Una afición crispada por la gestión del grupo Pachuca

Pablo Fernández

AZUL CARBAYÓN

El divorcio entre el club y su grada empaña un centenario envenenado

06 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Lo que debería haber sido el prólogo de una celebración histórica para el oviedismo se ha transformado, por caprichos del destino y de la gestión deportiva, en un escenario de fractura social sin precedentes. El Real Oviedo encara su centenario sumido en una paradoja cruel: tras alcanzar la cima deportiva hace apenas unos meses, la relación entre el Grupo Pachuca y su masa social atraviesa su punto más crítico. El conglomerado mexicano, liderado por Jesús Martínez, se enfrenta hoy a un juicio público por parte de una afición que no entiende cómo el éxito del ascenso ha podido dilapidarse en un tiempo tan alarmantemente récord.

La historia reciente de la entidad no se explica sin el cambio de guardia ocurrido en julio de 2022. Tras una década bajo el ala protectora del Grupo Carso, donde la figura de Carlos Slim fue fundamental para dotar al club de una solvencia económica necesaria tras años de angustia al borde de la desaparición, Pachuca aterrizó en la capital asturiana adquiriendo la mayoría accionarial. La llegada de los nuevos dueños fue vista, inicialmente, como el paso definitivo hacia la modernización y la ambición deportiva que el club reclamaba.

Los primeros pasos de Jesús Martínez fueron firmes y generaron una ola de optimismo. En la campaña 2022/2023, la directiva logró enderezar un rumbo deportivo errático para asegurar la permanencia con holgura. Sin embargo, fue en la temporada 2023/2024 cuando el proyecto pareció despegar definitivamente: tras una inversión ambiciosa en el mercado estival, el relevo de Álvaro Cervera por Luis Carrión llevó al equipo a disputar sus primeros «playoffs» de ascenso en décadas, cayendo con honor en la final ante el Espanyol.

El éxtasis del ascenso y la temporada 2025/2026

El clímax de esta etapa llegó el pasado curso. La temporada 2025/2026 quedará grabada en los libros de historia, pero no estuvo exenta de esa inestabilidad que parece marcar la gestión actual del Grupo Pachuca. A falta de solo diez jornadas para el cierre, la directiva decidió prescindir de Javi Calleja para dar paso a Veljko Paunovic.

El movimiento, arriesgado pero finalmente efectivo, culminó en una gesta que la ciudad llevaba esperando un cuarto de siglo: tras superar eliminatorias agónicas frente al Almería y al Mirandés, el Real Oviedo regresaba a la Primera División después de 25 largos años de «travesía por el desierto». En aquel momento de júbilo, la valoración del Grupo Pachuca era inmejorable; el éxito deportivo había servido de escudo protector ante las voces críticas que ya cuestionaban un modelo de gestión excesivamente enfocado en las élites políticas y empresariales, alejándose de la esencia popular y sentimental del club.

El regreso de Carrión y la fractura social

Sin embargo, el idilio se rompió de forma abrupta este pasado octubre. Con el equipo fuera de los puestos de peligro y tras haber sumado dos victorias en ocho jornadas, la directiva tomó la decisión fulminante de despedir a Paunovic, el héroe del ascenso. Pero lo que realmente encendió la mecha del conflicto no fue la salida del técnico serbio, sino la identidad de su reemplazo.

La contratación de Luis Carrión fue percibida por gran parte de la grada como una afrenta personal y una falta de sensibilidad hacia el sentimiento azul. Su salida hacia la UD Las Palmas en el verano de 2024, tras el fallido intento de ascenso, dejó heridas abiertas por las formas y los tiempos. El regreso del técnico barcelonés se convirtió en un fracaso estrepitoso y doloroso: Jesús Martínez fue abucheado en su palco durante el reencuentro contra el Espanyol, una imagen que dio la vuelta al país; el equipo no logró sumar de tres en tres en ningún encuentro bajo su mando, perdiendo toda la identidad competitiva; y el Oviedo se hundió irremediablemente en la zona roja de la tabla, de donde no ha vuelto a salir.

Futuro incierto

La tensión alcanzó su punto de ebullición tras la humillante derrota por 4-0 ante el Sevilla. Aquel resultado no solo supuso el cese inmediato de Carrión, sino que provocó las primeras escenas de indignación colectiva masiva en los alrededores del Carlos Tartiere. El presidente Martín Peláez y el director general Agustín Lleida fueron el blanco de las críticas de una afición que ya no se siente representada por el modelo de «negocio y élites» que promueve el grupo mexicano.

A pesar de la llegada de Guillermo Almada y los intentos estériles de parchear la plantilla en un mercado invernal que trajo más dudas que certezas, la paz social parece hoy un objetivo inalcanzable. Las recientes pancartas contra el Grupo Pachuca que han decorado los rincones más emblemáticos de la ciudad son el reflejo de un oviedismo herido, que ve cómo el descenso a Segunda es casi una certeza matemática a falta de dos meses para el final de liga.

Aunque Peláez insiste públicamente en que «el Grupo Pachuca no va a vender y va a estar en Oviedo muchos años», el sentimiento general es de una profunda decepción. Resulta desolador que en el año de su centenario, con la institución cumpliendo un siglo de vida, el máximo accionista, Jesús Martínez, se perfile como el gran ausente de las celebraciones, dejando tras de sí un club socialmente dividido y un proyecto deportivo que parece desmoronarse justo cuando más alto había volado.