El Pueblo de Asturias que se convirtió en memoria del pueblo asturiano

El Muséu del Pueblu d'Asturies encara 2018, el año de su primer medio siglo, en el que ha conocido el abandono y la recuperación como centro de referencia sobre el patrimonio cultural de la región

Terrenos del Pueblo de Asturias, durante su construcción
Terrenos del Pueblo de Asturias, durante su construcción

Gijón

El 4 de agosto de 1968 se inauguraba en un terreno anexo a la casi recién nacida Feria una de las iniciativas más peculiares de las muchas que emprendió el empresario y prohombre gijonés Luis Adaro. Los miles de visitantes que acudieron aquel día a la Feria de Muestras de Asturias, que él mismo había reactivado cinco años antes, se encontraron frente al parque de Isabel la Católica y El Molinón, al otro lado del Piles, con un paisaje rural de hórreos y paneras -trasladadas de terrenos expropiados por la siderúrgica Uninsa al suroeste del concejo-, viviendas campesinas, aperos, arbolado y algunos artesanos a los que se les irían sumando edificaciones tan notables como las trasplantadas casas solariegas de los Valdés de Candás y de los González de la Vega, de Serín. Siguiendo modelos etnográficos europeos que hoy asociaríamos más bien al concepto de parque temático, se pretendía mostrar el perfecto pueblo asturiano, que iría cobrando cuerpo poco a poco en ese entorno: boleras, zonas de ocio, un mazo, un llagar, como piezas a tamaño natural de un recinto etnográfico singular… Muchas de esas edificaciones siguen ahí medio siglo después, a punto de cruzar la raya del año en el que el lugar cumplilrá su primer medio siglo. Pero con una transformación sustancial. Lo que nació como el trasunto de un pueblo asturiano ha acabado siendo el lugar donde se deposita, custodia, investiga y divulga la memoria de todo el pueblo de Asturias:

Luis Adaro, tercero por la izquierda, junto a Pedro García Rendueles (a su derecha), el día de la inauguración del Pueblo de Asturias
Luis Adaro, tercero por la izquierda, junto a Pedro García Rendueles (a su derecha), el día de la inauguración del Pueblo de Asturias

Juaco López lleva justamente la mitad de ese tiempo dirigiendo lo que pasaría a ser el Muséu del Pueblu d'Asturies. Se hizo cargo del proyecto en los años cruciales en los que el antiguo Pueblo de Asturias se obligó a salir de una larga época de abandono y decadencia y en ese tiempo su mayor preocupación ha sido tanto consolidar al contenedor -o los muy disparejos contenedores-, dotarlos de contenidos y programar lo que se debe hacer con ellos. En esos veinticinco años han llegado al Pueblo de Asturias edificaciones tan, en principio, inesperadas como el gran Pabellón de la Expo, en 1994. Pero sobre todo, ha entrado una auténtica riada de memoria cultural, en el sentido más amplio y antropológico de la palabra, en forma de fotografías, objetos cotidianos representativos de cualquier actividad humana, documentos de todo tipo, cartas, grabaciones de testimonios orales o musicales…

«Es difícil incluso hacer una aproximación de los fondos del museo. Son millones, eso seguro. Solo de fotografía, tenenos 1,2 millones entre negativos, positivos, diapositivas, daguerrotipos, ferrotipos… Tenemos documentación, montones de archivos de los que no interesan a los archivos oficiales: de comercios, de industrias… Tenemos miles y miles de cartas. Objetos físicos, 15 o 16.000, quizá más. Desde el principio tuve muy claro que contar el pasado de Asturias tenía que asumir esa diversidad porque la sociedad asturiana es muy variada -urbana, rural, industrial, campesina, burguesa, emigrante- y los testimonios de su pasado también tenían que serlo». Y requerían además de muchos viajes para definir el modelo de museo, de investigación y, ante todo, de una paciente búsqueda de contenidos buscando los fondos casi cuerpo a cuerpo.

Ese «desde el principio» al que alude López no es solo el de su llegada a la dirección del museo en enero de 1992: «Todo esto lo aprendí en mi pueblo, Cangas del Narcea, de pequeño», relata: «Me di cuenta entonces de que para conservar el pasado y conocerlo necesitaba recurrir, primero, a salir por ahí a ver las cosas;  a leer papeles; tercero, a ver fotos antiguas y cuarto y fundamental, hablar con la gente, porque si no habla con los que son mayores y vivieron no te enteras de nada; lo que te explica un señor en cinco minutos, igual te lleva a ti cinco años aprenderlo».

Pero el primer testimonio que hay en un museo es siempre el museo mismo. La historia del primer medio siglo de este es, para Juaco Lopez, una historia «de luces y sombras como todas las de los museos en ese periodo». «Lamentablemente en España no hay, como en otros los países europeos, una continuidad en el trabajo, en las instituciones, en las políticas que permite que vaya pasando gente, vayan pasando años y se vaya acumulando un poso… Aquí la historia de un museo es siempre una historia de altibajos y de rupturas, incluso violentas, cuando cambian las personas, los políticos».

Visitantes del Pueblo de Asturias junto al hórreo, el día de su inauguración en 1968
Visitantes del Pueblo de Asturias junto al hórreo, el día de su inauguración en 1968

El Pueblo de Asturias conoció, al menos en sus primeros tiempos, años de vitalidad y actividad, aunque muy lejos de un proyecto museológico armado. Bajo la dirección de Luis Argüelles y un grupo de colaboradores, pero sin dotación técnica, dio cobijo a actuaciones musicales, actividades culturales y, por supuesto, a la animación de la Feria de Muestras en agosto. Pero no tardaría en llegar la desatención y el descuido en una ciudad que atendía otras prioridades en los primeros años de las corporaciones democráticas. El recinto acabó como sede de varias escuelas taller, mal mantenido, sin proyecto y sin apenas vida.

La lenta resurrección del Pueblo de Asturias y su plena conversión en un museo como el que ahora es se produjo poco antes del ecuador de su medio siglo, cuando su gestión fue asumida por la Fundación Municipal de Cultura y se lo integró en el ambicioso plan de museos municipales que coordinó Pilar González Lafita. Fue esa la época de la llegada de Juaco López y de la redacción de un claro proyecto museográfico para reordenar tanto el proyecto como el espacio, a cargo de un equipo encabezado por Enric Franch, con colaboradores decisivos como el antropólogo Marc Augé. «Todo lo que se ha hecho después desarrolla ese proyecto», cuenta López. Aunque hubo también elementos tan inesperados como el Pabellón de la Expo aterrizado junto a los 35.000 metros cuadrados del recinto en 1994, y al que hubo que integrar a pesar de que no era un edificio específicamente concebido para las necesidades que en aquel momento tenía el centro.

Pero lo esencial -recuerda Juaco López- era consolidar lo que ya había, ir incorporando al cuerpo del Muséu nuevos órganos -como el Museo de la Gaita- y sobre todo haciendo crecer los fondos y haciendo a la vez pedagogía; en primer lugar, entre los posibles donantes, que no eran conscientes del valor de aquello que seguramente estaban a punto de desechar o habían desechado, en particular en patrimonios tan deteriorados como el fotográfico, el de las artes gráficas, el de los archivos comerciales o industriales... A partir de esa creciente llegada de depósitos se ha ido estructurando un programa de exposiciones que no solo divulgan los contenidos del centro -también fuera de él, incluso en museos de otros puntos de España- sino que tiene un importante papel de reclamo: «Cada vez que sale una noticia sobre una exposición, en los dos meses siguientes, siempre hay quien llama para decirnos que tiene tal cosa y quiere donarla», cuenta Juaco López.

Otro momento crucial tuvo que ver con la creación de la Red de Museos Etnográficos asturiana en 2002,  y en la decisión de poner al Muséu del Pueblu d'Asturies como cabecera y coordinador de la red. Un rol que, según López, el Ayuntamiento ha asumido «con generosidad» y que ha sido clave a la hora de desarrollar en colaboración los archivos de la tradición oral y musical que acoge el Muséu.

Rosario, tejedora de Cangas del Narcea, el día de la inauguración del Pueblo de Asturias
Rosario, tejedora de Cangas del Narcea, el día de la inauguración del Pueblo de Asturias

Dentro de esa política de colaboraciones, que su director considera «crucial para la supervivencia», destaca muy particularmente la que desarrolla con instituciones universitarias. Solo este año, han sido 11 los becarios de la Universidad de Oviedo, además de los de otras universidades o los de módulos de los programas de empleo para jóvenes municipales. Por otra parte, en el terreno de la investigación, el Muséu del Pueblu d'Asturies se ha convertido en referente en algunas líneas al alza de estudios, como los basados en la información epistolar. El rico fondo de cartas cruzadas entre los asturianos emigrados y sus allegados en Asturias ha dado lugar a varias tesis, una de las cuales se publicará en 2018 en forma de libro, añadiendo un volumen más a la línea de publicaciones propias.

En este proceso de crecimiento llegaron además nuevas instalaciones cruciales para dar vida al centro, como el popular Tendayu de madera concebido por el etnógrafo Armando Graña según pautas de la arquitectura tradicional, que hoy acoge numerosas actividades de todo tipo, la mayor parte de ellas organizadas por entidades externas al museo. «Marc Augé nos lo explicó bien claro: "Ustedes tienen que organizar eventos, y a ser posible que sea la sociedad civil. Hay que atraer a la gente al museo a través de eso"», recuerda Juaco López: «Hubo que dar mucha batalla política para conseguirlo, pero hoy es un elemento fundamental para convertir el museo en lugar de encuentro». También hay un nuevo edificio de servicios desde hace un par de años. En el recinto trabajan en la actualidad 8 técnicos y 6 auxiliares, y los almacenes y archivos se ampliaron hace un tiempo con las naves de la antigua fábrica de cerámicas Piti, en unas condiciones para la conservación y la custodia que Juaco López considera «muy buenas».

Respecto a las primeras prioridades en el año del cincuentenario, se trata de «consolidar lo hecho, profundizar y poner orden en un museo que creció mucho, y también aumentar la difusión con exposiciones para fuera: profundizar en definitiva en la labor del museo, no salirnos de esa línea en una tarea continua que no para de crecer», anticipa Juaco López. Admite que el Muséu del Pueblu d'Asturies llega a su medio siglo «en un momento bueno». Pero rápidamente apostilla: «Auunque no hay perder de vista en que estamos en una sociedad en la que todos los días tenemos que reivindica nuestra existencia frente a otras instituciones quizá con más prestigio social. Todos los días del año tenemos que justificar nuestra existencia, mostrar, explicar, transmitir conocimiento… Y seguir recordando que un museo son sus colecciones. Esa es la gran batalla, porque todavía a día de hoy se sigue sin ver muchas veces lo importantes que son las colecciones y cómo se necesitan algunos recursos, pocos o muchos, para formarlas y tener testimonios representativos de lo que fue el pasado de Asturias», concluye.

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