Ignacio F. Mata, el asturiano que investiga nueva vías para frenar el Párkinson: «Artículos científicos describen el crecimiento de los casos como una pandemia mundial»
ASTURIAS
El biólogo ovetense trabaja junto a su equipo para desarrollar nuevas vías para la detección temprana de la enfermedad, así como el desarrollo de nuevos tratamientos
13 may 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El biólogo asturiano Ignacio Fernández Mata centra sus investigaciones en el estudio de la enfermedad neurodegenerativa de Párkinson. Junto a su equipo, el investigador ovetense, asentado en Estados Unidos, trabaja en el desarrollo de nuevas vías para la detección temprana, así como en la investigación de posibles tratamientos que permitan frenar la progresión de la enfermedad. A lo largo de su trayectoria, ha centrado su labor en la investigación genética y en la búsqueda de biomarcadores que ayuden a comprender mejor el origen y la evolución de esta patología. En esta entrevista para La Voz de Asturias, aborda los principales avances científicos, los retos actuales y el impacto que esta enfermedad tiene en la sociedad.
—¿Cuáles son los primeros síntomas del párkinson? ¿Cómo se detecta esta enfermedad?
—Lo que falla en el cerebro de las personas con párkinson es la reposición de la dopamina. Para el diagnóstico clínico, no hay un análisis de sangre ni una prueba específica que se pueda realizar. Básicamente, mucha gente llega con problemas de temblor, que es lo que más reconoce la gente, pero también puede acudir por dolores musculares debidos a la rigidez, problemas de inestabilidad en la marcha o desequilibrios. Van al médico, y este no encuentra nada a nivel muscular y los deriva al neurólogo. Normalmente, la enfermedad aparece en una parte del cuerpo, en la izquierda o en la derecha, y generalmente en el miembro superior, aunque también puede aparecer en el inferior. Además del temblor, cuando se hace la prueba del finger tapping —golpear las yemas de los dedos— se aprecia una lentitud mucho mayor en el lado afectado. Son ese tipo de pruebas las que permiten diagnosticar la enfermedad. Muchos de estos síntomas no son específicos del Parkinson, así que durante el primer año siempre existe cierta duda: puede ser simplemente un temblor esencial, puede ser Parkinson o puede ser otro parkinsonismo. Si el paciente tiene los síntomas y responde a la medicación, entre el primer año y el año y medio es cuando se establece un diagnóstico más probable. Una vez realizado el diagnóstico, se administra la medicación y se observa si funciona o no.
—¿Existe algún perfil de personas al que afecte más esta enfermedad?
—La media de edad ronda los 60 años, pero he visto pacientes de 12 años y también de 90, por lo que el rango es muy amplio. Cada vez hay más pacientes de inicio temprano, antes de los 50 años. Dependiendo de la población, suele afectar ligeramente más a hombres que a mujeres, aunque la diferencia no es muy grande, aproximadamente 1,3 veces más. También se cree que afecta más a la población europea que a la asiática o africana, aunque este tema aún está en debate, ya que existen muchas diferencias en los diagnósticos y en el acceso a neurólogos especializados. Por ejemplo, en África parece haber muy pocos pacientes, pero probablemente haya muchas personas que viven con esta enfermedad sin estar diagnosticadas.
—¿Se podría decir que hay cada vez más gente con párkinson? ¿A qué se debe?
—La explicación más sencilla es que vivimos más años y, por tanto, más personas alcanzan la edad en la que se desarrollan enfermedades neurodegenerativas como el párkinson o el alzhéimer. Además, hoy en día se diagnostica mucho mejor la enfermedad que hace 20 o 30 años y existe un mayor acceso a neurólogos especializados. Todo esto influye. Sin embargo, el aumento que observamos es probablemente más acusado de lo que podrían explicar únicamente estos dos factores. Se plantea que pueden existir factores ambientales implicados, como el sedentarismo y el estilo de vida cada vez más pasivo, el consumo creciente de alimentos ultraprocesados, la contaminación atmosférica e incluso factores relacionados con el entorno digital. Además, cada vez se fuma menos, y el tabaco parece tener un efecto protector, aunque esto tampoco está completamente explicado. Todos estos elementos podrían influir, aunque científicamente todavía no está del todo demostrado.
—En relación con esto, ¿hay factores que puedan suponer un detonante para la aparición de la enfermedad?
—El envejecimiento es el principal factor de riesgo. A medida que envejecemos, las neuronas van desapareciendo y, como las neuronas dopaminérgicas son un grupo relativamente pequeño, cuando la pérdida es suficientemente importante es cuando comienzan a aparecer los primeros síntomas del párkinson. Si todos viviéramos lo suficiente, probablemente muchas personas desarrollarían párkinson o alzhéimer.
—¿Cómo afecta la enfermedad de Parkinson a la vida diaria de una persona que padece esta enfermedad?
—Dependiendo de dónde vivas, todavía existen ciertos estigmas, incluso en países desarrollados como Estados Unidos o España. Esto conlleva una carga social bastante importante. Muchas personas aún no reconocen esta enfermedad y, cuando ven a un paciente, pueden pensar que tiene problemas mentales o que está bajo los efectos del alcohol. Muchos de los síntomas se controlan bien durante los primeros cinco o diez años; es lo que llamamos la ‘luna de miel’, en la que los tratamientos sintomáticos tienen un papel fundamental para mejorar los síntomas y permitir que la persona pueda vivir relativamente bien. Sin embargo, hay que tener en cuenta que se trata de una enfermedad progresiva para la que no existe cura. Con el paso de los años, la medicación puede empezar a perder eficacia y los síntomas pueden volverse bastante incapacitantes, dificultando la vida normal, sobre todo en los periodos off, cuando la medicación no está funcionando correctamente. En ese momento, los pacientes empiezan a depender más de sus familiares; puede que ya no puedan conducir y, a medida que la enfermedad avanza, aparecen más dificultades que en muchos casos requieren ingreso en centros especializados para recibir los cuidados necesarios. Además, después de esos cinco o diez años pueden comenzar a aparecer problemas cognitivos, y ese proceso que cada vez va a peor.
—¿Qué tratamientos se aplican actualmente? ¿Cuáles son las nuevas líneas de investigación que se están llevando para tratar el párkinson?
—Como te comentaba antes, lo que falla en el cerebro de las personas con párkinson es la reposición de la dopamina. En los primeros años, lo más utilizado actualmente son medicamentos como la levodopa. Cuando la medicación empieza a fallar, hay terapias quirúrgicas como la estimulación cerebral profunda e incluso algunas más nuevas con ultrasonidos. Pero ninguna de ellas frena la progresión, simplemente tratan los síntomas. De hecho, muchas de ellas tratan solo parte de los síntomas, como el temblor o la rigidez, pero pueden empeorar otros aspectos, como los problemas cognitivos. La idea principal es que haya nuevas terapias personalizadas. En mi caso, como biólogo, me dedico a la investigación genética y nuestra idea es intentar encontrar terapias que no solo traten los síntomas, sino que frenen la progresión de la enfermedad. Todo ello viene a colación de conocer cuáles pueden ser las causas biológicas de la enfermedad. Nos centramos en intentar reconocer qué le está pasando al paciente, qué tenemos delante, no solo porque esté diagnosticado con Parkinson, sino también ver qué tipo de Parkinson tiene, como ocurre con el cáncer. En el cáncer, dependiendo de la mutación genética que tengas, tu cáncer es de un tipo u otro y se aplican tratamientos diferentes. Eso mismo es lo que queremos hacer con el Parkinson. Entre la genética y lo que estamos investigando sobre la interacción con el ambiente, estamos intentando encontrar nuevas dianas. En la actualidad, hay varios ensayos clínicos que se están llevando a cabo, sobre todo en personas que tienen mutaciones en ciertos genes. Hay tres genes en los que entre el 1 % y el 5 % de la población con Parkinson tiene una mutación; en biología intentamos desarrollar terapias que ayuden a corregir esas vías biológicas que están dañadas. Pero, a día de hoy, no hay nada aprobado para tratamiento; la mayoría está en fase dos.
—A través de estos análisis biológicos, ¿se podría detectar la enfermedad antes de que apareciesen los primeros síntomas?
—Es algo que no se contempla a día de hoy. Lógicamente, esa es otra de las metas que tenemos: poder identificar a las personas que tengan un riesgo más elevado que la población general, para intentar empezar estas terapias lo antes posible. Cuando la persona empieza a quejarse de sus síntomas y va al médico, el 80 % de las neuronas que producen dopamina ya están eliminadas, y es muy difícil compensar toda esa pérdida. Cuanto antes lo identifiquemos, antes podemos tratarlo. Con estas pruebas genéticas, lo que se pretende es encontrar biomarcadores, cambios que ocurren en la sangre que nos ayuden a detectar qué individuos están progresando hacia la enfermedad, aunque aún no tengan síntomas o estos no sean evidentes para el ojo del médico.
—¿Qué aspectos son fundamentales para el desarrollo de estas líneas de investigación?
—Todo lo que hacemos es gracias a los pacientes y a sus familiares. Muchas esposas o esposos de pacientes con Parkinson participan también en la investigación como controles sanos. La única forma de que podamos llegar a una cura es que la gente participe en la investigación. Entiendo la importancia de la investigación, tanto por parte de los pacientes, que muchas veces no son difíciles de convencer porque comprenden que es importante para encontrar la cura, como por parte de los gobiernos. El dinero es importante para la investigación, sobre todo en enfermedades neurológicas que están creciendo rápidamente y que tienen una carga económica muy grande para los sistemas de salud. La investigación ayudaría a frenar lo que ya se está considerando como una pandemia. Hay varios artículos científicos que describen el crecimiento de los casos de Parkinson como una pandemia mundial. Se cree que en los próximos 25 años el número de casos podría llegar a triplicarse. Hace falta mucha investigación para poder abordarlo.