Con el fin de las clases, la conciliación vuelve a convertirse en un desafío para numerosas familias asturianas durante el periodo estival, especialmente para aquellas que carecen de red de apoyo y tienen recursos limitados
20 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Muchas familias asturianas afrontarán esta última semana de curso con el dilema y la preocupación que conlleva el cierre de los colegios: cómo atender a los menores durante los 80 días que duran las vacaciones de verano mientras madres y padres deben continúan con sus jornadas laborales. Se enfrentan, por tanto, al reto de encontrar quién cuide de sus hijos y, si bien en ocasiones hay redes familiares de apoyo, hay muchos casos en los que no es así, una situación que no es nueva, pero que vuelve a ponerse sobre la mesa tras la publicación de un informe de la Fundación Educo que estima que alrededor de 120.000 menores en España pasarán parte del verano solos en casa debido a las dificultades para conciliar la vida laboral y familiar.
Detrás de esta realidad se esconden circunstancias muy diversas. Como se decía anteriormente, hay familias que no cuentan con el apoyo de abuelos, tíos u otros allegados; otras no pueden asumir el coste de campamentos privados durante varias semanas; y también están aquellas familias que, aun optando a actividades organizadas por los ayuntamientos, se encuentran con que las plazas disponibles no cubren toda la demanda existente ni todo el periodo vacacional. En este sentido, cierto es que, en Asturias, buena parte de los municipios impulsan campamentos urbanos y programas estivales dirigidos a la infancia. Sin embargo, la oferta no siempre responde a las necesidades reales de las familias. En algunos casos, las actividades se organizan por quincenas para permitir que participen más menores, lo que obliga a muchas familias a buscar alternativas durante los periodos en los que sus hijos se quedan sin plaza. Además, la mayoría de estas iniciativas se desarrollan únicamente en horario de mañana, una circunstancia que dificulta la conciliación de quienes trabajan en turnos de tarde o con horarios partidos.
Verónica Argüelles, trabajadora social y referente del Colegio Oficial de Trabajo Social de Asturias en trabajo social clínico, intervención familiar e infancia, señala que la problemática va más allá de la mera supervisión de los menores. La misma explica que «la cuestión no es solamente quién cuida de los niños mientras sus padres y madres trabajan. La cuestión es qué necesitan para crecer de forma saludable durante un periodo que puede superar los dos meses de vacaciones escolares». Así, la especialista advierte de que las vacaciones pueden convertirse en un factor que amplifique las desigualdades entre los menores, ya que mientras algunos participan en actividades deportivas, culturales o de ocio compartido, otros pasan gran parte del verano en casa y con menos oportunidades de socialización.
«Los niños y niñas no solo necesitan que sus necesidades básicas estén cubiertas. También necesitan jugar, explorar, relacionarse con otros niños, sentirse acompañados, contar con personas adultas de referencia y, sobre todo, sentirse parte de algo», afirma Argüelles, que añade que, a su juicio, los campamentos y colonias urbanas tienen un valor que trasciende la conciliación familiar porque favorecen la creación de vínculos, el desarrollo de habilidades sociales y el sentimiento de pertenencia a un grupo.
La trabajadora social también pone el foco en otro aspecto que suele pasar desapercibido: la alimentación. Y es que cuando termina el curso escolar desaparecen algunos de los recursos que actúan como factores de protección para la infancia, entre ellos el comedor escolar. Un indicador clave del riesgo de pobreza y exclusión que recoge la Encuesta de Condiciones de Vida 2025 (ECV) del Instituto Nacional de Estadística (INE) es la posibilidad que tienen los niños y niñas de comer carne, pollo, pescado o proteína vegetal cada dos días. En España, el 5,6% de los menores de 18 años no pueden hacerlo, en Asturias, ese porcentaje se eleva hasta el 6,9%.
Por ello, considera fundamental que las actividades de verano incorporen, cuando sea necesario, servicio de comedor: «garantizar una alimentación adecuada durante el periodo estival forma parte también del cuidado y la protección de la infancia», sostiene la misma, que añade que a la dificultad económica que supone contratar actividades privadas se suma, en muchos casos, el incremento de gastos asociados a la manutención de los menores durante toda la jornada, especialmente en hogares con recursos limitados.
La madurez, clave para dejarlos solos
Pero, ¿a partir de qué edad se puede dejar a los menores solos en casa? Tatiana Fernández, psicóloga experta en infancia y adolescencia, explica que no existe una edad exacta a partir de la cual un niño pueda quedarse solo en casa, ya que la madurez y la autonomía varían enormemente de unos casos a otros. «La edad de referencia podría ser los 11 o 12 años para dejar a los menores solos en casa y que se autogestionen, pero depende del nivel de madurez del menor y también de lo que se hayan trabajado las habilidades de autonomía en el entorno doméstico», matiza.
Otra de las preocupaciones de los profesionales tiene que ver con el uso de las pantallas cuando los menores permanecen solos durante largas horas. La especialista asegura que uno de los problemas más frecuentes que observa en consulta es el abuso de dispositivos electrónicos durante esos periodos de soledad. En este sentido, afirma que «entre las consecuencias que se encuentro por dejar a los menores solos en casa, la principal es el abuso de pantallas». Por ello, considera imprescindible que exista un trabajo previo de educación digital y que las familias establezcan normas claras sobre el uso del teléfono móvil, internet o las redes sociales, además de contar con controles parentales para controlar qué ven y el tiempo de uso.
Tatiana Fernández también llama la atención sobre las situaciones en las que el cuidado de los más pequeños recae en hermanos mayores. En esos casos, explica, el resultado depende tanto de la madurez del adolescente como de la relación existente entre los hermanos, «porque, si no, puede ser el caos», apostilla.
Responsabilidad compartida
Mientras las familias buscan fórmulas para cubrir un verano más, los expertos coinciden en que la respuesta no puede recaer exclusivamente sobre ellas. «Las familias hacen enormes esfuerzos para compatibilizar el trabajo y la crianza en contextos cada vez más complejos», recuerda Argüelles. Por eso defiende que garantizar oportunidades de cuidado, ocio y participación durante las vacaciones escolares debe ser una responsabilidad compartida entre administraciones, recursos comunitarios y sociedad. Y más si se tiene en cuenta que la Encuesta de Condiciones de Vida 2025, que también recoge la Fundación Educo en su dossier, refleja que casi el 37% de los menores de 18 años asturianos no pueden irse al menos una semana de vacaciones al año, un porcentaje tres puntos por encima de la media nacional.
«Quizá la pregunta de fondo no sea cuántos niños pasan algunas horas solos durante el verano. Quizá la pregunta sea qué estamos haciendo como sociedad para que todos los niños y niñas tengan oportunidades de relación, cuidado, pertenencia y bienestar, también cuando termina el curso escolar», concluye Verónica Argüelles, referente del Colegio Oficial de Trabajo Social de Asturias en trabajo social clínico, intervención familiar e infancia.