Carolina Samalea, enfermera asturiana: «Esta profesión me ha enseñado a no juzgar a las personas»
ASTURIAS
La sanitaria oncológica del HUCA acaba de publicar «Enfermera en evolución», un libro en el que plasma su experiencia profesional y todo lo que aprendió mientras cuidaba a los más vulnerables
06 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Carolina Samalea Molina (Infiesto, 1978) es enfermera por vocación. Siempre sintió un profundo deseo por cuidar, ayudar y acompañar a las personas en los momentos de más necesidad. Para esta sanitaria de la unidad de oncología del HUCA la calidez humana es lo primero, así lo demuestra en cada paciente al que atiende y en cada gesto que dedica a quienes atraviesan situaciones difíciles. Considera también fundamental visibilizar la labor de la profesión, por lo que desde hace casi una década centra buena parte de sus esfuerzos en dar a conocer el trabajo que desempeña el personal de enfermería, que con frecuencia pasa desapercibido para la sociedad. Conocida en redes sociales como @enfermera_en_evolución, donde divulga contenido sobre salud, la asturiana acaba de publicar un libro con ese mismo nombre, en el que plasma sus 25 años de experiencia dedicados al cuidado de los demás.
—¿Qué le impulsó a escribir este libro?
—Desde hace tiempo tenía como reto personal escribir un libro, ser capaz de iniciarlo y terminarlo, y también publicarlo. Sin embargo, más allá de ese desafío, necesitaba disponer de un espacio más amplio para expresarme, un lugar donde comunicar con libertad, sin las limitaciones de los formatos breves de las redes sociales, tan condicionados por el tiempo, el algoritmo y otros factores. Quería contar con un espacio propio, sin influencias externas, donde pudiera dar compartir todas las experiencias, vivencias y aprendizajes que el cuidado de las personas me ha aportado durante estos 25 años que llevo trabajando. El hilo conductor de la obra es precisamente ese proceso de crecimiento personal vinculado al acto de cuidar y a todas las personas que he ido conociendo a lo largo de mi trayectoria. Aunque mi historia es, en realidad, una historia muy común entre las enfermeras, he querido narrarla desde una perspectiva personal. En el libro recorro las distintas etapas de mi vida: desde la infancia y las razones que me llevaron a estudiar Enfermería, pasando por los años de universidad, hasta llegar al momento actual. Son 25 años de experiencias, cambios y aprendizajes en diferentes hospitales, ciudades, pueblos y servicios. Además, el libro pone el foco en la importancia de encontrar un propósito vital. Aunque sé que puede conectar especialmente con profesionales de la enfermería, creo que es una obra capaz de inspirar a cualquier persona, porque anima a buscar la razón de vivir de cada uno, la forma en la que queremos trascender en nuestra vida y en la que queremos ser recordados.
—Publicar el libro debió de ser una gran satisfacción personal. Pero, ¿realmente esperaba que iba a tener tan buena acogida, que iba a ser uno de los más vendidos?
—No, la verdad es que no. Curiosamente, el proceso de escritura fue la parte más fácil. Lo más complicado fue la publicación, porque el mundo editorial era completamente ajeno para mí. Me encontré con muchas dificultades y, después de llamar a muchas puertas y dar muchas vueltas, decidí optar por la autopublicación. Por eso, no esperaba la acogida que ha tenido el libro. Y no me refiero tanto a las cifras de venta, porque sinceramente no tenía ni idea de cuáles podían ser ni había generado expectativas en ese sentido. Lo que realmente me ha sorprendido ha sido la respuesta de los lectores. Los mensajes que me están llegando de las personas que lo han leído son muy emocionantes. Recibir tantas palabras de cariño, reconocimiento y agradecimiento es algo que me conmueve profundamente e incluso, en algunos momentos, me resulta abrumador, porque una no está acostumbrada a recibir tanto afecto de golpe.
—Haciendo referencia al título del libro, ¿cómo ha evolucionado como enfermera?
—A través de mis pacientes, del cuidado que les he prestado durante todos estos años y, sobre todo, a través de la observación. Creo que la observación es algo fundamental. Recuerdo que cuando tenía 18 años y estaba planteándome qué quería hacer con mi vida, alguien me preguntó por qué quería ser enfermera. Mi respuesta fue muy sencilla: porque me gustaban las personas y me interesaban. Y eso sigue siendo exactamente igual hoy. Me siguen interesando muchísimo las personas y me gusta observarlas. Hay que tener en cuenta que trabajo con personas que, en muchas ocasiones, están viviendo algunos de los momentos más difíciles de sus vidas y esto te aporta un aprendizaje muy valioso que inevitablemente trasladas también a tu vida personal. Ver a personas en sus últimos días de vida, por ejemplo, te enseña a valorar mucho más el tiempo, a relativizar determinados problemas y a reflexionar sobre lo verdaderamente importante. Por eso hablo de mirar el mundo con ojos de enfermera, porque creo que quienes trabajamos cuidando a personas enfermas desarrollamos una manera particular de entender la vida y de relacionarnos con ella. En cuanto a mi evolución profesional, creo que me he convertido en una persona mucho más tranquila y segura. Al principio trabajas con mucho miedo e inseguridad. Además, las condiciones laborales de los primeros años suelen ser complejas y eso también influye en la confianza con la que afrontas el trabajo. Con el paso del tiempo, la experiencia te aporta serenidad y seguridad, tanto a la hora de relacionarte con las personas como a la hora de tomar decisiones y asumir responsabilidades.
—¿Cuál diría que es el mayor aprendizaje que ha teniendo en todos estos años de profesión?
—Más que decir la típica frase de que trabajar con personas enfermas me enseñó a valorar la vida, que creo que es algo que todo el mundo puede dar por supuesto, diría que la gran lección que me ha dado esta profesión ha sido aprender a no juzgar a las personas. El hecho de estar en contacto con una enorme diversidad de personas y de ver cómo cada una afronta la enfermedad, el sufrimiento o las dificultades de una manera distinta me ha enseñado a comprender que no existe una única forma correcta de actuar. Esa experiencia me ha ayudado a aceptar a las personas tal y como son, tanto en mi vida profesional como en la personal. Y precisamente creo que esa es una de las partes más difíciles de la enfermería: no juzgar a los pacientes ni a sus familiares cuando toman decisiones diferentes a las que nosotros tomaríamos, cuando no siguen los consejos que les damos o cuando afrontan una enfermedad o un ingreso hospitalario de una manera que no entendemos del todo.
«A veces la falta de empatía es una manera que tienen los profesionales de protegerse»
—Buena parte de los pacientes echa en falta esa empatía por parte del personal sanitario...
—Entiendo que las personas que han pasado por procesos de enfermedad o por situaciones de salud complicadas tiendan, en ocasiones, a destacar más los aspectos negativos que los positivos. Es algo muy humano el quedarse con lo malo. Aun así, creo que en Asturias contamos con una sanidad de gran calidad y con profesionales muy válidos y comprometidos. Eso no significa que no puedan producirse situaciones desagradables o errores, porque ocurren en todos los ámbitos. La diferencia es que cuando quienes trabajamos en el ámbito sanitario nos equivocamos, las consecuencias pueden ser muy catastróficas para la persona que tenemos delante, que además suele encontrarse en una situación de especial vulnerabilidad. También es cierto que la sociedad actual es muy diferente a la de hace 20 años. Hoy nos encontramos con una población más exigente, que demanda una comunicación más eficaz y cercana por parte de los profesionales sanitarios. Y ahí creo que existe uno de los grandes retos del sistema sanitario. Vivimos en una sociedad acostumbrada a la individualización. Los algoritmos nos ofrecen contenidos adaptados a nuestros gustos, nuestras necesidades y nuestras preferencias. Esa expectativa de personalización también se traslada a la atención sanitaria. Sin embargo, el sistema está tradicionalmente diseñado para trabajar mediante protocolos, por lo que a veces le cuesta responder a esa demanda creciente de individualizar el trato y reforzar las habilidades de comunicación. Por otro lado, la pandemia dejó una huella importante en el sistema sanitario y en sus profesionales. Se vivieron situaciones de enorme tensión y desgaste. Muchos trabajadores afrontaron circunstancias muy difíciles y, en algunos casos, tuvieron la sensación de que las autoridades no les estaban cuidando del mismo modo que ellos cuidaban a los demás y eso es algo influye inevitablemente en la forma en que se presta la atención. Precisamente por eso, en el libro no quería ni romantizar la profesión ni caer en una crítica constante. Quería situarme en un punto intermedio, ofreciendo una visión personal y honesta, sin extremos. Creo que si tú estás en el lugar que quieres estar y ejerces la profesión en base a tu propósito de vida, va a ser más difícil llegar a ese extremo de hacer las cosas con falta de empatía o de humanidad. Pero, es verdad, que a veces la falta de empatía es una manera que tienen los profesionales de protegerse.
—Después de 25 años de profesión, imagino que ha vivido situaciones de todo tipo. ¿Cuál ha sido la experiencia más dura a la que ha tenido que enfrentarse como enfermera?
—La etapa del COVID fue especialmente dura para quienes trabajábamos en el ámbito sanitario y, en mi caso, dentro del hospital. Fue una situación extremadamente traumática y muy difícil de gestionar, porque por primera vez sentimos que nuestra propia integridad física estaba en riesgo, así como la de nuestras familias. Recuerdo especialmente el miedo. El miedo a contagiarme, el miedo a llevar el virus a casa cuando todavía se sabía tan poco sobre él, y el miedo de tener que seguir trabajando en esas circunstancias. Es una sensación que nunca antes había experimentado en mi vida profesional. Es cierto que en el día a día de la profesión también hay jornadas complicadas pero, en realidad, aquellos fueron meses, e incluso años, muy duros.
—¿Y la vivencia más gratificante que le ha regalado su profesión?
—Ahí, serían infinitas. Si tuviera que destacar una experiencia sería una que ocurrió casi durante la pandemia, cuando una paciente oncológica me invitó a su boda. Tuvimos la oportunidad de acompañarla en ese día tan especial, sabiendo que tenía un pronóstico de vida muy complicado y que ella misma estaba decidiendo cómo quería afrontar el final de su vida. Fue una experiencia muy enriquecedora y muy satisfactoria.
Se trató de una relación profesional que, normalmente, los sanitarios intentamos que no trascienda al ámbito personal por una cuestión de salud mental. Sin embargo, en este caso sí trascendió, y fue algo muy enriquecedor. No me arrepiento en absoluto de que ocurriera así. Pudimos acompañarla en su boda y, meses más tarde, falleció. Pero nos dejó una gran enseñanza: que hay que celebrarlo todo y que siempre hay motivos para hacer una fiesta y compartir la vida.
«La mochila que carga cualquier persona que trabaja con pacientes está llena de sufrimiento»
—¿Cómo hace para que no le afecte personalmente la situación de los pacientes?
—Aprendes con el paso del tiempo y lo haces también por necesidad, porque sabes que si no separas, lo pasas mal..La mochila que carga cualquier persona que trabaja con pacientes está llena de sufrimiento. En mi caso, que trabajo en oncología, esa mochila está especialmente cargada, porque nuestras herramientas de trabajo, como siempre digo, son la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Trabajamos continuamente con personas que tienen diagnósticos y pronósticos de vida complicados. Al principio cuesta más. Somos más proclives a sufrir el síndrome del desgaste profesional o síndrome del quemado, precisamente por esa sensación de malestar continuo al enfrentarnos a situaciones tan duras y difíciles. En mi caso personal, aprendí a gestionarlo a través de la terapia psicológica, que me ayudó mucho en un momento en el que sentí que me estaba viendo desbordada. También a través de la formación. De hecho, actualmente imparto formación sobre herramientas de comunicación con pacientes al final de la vida, porque considero que es algo necesario. La formación es muy importante porque, cuando no reaccionas adecuadamente ante estas situaciones, pueden ocurrir dos cosas, y ambas son negativas. Por un lado, puedes empezar a protegerte tanto que acabes actuando con cierto cinismo o deshumanización hacia los pacientes. Por otro, puedes desarrollar lo que se conoce como fatiga por compasión, que surge cuando el estrés mantenido en el tiempo acaba afectándote profundamente. Ese desgaste termina trasladándose también a tu vida personal y puede derivar en una depresión o en un malestar emocional que muchas veces no entiendes de dónde viene, cuando en realidad está relacionado con todo lo que llevas acumulado. Las dos situaciones son perjudiciales. Por eso creo que es tan importante la formación, el apoyo emocional y la concienciación de todas las personas que trabajan con enfermos.
—Volviendo a su faceta de divulgadora, ¿cuál es el mayor reto al que hace frente a la hora de divulgar información sanitaria hoy en día?
—El mayor reto sería poder llegar a la población general más que a los propios profesionales sanitarios. Muchas veces, los mensajes procedentes de personas ajenas al ámbito sanitario calan muchísimo más que nuestros mensajes. Por eso, me gustaría que, al menos, tengan el mismo impacto. A veces percibo cierta desafección hacia todo lo que viene del ámbito sanitario y eso me preocupa porque en algunas redes sociales se dicen auténticas barbaridades que calan de una manera...
«Nos hemos acostumbrado a silenciar las emociones a través de la farmacología»
—¿Qué mitos en torno al cuidado de la salud le gustaría desmentir?
—Para empezar, está el tema de las vacunas. Actualmente sigue habiendo personas que defienden mensajes como que no hay que vacunarse o que no hay que vacunar a los niños porque las vacunas provocan autismo. Y eso es un mito que ya ha sido desmentido en numerosas ocasiones, pero que sigue circulando y teniendo impacto. Luego hay otros mitos que me hacen mucha gracia porque son prácticamente imposibles de desterrar. Por ejemplo, la creencia de que hay que tomar Aquarius cuando se tiene una gastroenteritis. Es algo que está tan arraigado que ni siquiera en mi propia familia consigo que me hagan caso. Ahora mismo también me preocupa especialmente el tema del vapeo entre los jóvenes. Existe la falsa percepción de que vapear es inocuo y creo que ahí se nos viene un problema importante. No, el vapeo no es inocuo. Cualquier sustancia extraña que introduzcamos en nuestro organismo, aunque sea en forma de vapor y tenga sabor a tutti frutti, puede tener consecuencias para la salud. Que no contenga tabaco no significa que esté exento de riesgos, y ya estamos viendo efectos negativos a nivel respiratorio. Y como estos ejemplos, podríamos encontrar muchos más.
—¿Algún consejo sobre salud?
—A mí hay un tema que me preocupa mucho, y es que vivimos en una sociedad que medicaliza los problemas de la vida diaria. Estamos en una época en la que el consumo de ansiolíticos y antidepresivos es muy elevado. En España, de hecho, somos uno de los países europeos con mayor consumo de este tipo de medicamentos. Da la sensación de que cada vez tenemos menos capacidad para aceptar las frustraciones y los problemas inherentes a la vida, y quizá eso se observa aún más entre los jóvenes. Se produce una ruptura sentimental y enseguida pensamos que tenemos una depresión y que necesitamos tomar algo. Nos hemos acostumbrado a silenciar las emociones a través de la farmacología cuando, en realidad, las emociones también forman parte de la experiencia humana. por supuesto, cuando la medicación es necesaria, hay que utilizarla y apoyarse en ella siempre bajo supervisión médica. No estoy cuestionando eso. Pero sí creo que vivimos en una sociedad cada vez más dependiente del sistema sanitario y de los tratamientos farmacológicos. Además, muchas veces las personas no toman conciencia de la importancia del autocuidado, de conocer su propio cuerpo, sus reacciones, sus emociones y sus límites. Creo que necesitamos recuperar esa responsabilidad individual sobre nuestra salud y nuestro bienestar. Y esto es especialmente importante en el contexto que se nos viene. Vamos a afrontar cada vez más dificultades de acceso a la sanidad, porque el sistema sanitario se está colapsando. Las personas cada vez exigen más y el sistema no va a poder responder a todas esas demandas, que además a veces son innecesarias. Muchas veces se hace un uso inadecuado de determinados recursos, como las urgencias. Es verdad que, en ocasiones, ese uso está motivado por las dificultades de acceso a la atención primaria, que atraviesa una situación complicada. Por eso creo que, además de reforzar el sistema sanitario, también deberíamos dedicar más esfuerzos a educar en autocuidado y en salud.
—Ahora que ha cumplido el objetivo de escribir y publicar un libro, ¿qué retos se plantea?
—De momento, me apetece vivir plenamente esta experiencia y disfrutar de todo lo que está suponiendo la presentación del libro. Todas las oportunidades y experiencias que están surgiendo son, para mí, algo completamente diferente a lo que es mi vida habitual y quiero aprovecharlas.