Bibbiana Cau, matrona y novelista: «Antes las mujeres sabían qué hacer. Hoy, si no está el experto, se sienten frágiles»
CULTURA
«Las mujeres trabajan más que los hombres, pero una parte del trabajo de ellas no figura en ningún sitio, porque no es retribuido», subraya la italiana que debuta en la novela con memoria y maneras, con «La comadrona»
05 abr 2026 . Actualizado a las 13:00 h.Poderosa era la maternidad, no en medios pero sí en vínculos, en el contexto hostil de la Cerdeña rural de 1917. Allí nos lleva, con todo lujo de detalles y necesidades La comadrona, la ópera prima, editada en español por Duomo, que ha embarazado de éxito a Bibbiana Cau, que estudió Obstetricia en la Universidad de Cagliari, acompañó a cientos de mujeres en la gestación y el parto durante más de 40 años de profesión y descubrió su pasión por escribir redactando su tesis en Historia Social.
Los hombres en aquella Cerdeña de comienzos del XX sufrían la guerra, mientras las mujeres sostenían la vida en los márgenes: desde casa, con esos saberes suyos que enhebraban la historia como un hilo invisible.
—¿Por qué ha dado el protagonismo a una comadrona, a Mallena?
—Porque soy comadrona y durante muchos años he hecho este trabajo y he tenido la posibilidad de ver sus cambios. Quería hablar de las transformaciones profundas que han afectado a la escena del parto, del embarazo y del nacimiento en todos estos años. Porque aquí se ha pasado de un escenario femenino a otro muy masculino.
—¿Ha afectado el espacio, el cambio del lugar donde suelen dar a luz las mujeres?
—Sí. Ya no solo que antes era dentro de la comunidad, dentro de la familia, dentro de la casa, que era un lugar de afecto y de protección... Se cambió a un lugar más seguro, pero también más distante, como puede ser un hospital...
—¿Es Mallena, esa matrona sin título que ayuda a nacer la trama, un personaje real?
—La protagonista no representa a una persona real, sino a muchas personas que en aquella época trabajaban y eran comadronas. Mallenas hay muchas. La pérdida de reconocimiento, esa invisibilización, corresponde al paso y a la transformación del parto dentro de la comunidad hacia la institucionalización del nacimiento. La figura de la comadrona perdió su reconocimiento cuando ese papel fue asumido por la institución médica, absorbido por el hospital y por los representantes de la ciencia médica oficial. Hasta los años 50 o 60 del siglo XX, la comadrona era una de las figuras más importantes de la comunidad. Estaba el alcalde, estaba el cura, estaba el médico y estaba la comadrona, incluso antes que el farmacéutico en cuanto a importancia...
—¿Esa manera «moderna» y segura de parir rebajó la importancia de esa figura?
—Con la institucionalización del parto cayó un velo sobre ella. La comadrona, de hecho, era la única mujer que podía administrar el bautismo por delegación, digamos en caso de peligro para la vida del niño. Ese bautismo era válido, podía ser registrado...
—¿Es un oficio aún pendiente de valoración social, o hemos avanzado en la consideración del papel de las matronas desde la Primera Guerra Mundial? ¿A qué punto de vista quiso dar mayor protagonismo en el recuerdo novelado del conflicto?
—Muchos han hablado y escrito sobre la Primera Guerra Mundial; a mí me interesaba mostrarla a través de los ojos de las personas que la sufrieron y que padecieron sus efectos devastadores sobre ellas, sobre sus familias y sobre su mundo. Hombres adultos, pero también muchachos, fueron enviados a combatir sin conocer los lugares, sin conocer al enemigo, ni las razones que habían generado la guerra, y muchos sin conocer siquiera la lengua italiana. En Italia, en 1917, se alcanzaba la mayoría de edad a los 21 años, pero en 1917 se necesitaban soldados y llamaron a quienes cumplían 18. Desde que regresaron de la guerra, ninguno, obviamente, era el mismo que cuando había partido. Pero también quería mostrar la dura vida de las mujeres: de esas madres, esposas e hijas que se quedaban y tenían que sacar adelante la vida. Ellas no estaban en el frente, pero su existencia estaba hecha de esfuerzos, de injusticias, de soledad, pero también de resistencia y de unión para salvar la comunidad.
—El valor de la experiencia femenina plural, la sororidad, es uno de los fuertes de su debut en la novela, en la que la sensibilidad se percibe en las descripciones de la naturaleza y las relaciones. ¿La hace su profesión más consciente del valor y del poder natural de esa unión entre mujeres?
—La profesión sí influye en darme más sensibilidad. En 40 años yo he vivido las vidas de las personas con las que me encontraba, porque al tratarlas entras de puntillas en su vida. Entonces sí, en este sentido el trabajo me ha dado más sensibilidad. Pero es algo que podemos tener todos... Los hombres, los chicos jóvenes, ahora se interesan más, quieren tener un papel en la crianza de sus hijos, pero, aun así, este sigue siendo un tema de mujeres. Y esto, en el fondo, las condena, porque todo este trabajo que hacen no es reconocido, no es retribuido. Las mujeres hoy trabajan fuera y buena parte de su trabajo no es retribuido hoy como lo era hace cien años.
—La óptica femenina, la reivindicación de esa mirada y todo el trabajo invisibilizado de las mujeres, manda en la novela.
—Sí. Esta tendencia que hay hoy en día a uniformizar, a que seamos todos iguales, a que haya una idea transversal de género, está bien, pero la sensibilidad tiene que existir. Entonces sí, sí hay una óptica femenina. Se puede releer el libro con esta óptica que es transversal en toda la novela, porque en realidad muestra que tenemos necesidad de vínculos humanos, de humanizar todo lo que se hace. Esto para mí es importante, el mundo de las relaciones: hay que entrar en este mundo real, porque no se puede deshumanizar este mundo en nombre de la tecnología, del progreso, de la producción o de la competitividad, que son palabras muy presentes hoy en día. Es importante que haya vínculos humanos y que haya un respeto por las personas, porque si no perdemos el sentido y la forma de actuar. Y si perdemos el censo, perdemos la razón de las cosas. Esta óptica femenina, en realidad, es una relectura del trabajo de las mujeres que no es reconocido, que no es retribuido, y esto significa que no es valorizado y que no tiene significado. En cierto modo hay que llenar, recuperar ese hueco, reequilibrarlo, porque las mujeres trabajan más que los hombres. Según las investigaciones, más del 50% de las mujeres trabaja tres horas más que los hombres al día. El problema es que una parte del trabajo no aparece en ninguna parte, porque mucho de este trabajo es el que se dedica a cuidar a los miembros de la familia, a ocuparse de la casa, del entorno familiar. Eso lo siguen haciendo las mujeres.
—¿En qué cree que ha cambiado más la forma de parir y de nacer en algo más de un siglo? ¿Parimos y nacemos mejor hoy?
—Ha cambiado totalmente porque, por un lado, se ha eliminado la mortalidad materna, la mortalidad neonatal y esto es muy importante. También se ha eliminado el dolor de parto y es muy positivo. Pero para tener esta seguridad se ha pagado un precio muy alto en términos de relaciones, de vínculos y de amor que giran alrededor del nacimiento. Todo esto se ha perdido y esto las mujeres lo echan en falta. Lo echan de menos porque, desde el momento en que se ha institucionalizado el parto y ha pasado al hospital, ya no existe esa atención, esa centralidad de la mujer que estaba en la familia.
—¿Hemos perdido saber y poder en esto?
—El paso del hogar al hospital, a la habitación que es muy limpia, aséptica, ha supuesto un cambio. La mujer ahora se siente más sola, más perdida, menos poderosa, porque todo este proceso ya no está en manos de la mujer. A las mujeres les han quitado la legitimidad de la cultura del parto. Les han quitado la autoridad y el papel que tenían como madres, como familia. Las mujeres antes sabían qué hacer. En cambio, hoy, si no está el experto, las mujeres se encuentran en una situación de fragilidad. Se ha deslegitimado el saber de la mujer en esto.
—¿Por qué decidió mantener el sardo en la obra? Elegir una lengua, un léxico particular, ¿cambia la historia?
—Elegí utilizar palabras y frases de la lengua sarda, y sobre todo también adaptar la estructura sintáctica del italiano a la forma sarda por diversas razones. Para explicar los diálogos, para que fueran más vivos y auténticos, me hacía falta el sardo, porque es una forma de ver el mundo. Para poder realmente explicar todo a fondo, se tiene que utilizar la lengua. Es algo que ocurre con las lenguas minoritarias como el sardo, que los significados llegan más lejos que la lengua oficial. Hay ideas o conceptos que se explican en sardo que en italiano no encuentro la manera de explicarlas. Los inuit tienen 60 maneras de definir la nieve... Conocer y hablar una lengua supone una riqueza. El multilingüismo supone conocer una lengua, una cultura y esto es patrimonio. Pero también recordar y preservar esta lengua es un acto de respeto hacia mis orígenes. Es un acto de resistencia y de rebeldía, sobre todo hoy en día.
—¿Es la literatura, la novela, también una suerte de parto?, ¿lo ve así?
—Sí. De hecho, el libro lo escribí en seis o siete meses... En el 2019. Pero, luego, llegó el parón, llegó el confinamiento, el covid. Y, a partir de ahí, tuve dificultades. Pero aproveché para trabajar más en la obra, para releerla. Y saqué más partido de las críticas que de los elogios...