El salto a la piscina que cambió la vida de Guzmán para siempre: «Sentí como si un rayo me atravesase desde la cabeza hasta los pies»
ASTURIAS
Este vecino de Mieres de 45 años sufre una lesión medular después de zambullirse al agua para refrescarse del calor. Desde entonces, su vida ha cambiado «por completo»
20 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hay veces que unos segundos bastan para que todo cambie. En apenas un abrir y cerrar de ojos los planes de futuro de Guzmán Fernández se truncaron para siempre. Lo que duró ese simple parpadeo fue el tiempo exacto que pasó desde que saltó a la piscina hasta que la mala entrada en el agua le provocó una lesión medular irreversible. Un accidente que lo dejó sin movilidad y le obligó a depender de otras personas para realizar las tareas más básicas, como vestirse o ducharse. Este asturiano de 45 años reúne ahora todas sus fuerzas para recuperar, en la medida de lo posible, la rutina que perdió aquel día. Centra también sus esfuerzos en dar visibilidad a esta realidad y evitar que nadie más tenga que pasar por una situación similar.
Han pasado ya tres años desde la zambullida que lo dejó con una paraplejia. Era la tarde del 8 de agosto de 2023 cuando, después de comer una buena parrilla en casa de unos amigos, decidió darse un buen chapuzón con su hija, sin imaginar que aquel salto a la piscina marcaría un antes y un después en su vida. «Me tiré al agua e inmediatamente sentí como si un rayo me atravesase desde la cabeza hasta los pies. En ese mismo momento supe que la había liado. Me quedé boca abajo y empecé a tragar agua. Intentaba avisar a los que estaban fuera para que me sacaran del agua, pero al haber sufrido una lesión medular me quedé sin voz. Nadie me veía tampoco para ayudarme, así que me dejé morir», cuenta al recordar los primeros momentos tras el accidente.
Casi un año hospitalizado
Por suerte, uno de sus amigos se dio cuenta de que permanecía inmóvil en el agua. Sin pensarlo dos veces, se lanzó a la piscina y consiguió sacarlo a la superficie. Tras comprobar que mantenía las constantes vitales y que presentaba una herida en la cabeza, decidió, junto al resto del grupo, llevarlo al Hospital Álvarez Buylla para que le hicieran una valoración médica exhaustiva. Debido a la gravedad de su estado, el personal sanitario del centro mierense decidió trasladarlo al Hospital Universitario Central de Asturias. «En el HUCA me operaron de urgencia y ya no me acuerdo de nada más. Sé que estuve casi dos meses en la unidad de cuidados intensivos», detalla sobre lo ocurrido después de que sufriese la lesión medular.
Fue después trasladado al Hospital Nacional de Parapléjicos, referente en la atención y el tratamiento integral de las lesiones medulares. «Allí estuve otro mes ingresado en la UCI y luego ya me mandaron a planta», precisa. En ese momento comenzó a asimilar las consecuencias de aquel salto a la piscina. «Cuando estaba ingresado en el Buylla sabía que la había liado porque no sentía nada, pero después, cuando me pusieron la medicación, dejé de enterarme de lo que me pasaba hasta que llegué a Toledo. Aquí me di cuenta de que no podía hacer nada solo. Me tenían que desplazar en silla de ruedas, darme de comer y ayudarme para todo», dice Guzmán, quien realmente se dio de bruces con la realidad cuando, después de nueve meses en el centro castellano, regresó al calor de su hogar.
Así fue la vuelta a casa
«Al volver a Mieres me llevé realmente el batacazo porque, hasta entonces, como estaba siempre atendido, no me daba cuenta de que precisaba ayuda para todo ni de que mi vida había cambiado por completo. Ya la tenía encarrilada, con un buen trabajo, el coche y el piso pagados… y lo tuve que dejar todo», asegura, antes de confesar que, por ese motivo, al principio, no quería ni salir del piso de protección oficial que le cedieron. «Estuve varios meses encerrado hasta que unos amigos me cogieron, me sacaron a la calle y ahí ya me enfrenté un poco a la realidad», reconoce. A partir de ese instante, comenzó, de manera paulatina, a asumir que su día a día ya no era el de antes.
Pese al giro de 180 grados que dio de la noche a la mañana su vida, Guzmán no necesitó nunca ayuda psicológica. «Cuando estuve ingresado en Toledo pasó un par de veces a verme la especialista, pero por mi forma de ser no era capaz de abrirme con ella ni de contarle lo que sentía. En cambio, con mi familia y mis amigos sí podía desahogarme, así que decidí apoyarme en ellos», explica. El cuidado de la salud mental resulta especialmente importante tras una lesión medular, ya que la persona debe afrontar no solo las consecuencias físicas, sino también un profundo proceso de adaptación a una nueva realidad. Contar con una red cercana puede ayudar a gestionar los cambios, asumir las limitaciones y afrontar el proceso de recuperación con mayores herramientas.
Comienza a recuperar la movilidad
Mientras se adaptaba a su nueva realidad, este vecino de Mieres centró sus energías en recuperar, en la medida de lo posible, su autonomía. «Al principio no era capaz de mover ninguna parte del cuerpo. De hecho, en el HUCA llegaron a decirle a mi familia que iba a quedar como Superman, que iba a estar toda la vida con respirador», relata. Sin embargo, el trabajo constante comenzó a dar sus frutos. «Primero conseguí mover los dedos de los pies y, poco a poco, fui recuperando la movilidad en la mano y la pierna izquierda. La parte derecha, en cambio, la tengo más tocada y, por eso, me cuesta mucho moverla», asegura, antes de señalar que realiza diariamente ejercicios de rehabilitación para seguir avanzando y conservar las capacidades que ha ido recuperando.
«Los lunes y los viernes voy un par de horas al centro ovetense Inypema. Los primeros 20 minutos, una chica me hace estiramientos; después me pongo 40 minutos en el exoesqueleto y camino por el pasillo. Para mí, ese rato es fabuloso, es lo mejor. Después, estoy otros 60 minutos haciendo ejercicios de fuerza y equilibrio. Los miércoles voy a fisioterapia particular para que me estiren la espalda y los martes y los jueves trato de descansar», detalla, antes de lamentar el coste que supone su recuperación. «Es una lesión para ricos porque tienes que pagar por todo. Es realmente una vergüenza. La única ayuda que tengo es que viene una chica todos los días a mi casa por las mañanas para ayudarme a levantarme, asearme, vestirme y demás», explica.
Salvo para comer, afeitarse o realizar alguna tarea que pueda hacer con la mano izquierda, Guzmán necesita apoyo para desenvolverse en su día a día. «No me quedó más remedio que aprender a pedir favores porque hay muchas cosas que no puedo hacer solo. Al principio me costaba mucho, pero con el tiempo entendí que tenía que aceptar la ayuda de los demás», reconoce. «Para desplazarme no tengo mucho problema porque compré una moto que se acopla a la silla y puedo ir de un sitio para otro. La engancho y me muevo tranquilamente por Mieres, Oviedo, Gijón o donde sea. Pero, claro, si me pasa algo por la calle, no me queda otro remedio que recurrir a alguien», apunta. Llegados a este punto, confiesa que no todo el mundo se presta a echarle una mano. «Hay gente muy empática y otra que no», admite.
Además de canalizar sus energías en recuperar, en cierta manera, la rutina que un día tuvo, este vecino de Mieres centra sus esfuerzos en concienciar sobre los riesgos de una práctica que puede parecer inofensiva como lanzarse al agua, pero que, tras un mal golpe, puede tener consecuencias irreversibles. «Lo que haría es prohibir tirarse de cabeza en una piscina, aunque cubra, porque una lesión medular te cambia la vida para siempre. Yo empecé una nueva vida. Desde entonces, siempre digo que nací el 8 de agosto y no el 19 de noviembre, que es cuando realmente es mi cumpleaños», reconoce Guzmán, quien, si tuviera que dar un consejo, lo tiene muy claro: «Hay que pensar antes de actuar y ser felices. Hay que vivir la vida porque es un día nada más. El pasado, pasado está; el futuro no se sabe y el presente es un regalo. Hay que vivirlo en el momento», concluye.