Ícaro Obeso, profesor de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Oviedo e investigador sobre el cambio climático, cree que la renaturalización, el uso inteligente de la arquitectura y una nueva concepción de los entornos urbanos en el Principado puede ayudar a mitigar los efectos del alza de las temperaturas
25 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Las administraciones locales ya están pensando algunas maneras de poner «parches» a una realidad, caso del cambio climático, que está aquí para quedarse. La subida de las temperaturas en verano, incluso hasta límites que rayan en lo insoportable, ya no son exclusivas del sur de los países mediterráneos, como se ha podido comprobar en las olas de calor que ya han tenido lugar en lo que llevamos de periodo estival. Es por eso que muchas ciudades estudian modos de esquivar, aunque sea de manera puntual, la subida del mercurio.
Por ejemplo, Roma ya sondea la posibilidad de convertir en «refugios climáticos» algunas grutas bajo su subsuelo, según ha confirmado el director de la Oficina del Clima del Ayuntamiento romano, Edoardo Zanchini, subrayando que se trata de un proyecto a largo plazo que deberá analizarse en profundidad.
En Francia se activaba el pasado 10 de julio un nuevo plan dirigido particularmente a proteger a las personas más vulnerables ante la ola de calor, el cual implicaba «abrir centros de refresco para poner a resguardo a los más vulnerables», es decir sobre todo personas mayores pero también los sin techo.
Todo ello a partir de un registro de centros que les pueden acoger en cada departamento, lo que significa instalaciones frescas y accesibles que deben estar disponibles en función de las alertas de los servicios meteorológicos, en las que se hará un control sanitario sistemático a quienes acudan.
Pese a todo, se podría considerar que estas iniciativas son poco más o menos que el equivalente a tratar de curar un machetazo con un par de tiritas y mercromina. Los efectos de la subida de las temperaturas son graves, están aquí para quedarse y afectan, cada vez más y de modo más prolongado, a regiones como Asturias.
De acuerdo con el Sistema de Monitorización de la Mortalidad diaria (MoMo), que analiza y vigila la mortalidad por diferentes causas y, asimismo, asociada a los excesos (también defectos) de temperatura y se ha desarrollado en la Unidad de Vigilancia de la Mortalidad diaria del Centro Nacional de Epidemiología (CNE) del Instituto de Salud Carlos III, desde mayo hasta ahora en el Principado de Asturias se han producido nada menos que 106 fallecimientos atribuibles a las elevadas temperaturas. En el periodo estival del año pasado la cifra fue de 68, mientras que en 2024 fue de 47 fallecimientos.
Las cifras muestran que, con diferencia, los fallecimientos atribuibles al exceso de calor en el Principado de Asturias durante el presente periodo estival (que aún tiene mucho recorrido por delante) son los más elevados de la última década.
Estrategias urbanas frente al cambio climático
Pues bien, en este escenario que ya no es puntual, sino que va a seguir reproduciéndose, y, seguramente, cada vez con más crudeza, ¿qué podemos hacer en las ciudades de Asturias? Ícaro Obeso es profesor de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Oviedo e investigador del Instituto de Recursos Naturales y Ordenación del Territorio (Indurot). A lo largo de su trayectoria ha llevado a cabo diferentes investigaciones relacionadas con el cambio climático y la manera en la que las ciudades y las áreas urbanas pueden combatir sus efectos.
Respecto a las iniciativas antes mencionadas que se están estudiando en Italia y Francia, destaca que «los refugios climáticos ya de por sí son parches, porque para combatir el cambio climático harían falta unas estrategias de mayor alcance que tengan que ver con la eficiencia energética de los edificios, la movilidad, que nuestras funciones estén próximas y que haya mucho verde en la ciudad».
En este sentido, cree que refugios subterráneos como los que estudia la ciudad de Roma, «son ideas que en un momento determinado pueden sonar bien, pero no parece lo más adecuado, ya que lo mejor sería que estuvieran abiertos 24 horas, con acceso libre, que estuvieran ajardinados y verdes, es decir, parques de proximidad». En definitiva, «que sean espacios libres públicos, pero también puedan estar vinculados a algún edificio en concreto».
La idea es contar con «un sitio donde puedes estar a la sombra a una temperatura normal, que puedas beber agua, ir al baño y eso lo puede ofrecer también una biblioteca, un centro social, pero si además de concebir esos edificios públicos hubiera espacio verde anexo, como jardines interiores, sería lo mejor». Explica que, por ejemplo, «en Avilés existen muchas manzanas donde hay verde dentro y la propia biblioteca está conectada con el parque de Ferrera, que ya es un refugio climático, lo que es una combinación bastante buena».
Avanzar en la renaturalización
No obstante, Ícaro Obeso considera que «una ciudad por sí misma no va a solucionar el cambio climático, lo que se puede es adaptar mejor». Desde su perspectiva, «reducir las emisiones, tanto del sector de la construcción como en nuestra movilidad, actuar en casas en eficiencia energética, en la movilidad sostenible...» son maneras de contribuir a este fin.
Este profesor universitario e investigador ve fundamental «avanzar en la renaturalización», pues se ha observado que «la retención de CO2 por parte de los árboles, el frescor que provocan los corredores de biodiversidad, son de las mejores estrategias que se pueden llevar a cabo», al igual que «recuperar, por ejemplo, antiguos cursos fluviales, arroyos o regatos para hacer zonas húmedas, introducir sistemas de drenaje urbano sostenible y otro tipo de pavimentos que no recojan tanto el calor», así como tratar las fachadas de los edificios y los tejados «para que sean más verdes».
«Somos herederos de una época, en el gran desarrollo del siglo XX, en el que se separaron muchas funciones unas de otras y hay una gran dependencia de la movilidad, de desplazamientos», añade. Es por eso que ve necesario, a medio-largo plazo, plantear ciudades en las que haya más mezcla de usos, lo cual no quiere decir «que las zonas descontaminantes nos las tengamos que poner al lado de la residencia, pero sí que haya zonas de actividad económica en toda la ciudad y no segregar, por ejemplo, lo comercial a centros comerciales, sino integrar lo comercial dentro de lo urbano, el artesanado, pequeñas pymes, oficinas que estén en la ciudad y no en parques empresariales en las afueras».
Desde su punto de vista, todas esas cuestiones contribuyen a una ciudad «más compacta, más caminable y mejor», pero considera que, sobre todo, la renaturalización sería el vector en el que más se podría avanzar. En este escenario, como ciudadanos y vecinos, «nuestro papel está en los momentos en los que se toma las decisiones, participar y organizarse, llevar sugerencias y estar vigilantes de que las medidas que se tomen en las nuevas piezas de ciudad sean acorde a estos principios».
Sin embargo, estima que, más allá de «caminar por la sombra, buscarnos recorridos cortos, dotarnos de productos frescos y encerrarnos en casa», nuestra labor está francamente limitada, si bien hay que vigilar «que personas mayores y niños beban agua, que no se expongan al sol en las horas centrales» y no hacer deporte un día que haga calor, entre otras cuestiones de puro sentido común.
Adaptación de las viviendas
Ícaro Obeso considera que «en los últimos años se habla mucho del concepto de confort térmico», en el sentido de que la adaptación al cambio climático «a veces pasa por introducir otros materiales y otras veces por garantizar que todas las viviendas tengan capacidad de doble ventilación, es decir, que si tú tienes una casa tengas ventanas o al sur y al norte o al este y al oeste, que se puede hacer corriente y puedas tener una zona en sombra y otra en sol».
«En cuanto a los materiales, si nos fijamos, las viviendas libres normalmente suelen tener una terraza en la que el hueco está hacia dentro, lo que garantiza que tengas un espacio a techo sombreado y que no te entre el sol en el salón o en la habitación; en cambio, en las viviendas de protección tenemos ventanales directamente y a veces con muy mal aislamiento», añade.
Asimismo, considera que la propia configuración de las viviendas con terrazas ayuda a que el confort térmico sea mejor, por lo que «ahí se ve mucho las desigualdades que hay en el parque constructivo y en cuanto a materiales». También ve interesante, en este combate contra los efectos de la subida de las temperaturas, la idea de los tejados verdes. Se trata de apostar por «todo lo que sea contribuir a que no se retenga calor».
Recuerda, en este sentido, que «en un pueblo a última hora de la tarde ya notas el frescor y por la noche más, pero en la ciudad, como agarran tanto calor todos los materiales, dura más ese efecto de isla de calor».