir, diagnóstico precoz. Pero, aunque no se puede erradicar, los tratamientos son muy eficaces en este sentido. Cuando hablamos de tasas de curación en torno al 95% a cinco años, estamos ante cifras muy elevadas. En ese contexto, los tratamientos son muy efectivos y con muy buenos resultados.
—¿Qué consejo daría sobre salud testicular?
—Como recomendación, lo que siempre transmitimos en las charlas que realizamos con Movember —el movimiento mundial anual celebrado en noviembre donde los hombres se dejan crecer el bigote para concientizar sobre temas graves de salud masculina— desde hace muchos años es la importancia de la autoexploración. Es fundamental que el varón joven, en ese rango de edad entre los 15 y los 35 años, se explore los testículos de forma periódica, que los conozca bien y que sepa identificar cualquier cambio o alteración que pueda sugerir la presencia de un tumor. En caso de detectar algo sospechoso, debe consultar de forma rápida, ya que se trata de tumores germinales que pueden crecer con mucha rapidez. De hecho, en el ámbito hospitalario, en muchas ocasiones, cuando se diagnostica un tumor testicular, se procede a una cirugía prácticamente urgente, realizándola de forma inmediata, debido a la velocidad de crecimiento de estas células. Por tanto, lo más importante es la autoexploración y, ante cualquier hallazgo anómalo, la consulta precoz al urólogo para realizar una ecografía, determinación de marcadores tumorales y una exploración adecuada.