Miguel Fernández y su vida con alergias alimentarias: «Sé que el temor que siento al comer me va a perseguir siempre»
ASTURIAS
Este joven de Pola de Laviana tiene una extensa lista de alimentos que no puede ni probar porque le provocan reacciones que pueden llegar a poner en jaque su bienestar
08 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.«¿Cuántas alergias tienes en total?». Esa es la pregunta que con más frecuencia le hacen a Miguel Fernández cuando descubren que su organismo reacciona de forma exagerada al ingerir determinadas comidas. Su respuesta es siempre la misma: «No las tengo contabilizadas porque últimamente me ha aparecido alguna nueva. Pero sí sé que son muchísimas», admite este asturiano de 23 años, que es hipersensible a un gran numero de alimentos. El coco, la manzana, el melocotón, el melón, los frutos secos, el marisco, los moluscos, la leche o el huevo figuran entre los productos que no puede consumir. «Llegué también a tener alergia al sol», dice como muestra del complejo cuadro clínico con el que convive desde niño.
Apenas era un bebé cuando este joven de Pola de Laviana comenzó a sufrir las primeras reacciones alérgicas. En aquel momento, «debido a la escasa información» que existía sobre este tipo de patologías, su familia no comprendía por qué, cada vez que comía determinados alimentos, le aparecían manchas por todo el cuerpo, se le irritaban los ojos y, al cabo de unas horas, terminaba vomitando. «De aquella no había apenas investigación. Así que mi madre, desesperada, envió una carta a una universidad de Estados Unidos con la esperanza de que algún médico pudiera decirles lo que me estaba pasando», cuenta.
Para sorpresa de todos, un especialista de la universidad estadounidense se ofreció a desplazarse hasta Asturias para valorar personalmente el caso de Miguel. «Vino hasta aquí y, gracias a sus conocimientos sobre alergias, mis padres empezaron a entender qué si comía determinados alimentos, mi cuerpo iba a reaccionar», asegura. El proceso, sin embargo, fue largo. «Nací con tantas alergias que, más que saber a qué era alérgico, casi había que descubrir qué podía comer», explica. A partir de ahí, y de forma progresiva, la familia fue identificando los productos que provocaban una respuesta inmunitaria y eliminándolos de su dieta.
Desde aquel diagnóstico, cada comida supone un motivo de preocupación para este joven y su familia. Aunque ya conocen buena parte de los alimentos que desencadenan una reacción, son conscientes de que pueden surgir nuevas alergias con el paso del tiempo, por lo que extreman las precauciones en cada bocado y permanecen siempre atentos a cualquier síntoma. «Sé que el temor que siento a la hora de comer me va a perseguir toda la vida porque, en cualquier momento, puede aparecer una alergia. De hecho, no fue hasta hace unos meses cuando mi cuerpo empezó a reaccionar a la manzana, el melocotón y el melón», admite. No obstante, también ha logrado dejar atrás algunas hipersensibilidades como, por ejemplo, a la exposición solar.
Al tener tantas alergias alimentarias, debe tener mucho cuidado con lo que come. Se ve, por tanto, obligado a revisar detenidamente las etiquetas de los productos y a extremar aún más las precauciones cuando come fuera de casa. «Antes de reservar sitio en un restaurante lo que hago es analizar la carta y mirar bien las reseñas en internet para conocer la experiencia de otros comensales con alergia», asegura. Pero, aunque tenga buenas valoraciones, a la hora de sentarse a la mesa, pregunta siempre por los ingredientes y la posible contaminación cruzada, ya que una mínima cantidad de un alimento al que es hipersensible puede desencadenar una reacción.
«La alergia también me limita a la hora de viajar»
Aunque trata de tenerlo todo bajo control, cada vez que come fuera de casa lo hace siempre acompañado de la tensión, puesto que cualquier error que se comete a la hora de preparar sus platos puede provocarle, en el peor de los casos, un shock anafiláctico. Es por este motivo que prefiere renunciar a planes gastronómicos antes que asumir un riesgo. «La alergia también me limita a la hora de viajar. No he tenido ni siquiera viaje de estudios, porque tengo que tener muchísimo cuidado», asegura el joven, que reconoce que conocer otros países no entra entre sus planes por las precauciones que tendría que asumir. «Tengo que estar pendiente de todo. Incluso cuando hacemos mis padres y yo una escapada por España, estamos constantemente en alerta», confiesa.
En cierta manera, por culpa de la alergia, ha visto también mermada su actividad social. «La verdad es que he tardado bastante en encontrar amigos que comprendan mi situación y que, además, me apoyen. Durante mucho tiempo tuve amigos que restaban importancia al problema y pensaban que era algo sencillo de solucionar. Me decían cosas como: «No pasa nada, que pasen la sartén por agua y listo» o «pide un filete, que solo es carne», pero no es tan fácil. Esto es mucho más complicado de lo que parece», explica. Ahora, asegura, tiene la suerte de estar rodeado de personas que entienden su situación y le acompañan.
«Nunca salgo de casa sin la inyección de adrenalina»
Como convive con la alergia desde que es pequeño, cuando sufre una reacción sabe identificar rápidamente las señales de alerta y actuar para evitar que vaya a más. «El primer síntoma que me aparece son las ronchas. Es verdad que, en ocasiones, se puede confundir con un problema de piel. Por ejemplo, si estás haciendo una ruta de montaña y hace calor, es normal que por el sudor puedan aparecer. Pero cuando llega el segundo síntoma, que es la hinchazón de los ojos, ya no hay forma de equivocarse. Ahí es cuando me voy directamente a Urgencias», explica.
Nada más que se da cuenta de que está teniendo una reacción alérgica grave, Miguel se administra la inyección de adrenalina que «siempre» lleva consigo. «vsin ella porque lo que hace es darme más tiempo hasta que llego al hospital, bien sea en ambulancia, en coche o lo que sea», asegura. La adrenalina actúa rápidamente relajando los músculos de las vías respiratorias y mejorando la presión arterial y la frecuencia cardíaca. Ante la duda de si usarla o no, los expertos aconsejan aplicarla, ya que salva vidas y los riesgos de no usarla son mucho mayores.
Revisiones periódicas
Para controlar la evolución de su enfermedad, comprobar si han aparecido nuevas sensibilizaciones y ajustar el tratamiento cuando sea necesario, el joven asturiano realiza revisiones periódicas con el especialista en Alergología del HUCA, el único centro del Servicio de Salud del Principado de Asturias (SESPA) que cuenta con esta unidad especializada. «Una vez al año acudo a consulta para comprobar si he mejorado o empeorado. Ahora mismo estoy peor porque me han aparecido nuevas alergias», explica.
Cuando descubre que su organismo empieza a reaccionar ante un nuevo alimento y que, por tanto, debe incorporarlo a la lista de productos que no puede consumir, su ánimo vuelve a resentirse. «Me sienta mal saber que tengo una alergia más, porque creo que estoy mejorando, que puedo quitarme alguna restricción y que estoy avanzando, pero luego resulta que no es así, que estoy empeorando y que además no puedo hacer nada para evitarlo», admite el joven, quien confía en que la investigación científica avance lo suficiente para encontrar nuevos tratamientos que permitan mejorar la calidad de vida de personas con cuadros alérgicos tan complejos como el suyo.
Miguel se ha acostumbrado tanto a vivir con la alergia que no se imagina cómo sería su día a día sin ella. Por eso, le resulta difícil pensar en la posibilidad de que algún fármaco o terapia pueda permitirle comer sin tener que estar siempre tomando precauciones. Lo único que le preocupa es poder seguir escribiendo la historia de su vida, con el mayor bienestar posible. «Al final, con la alergia alimentaria se puede hacer vida normal», asegura el joven, que anima a quienes reciben el mismo diagnóstico a no perder el ánimo. «Siempre vas a encontrar una alternativa», concluye, convencido de que la adaptación y la información son las mejores herramientas para convivir con la enfermedad.