Tania Pasarín-Lavín, docente: «No hay que hiperestimular a los niños con altas capacidades; también necesitan descansar en verano»

Esther Rodríguez
Esther Rodríguez REDACCIÓN

ASTURIAS

La docente e investigadora de la Universidad de Oviedo Tania Pasarín-Lavín
La docente e investigadora de la Universidad de Oviedo Tania Pasarín-Lavín

La investigadora de la Universidad de Oviedo explica qué hay detrás de las altas capacidades, desmonta algunos de los mitos más extendidos y aborda los retos a los que se enfrentan quienes las presentan

17 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Aunque cada vez se habla más de las altas capacidades, siguen siendo una realidad desconocida para buena parte de la sociedad y un reto pendiente para el sistema educativo. A menudo se identifican únicamente con una elevada capacidad intelectual, la rapidez para resolver problemas o la facilidad para aprender. Sin embargo, van mucho más allá del rendimiento cognitivo. Detrás de este perfil existe también una realidad emocional compleja que, en numerosas ocasiones, pasa desapercibida o es malinterpretada. La docente e investigadora de la Universidad de Oviedo Tania Pasarín-Lavín, integrante del grupo Aprendizaje Escolar, Dificultades y Rendimiento, explica qué caracteriza a estas personas, desmonta algunos de los mitos más extendidos y analiza los principales desafíos a los que se enfrentan en su día a día.

—¿Qué son exactamente las altas capacidades?

—La gente suele pensar que las altas capacidades se reducen a personas con un cociente intelectual muy elevado, que son muy inteligentes y saben de todo. Sin embargo, las altas capacidades no implican únicamente una alta inteligencia. Se trata de personas con una elevada capacidad cognitiva, pero también con una gran creatividad, habilidades destacadas y una alta motivación. Tradicionalmente se asociaban únicamente con la superdotación, pero el concepto de altas capacidades es mucho más amplio. Engloba tanto a las personas superdotadas, que destacan en múltiples ámbitos, como a aquellas que presentan un talento específico, ya sea verbal, académico, matemático, musical o de cualquier otra índole. En ambos casos existe una alta inteligencia como punto de partida. No obstante, en los últimos años se ha comprobado que la inteligencia, aunque sigue siendo un elemento fundamental, ya no se considera el único factor determinante para identificar las altas capacidades.

—¿Qué señales nos pueden alertar o hacer sospechar que un niño o incluso un adulto tiene altas capacidades?

—Hay una serie de características que son relativamente habituales, pero eso no significa que cualquier niño que las presente tenga altas capacidades. A veces se mencionan estos rasgos y la gente empieza a ver altas capacidades por todas partes, cuando no es así. Es cierto que muchos de estos niños adquieren determinados aprendizajes antes de lo esperado para su edad. Algunos aprenden a leer muy pronto, desarrollan antes el pensamiento matemático o muestran habilidades cognitivas precoces. Sin embargo, no todos siguen ese mismo patrón. Hay niños que no destacan por esa precocidad y, aun así, presentan otros indicadores. Por ejemplo, suelen tener un sentido de la justicia muy desarrollado. También es frecuente que exista una cierta asincronía entre su desarrollo cognitivo y el emocional. A veces parecen pequeños adultos por cómo hablan, se expresan o razonan, pero emocionalmente siguen siendo niños y gestionan las emociones como corresponde a su edad. La realidad es que existe una enorme heterogeneidad, por lo que resulta muy difícil establecer un perfil único. No hay un patrón general que cumplan todas las personas con altas capacidades. Cada niño es diferente. De hecho, vemos casos de niños muy precoces que empiezan a leer con tres o cuatro años y que, cuando se les evalúa más adelante, no cumplen los criterios de altas capacidades. Simplemente fueron niños precoces. En cambio, hay otros que también muestran esa precocidad y que, al ser evaluados a partir de los siete u ocho años, sí cumplen los indicadores. Lo que suele ser común es una gran capacidad de aprendizaje autónomo. Son niños que aprenden con mucha rapidez por sí mismos, de forma autodidacta, y que desarrollan habilidades poco habituales para su edad. Es ahí donde empiezan a apreciarse las diferencias con respecto al resto de los niños.

«La inteligencia no es el único factor determinante para identificar las altas capacidades»

—¿Por qué algunas personas con altas capacidades pasan desapercibidas durante años?

—Hay dos problemas principales. El primero es el infradiagnóstico. Actualmente, la identificación de las altas capacidades es muy baja. Según distintos autores y la curva de distribución normal, entre un 2% y un 10% de la población podría presentar altas capacidades. Eso significa que, estadísticamente, en cada aula debería haber al menos uno o dos alumnos con este perfil. Sin embargo, la realidad es muy distinta. A nivel mundial solo se identifica aproximadamente entre un 0,5% y un 0,6% del alumnado, y en España la cifra ronda el 0,48% según las últimas estadísticas. Es decir, ni siquiera llegamos al 1%, cuando las estimaciones apuntan a un porcentaje muy superior. Esto se debe, en gran parte, al desconocimiento y a la escasa formación sobre las altas capacidades. Además, en los centros educativos existen muchas otras necesidades que suelen percibirse como más urgentes. Si hablamos de un niño con autismo, TDAH o dislexia, normalmente se considera que requiere una atención prioritaria frente a un alumno con altas capacidades. Eso hace que muchos casos pasen desapercibidos. Como consecuencia, cada vez vemos más adultos que descubren sus altas capacidades a raíz del diagnóstico de sus hijos. Acuden a hacerse una evaluación porque se reconocen en las características que les explican sobre ellos y, finalmente, también reciben el diagnóstico. El segundo problema tiene que ver con el género. Las niñas y las mujeres con altas capacidades están menos identificadas porque, con frecuencia, priorizan la integración social antes que destacar. Muchas optan por ocultar sus capacidades para no ser vistas como «empollonas», «pedantes» o «repelentes», estereotipos que todavía siguen muy presentes. A este fenómeno lo llamamos masking o enmascaramiento. Adaptar o esconder determinadas capacidades para encajar mejor en el grupo. Por eso, además del infradiagnóstico derivado del desconocimiento, existe también un claro infradiagnóstico por razón de género.

—En Asturias parece que se va un paso por delante de otras comunidades, ya que existe un sistema de detección de las altas capacidades.

—Sí. Desde hace unos años contamos con un sistema de cribado que se realiza en primero de Primaria y que funciona como una especie de semáforo para identificar a aquellos alumnos que podrían tener altas capacidades. Es una primera detección que, lógicamente, no siempre es perfecta. Se basa en un cuestionario que responden tanto las familias como el profesorado de primero de Primaria. En ocasiones, el docente apenas lleva medio curso con ese niño o niña y todavía no lo conoce lo suficiente como para valorar con precisión todos los aspectos que plantea el cuestionario. Aun así, supone un avance importante con respecto a otras comunidades autónomas. Al menos estamos intentando realizar un primer screening o cribado para que el menor número posible de niños y niñas con altas capacidades se quede sin identificar por el camino.

«Vemos casos de niños muy precoces que empiezan a leer con tres o cuatro años y que, cuando se les evalúa más adelante, no cumplen los criterios de altas capacidades»

—Que un niño tenga altas capacidades no significa que saque todo sobresalientes, algunos incluso sacan malas notas. ¿Por qué?

—Existe una gran confusión entre las altas capacidades y el alto rendimiento académico. Hay alumnos con altas capacidades que obtienen calificaciones excelentes, pero también hay muchos que no alcanzan ese alto rendimiento. ¿La razón? En muchos casos, porque se aburren. Pierden el interés por lo que sucede en clase y dejan de prestar atención, de hacer las tareas, de participar o incluso de esforzarse en los exámenes. No es una cuestión de falta de capacidad, sino de falta de motivación. A nivel cognitivo, muchos de estos niños podrían estar trabajando contenidos de uno o incluso dos cursos superiores. Si pasan horas repasando conceptos que ya dominan, es lógico que acaben desmotivándose. Algo parecido ocurre con las relaciones sociales. A menudo se dice que las personas con altas capacidades tienen pocas habilidades sociales, cuando en realidad no siempre es así. Muchas veces simplemente les cuesta encontrar intereses comunes con sus iguales. Imaginemos que una persona solo pudiera relacionarse con niños pequeños durante todo el día. Probablemente acabaría aburriéndose porque las conversaciones no responderían a sus intereses. A estos niños les puede ocurrir algo parecido. Mientras otros hablan de temas propios de su edad, ellos pueden estar fascinados por cuestiones como los agujeros negros, la física o cualquier otro tema complejo que despierta su curiosidad.

«A menudo se dice que las personas con altas capacidades tienen pocas habilidades sociales, cuando en realidad no siempre es así»

—Cuando se habla de un diagnóstico de altas capacidades, muchas personas piensan que todo son ventajas. Pero, realmente, esta condición afecta a su día a día.

—Sí. Por eso, existen dos grandes tipos de familias. La mayoría no desea que su hijo tenga ninguna necesidad educativa específica y, en ese sentido, tampoco altas capacidades. Después hay un porcentaje mucho menor de familias que creen que tener un hijo superdotado o con altas capacidades es una suerte o un regalo.Sin embargo, cuando convives con un niño con altas capacidades descubres que también hay mucho sufrimiento. Son niños con una curiosidad enorme y con una necesidad constante de aprender, y muchas veces ni siquiera los propios padres pueden satisfacerla. Cuando son pequeños, sus preguntas suelen estar al alcance de cualquier adulto. Pero, a medida que crecen, empiezan a interesarse por temas muy complejos —física, ingeniería, música o cualquier otra disciplina— y plantean cuestiones que muchas veces ni los padres ni los profesores saben responder. Eso puede generar frustración. En el ámbito escolar también existen muchos prejuicios. A veces se percibe a estos alumnos como niños «pesados», que corrigen constantemente al profesor o que cuestionan su autoridad. Pero, en la mayoría de los casos, no es esa la realidad. Lo que ocurre es que tienen unas necesidades educativas diferentes y una enorme sed de conocimiento que no siempre encuentra respuesta en el aula. Cuando esas necesidades no se cubren, aparece el aburrimiento y, muchas veces, ese aburrimiento termina traduciéndose en conductas que pueden resultar molestas o disruptivas.

—¿Qué estrategias pueden utilizar las familias para apoyar a sus hijos con altas capacidades?

—Lo primero que siempre les digo a los padres y madres que me escriben, muchas veces a través de las redes sociales, es: «No dejes de tratar a tu hijo como lo tratabas ayer». Cuando reciben el diagnóstico suelen preguntarse: «¿Y ahora qué hago?». Mi respuesta es muy sencilla: trátalo igual que antes, porque tu hijo sigue siendo el mismo. Lo que sí cambia es que ahora conviene informarse. Es importante leer, documentarse y formarse sobre las altas capacidades para comprender mejor sus necesidades. Si el niño hace preguntas, hay que intentar buscar las respuestas junto a él y alimentar esa curiosidad. También es recomendable ofrecerle actividades extraescolares que realmente le motiven. No se trata de apuntarlo a cualquier actividad, sino de aquellas que despierten su interés y le permitan desarrollar sus capacidades. Si les damos los estímulos que necesitan, podremos potenciar sus fortalezas. En cambio, cuando esas necesidades no se cubren, pueden aparecer problemas de conducta, comportamientos disruptivos o incluso fracaso escolar. Otro aspecto fundamental es crear una red de apoyo. Existen asociaciones de familias con hijos con altas capacidades que ofrecen orientación y acompañamiento. En Asturias, por ejemplo, están APADAC y la Asociación Enol. Además, cada vez hay más diagnósticos en los centros educativos, por lo que es más fácil encontrar otras familias que están viviendo la misma situación. Creo que eso es lo más importante, no solo en las altas capacidades, sino ante cualquier necesidad educativa: apoyarse en otras familias y en las asociaciones, porque son quienes mejor entienden lo que estás viviendo.

—Ahora, en verano, cuando ya no hay actividad lectiva y los niños pierden la rutina del colegio, ¿cómo pueden las familias evitar que los menores con altas capacidades se aburran?

—Lo más importante es potenciar los intereses de cada niño, porque no se puede generalizar. A uno puede apasionarle la ingeniería y a otro la pintura. Muchas veces tenemos una imagen estereotipada de las altas capacidades y pensamos en un niño con gafas, bata de científico o tocando el violín. Pero la realidad es muy distinta. Puede gustarle pintar, escribir, el deporte, la música o cualquier otra disciplina. No todos los niños con altas capacidades disfrutan de las matemáticas, la química o los experimentos. Lo fundamental es identificar aquello que realmente les motiva y ofrecerles oportunidades para desarrollarlo. En verano, además, existen muchas opciones. Hay campamentos de todo tipo, algunos organizados por asociaciones de familias con altas capacidades y otros por empresas que ofrecen actividades muy estimulantes. Es cierto que no todos los campamentos están preparados para atender las necesidades específicas de estos niños, pero hoy contamos con muchas herramientas para informarnos. Internet, las asociaciones de altas capacidades o los propios centros educativos pueden orientar a las familias y ayudarles a encontrar actividades que realmente se adapten a las necesidades e intereses de sus hijos.

«No todos los niños con altas capacidades disfrutan de las matemáticas, la química o los experimentos»

—Durante el verano, ¿es recomendable mantener algún tipo de estimulación intelectual o es mejor priorizar el descanso?

—Lo importante, tanto en verano como durante el curso, es enseñarles también a parar y a descansar. Saber desconectar es fundamental para cualquier niño. No se trata de hiperestimularlos constantemente, porque eso puede resultar contraproducente, y no solo en el caso de los niños con altas capacidades, sino de todos en general. Eso no significa que haya que dejar de ofrecerles estímulos. Si tienen interés por aprender o por profundizar en un tema que les apasiona, hay que facilitarles oportunidades para hacerlo, pero siempre encontrando un equilibrio con el descanso. Además, estamos hablando de un colectivo muy heterogéneo. Habrá niños que durante el verano no quieran hacer prácticamente nada y otros que devoren cien libros o que disfruten participando en un campamento de oratoria, de ciencia o de cualquier otra temática que les motive. Por eso creo que no existe una fórmula única. Cada familia conoce a su hijo o hija mejor que nadie y sabe qué necesita en cada momento.

—El verano también puede ser una buena oportunidad para conocer mejor esas necesidades.

—Sí, creo que el verano es un momento ideal para que los padres conozcan aún mejor a sus hijos. Durante el curso escolar el tiempo compartido suele ser más limitado por las clases, las actividades y las obligaciones del día a día. En vacaciones, en cambio, las familias tienen muchas más oportunidades para convivir y descubrir cuáles son los intereses y las inquietudes de sus hijos. Es un momento muy bonito para compartir aficiones, experiencias y tiempo de calidad. Si a un niño le apasiona la música, por ejemplo, es una buena ocasión para ir juntos a conciertos o disfrutar de actividades relacionadas con ese interés. Lo importante no es solo apuntarlo a actividades que le gusten, sino vivirlas en familia.

—¿Qué consejo daría tanto a los padres que acaban de recibir el diagnóstico de su hijo como a los adultos que, después de tantos años, entienden por fin por qué siempre se han sentido diferentes?

—Lo más importante es entender que la etiqueta no es lo realmente importante. Tener altas capacidades o cualquier otra necesidad específica no define a la persona. En la infancia, el diagnóstico sirve, sobre todo, para que el niño pueda acceder a los recursos y apoyos que necesita dentro del sistema educativo. En la edad adulta, en cambio, muchas veces tiene un valor más personal. Ayuda a comprender por qué uno ha vivido determinadas situaciones o por qué siempre se ha sentido diferente. Hay personas que pasan años pensando: «¿Por qué soy distinto a los demás?». Cuando reciben un diagnóstico, ya sea de altas capacidades, TDAH o cualquier otra condición, muchas sienten un gran alivio porque entienden que no son raras ni extrañas, sino que simplemente tienen unas necesidades diferentes. En el caso de los niños, mi principal consejo es seguir tratándolos como niños. A veces, como tienen una gran capacidad intelectual y una enorme curiosidad, tendemos a adultizarlos antes de tiempo. Sin embargo, emocionalmente siguen siendo niños y necesitan vivir esa etapa como cualquier otro. También es importante que el diagnóstico no cambie la forma en que los padres se relacionan con ellos. El niño sigue siendo el mismo que era el día anterior. Lo único que ahora sabemos es que tiene unas necesidades concretas que debemos atender. Siempre pongo el mismo ejemplo: si un niño tiene hambre, le damos de comer. Si tiene sed, le damos agua. Pues si tiene hambre de conocimiento, si necesita aprender y descubrir cosas nuevas, también debemos ofrecerle esos estímulos y acompañarlo para satisfacer esa necesidad.