Lágrimas, tenis y arte a los 36 años

Federer aplasta en el quinto set de Melbourne a Cilic para sumar su vigésimo grand slam

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Tiene 36 años, cuatro hijos, ya organiza eventos dentro de su grupo de empresas como si estuviese retirado, pero el tenis de Roger Federer no se agota nunca. Después de una final jugada a cámara rápida en la Rod Laver Arena, emergió fresco para aplastar a Marin Cilic en el quinto set por 6-1 y activar la máquina de los récords. Título número 96, lo nunca visto con su vigésimo grand slam, sexto Open de Australia (solo igualado por Novak Djokovic y Roy Emerson)... Y después de tres minutos de discurso, ya con el trofeo en la mano, su voz se quiebra cuando, generoso, se acuerda de los suyos, para hacer de la leyenda de un artista una conquista colectiva. «Y mi equipo... Os quiero, chicos. Gracias», proclamó ya con las lágrimas resbalando por su rostro.

Probablemente el mejor tenista de todos los tiempos, si es que merece la pena perder más tiempo en comparar épocas, Federer ha ejercido su autoridad durante tres o cuatro fases diferentes. Aplastó a la generación de transición que se alternó en el número uno mundial tras la retirada de los Sampras y Agassi entre 2003 y 2006; contribuyó al mejor duelo de todos los tiempos con Nadal durante los seis años siguientes; sufrió un cierto paréntesis durante los mejores días del español, Murray y Djokovic entre el 2013 y el 2016, y regresó a lo grande en Melbourne, justo en Melbourne hace doce meses. Es su tenis sinfónico, pero también el físico, el que hace único al suizo, que supera a Cilic por 6-2, 6-7(5), 6-3, 3-6 y 6-1.

Si Nadal fio su epopeya a un solo entrenador hasta que ahora escucha a Carlos Moyá, Federer ha ido empapándose de un y otro técnico, a su aire, hasta volar ahora de nuevo con Ivan Ljubicic. Su propuesta ofensiva, artística y clásica se enriquece con matices a cada cambio. Solo permanece su mánager, su consejera, su esposa, la extenista Mirka Vavrinec, cuya mano estrechó desde la pista en cuanto terminó la final.

Cuando salta a la pista Federer cae el sol sobre Melbourne y lleva horas dándole vueltas a la final. Esa presión la reconoce el quebradizo Roger en la entrega de premios. Pero la sesión nocturna no evita los 38 grados cuando va a empezar el partido. Por eso la organización decide jugarlo con la pista cubierta por el techo retráctil. Se interpreta como un guiño para evitar el cansancio del veterano, pero en cambio la final terminará con un campeón fresco en una quinta manga demoledora.

Sin ceder un set en todo el torneo, Federer sufre lo que requiere una final ante el campeón del US Open 2014, desde hoy tercer tenista del mundo. Solo parece despistarse en el cuarto set. Con dos mangas a uno a su favor y 2-0 y bola de break, permite que Cilic regrese. Pierde el suizo ese cuarto set, pero vuelve a elevarse durante el definitivo. ¿Hasta cuándo mantendrá el pincel en la mano el artista?

«Es un absoluto sueño, el cuento de hadas continúa»

Desde el palco de la pista que lleva su nombre, asiste a la exhibición Rod Laver, leyenda y medida de tantas y tantas cosas en el tenis. Sobre todo, porque nadie jamás podrá igualar su doble Grand Slam. En 1962 como amateur y en 1969 como profesional. Con 79 años, Laver se une al espectáculo tomando fotos de este otro momento cumbre, el vigésimo grande de Federer, que siempre pudo competir cuanto quiso en Australia, Roland Garros, Wimbledon y el US Open, sin el veto del siglo pasado hacia los profesionales. «Es un absoluto sueño, el cuento de hadas continúa», confesó el príncipe Federer en su discurso. 

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