El cielo protector


Vivimos tan a ras de suelo que muchas veces nos desentendemos de todo cuanto tenemos por encima. Nos gusta otear los paisajes a vista de pájaro, pero rara vez nos detenemos a escudriñar desde abajo lo que nos permite ver nuestra perspectiva fieramente humana. Pepo Paz, que además de dirigir la editorial Bartleby oficia de viajero impenitente por las cuatro esquinas de esta península nuestra, y también por parte del extranjero, acaba de publicar un libro hermoso que viene a darnos cuenta de todo lo que nos perdemos cuando nos resistimos a ver más allá de la puntera de nuestros zapatos. Se titula Los mejores destinos para observar los cielos en España, lo publica en gran edición Anaya Touring y arranca con una afirmación inesperada en estos tiempos tan prosaicos: «En España podemos presumir del cielo».

El cielo del que nos habla Pepo Paz no es el que habitan esos dioses del socialismo que pueblan los ensueños alucinógenos del despistado Lambán, ni acoge entre sus muros ángeles de la guarda susceptibles de ocultar los pecadillos de defenestrados ministros del Interior. Tampoco es un cielo que pueda asaltarse fácilmente, ni ofrece otra recompensa que la que garantiza su mera contemplación. Es el cielo que nos cubre, nada más ni nada menos, y esos rincones por los que Pepo Paz nos guía son aquellos en los que aún es factible percibir la antigua comunión entre los elementos, discernir la línea imaginaria que separa lo corporal de lo etéreo y redescubrir la bóveda celeste como un elemento más del mundo que nos rodea. De la cúpula estrellada que se asoma a la cumbre de Peña Trevinca, en Orense, al atardecer crepuscular de Orchila, en la isla de El Hierro, el libro es un gozoso recorrido por esos dominios difusos donde cielo, mar y tierra se funden en un solo paisaje. «Sólo en la fantástica mente de Douglas Adams podía germinar la idea de una guía enciclopédica para turistas galácticos», dicen los editores en el prólogo de una obra a la que singularizan tanto sus imágenes como sus cuidados textos. Creo que se equivocan.  Serán los viajeros terrestres quienes más aprecien este inventario que aglutina medio centenar de parajes desde los que aún es posible hacerse a la ilusión de que nos ampara, ahí arriba, el fulgor azul de un cielo protector.     

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