Como siempre, como nunca, Nadal

El español apabulla a Thiem para lograr un inverosímil undécimo título de Roland Garros y su decimoséptimo «grand slam», con una victoria que le mantiene el número uno del mundo


En la interminable pista central de Roland Garros, Rafa Nadal lo ha vivido de todo. En su primera visita, estrenó con 19 años su palmarés en Roland Garros contra un rival menor como Mariano Puerta, construyó su leyenda amargando al violinista más elegante que ha dado el tenis, Roger Federer, lloró de impotencia por una derrota que iba más allá del tenis cuando sus padres se separaban y cedió ante Robin Soderling, se tomó la revancha de este al año siguiente en la final, sofocó la rebelión del mejor Novak Djokovic, puso en su sitio la bonita historia de esfuerzo y constancia de David Ferrer y hasta resistió el tenis eléctrico de un jugador incontrolable como Stan Wawrinka. Así llegó a los diez títulos en París. El undécimo le brindó un pulso contra el presente y contra el futuro. Enfrente, Dominic Thiem, un tenista llamado a protagonizar el gran duelo de los próximos años 20 junto a Alexander Zverev. Completísimo uno, peligrosísimo por irreverente otro. El primero comparecía ayer en su primera final de grand slam, y acabó como casi todos, sometido a la tiranía del mejor jugador de tenis de tierra batida de todos los tiempos, un competidor implacable como ha habido pocos en la historia de todos los deportes. El resultado, su victoria sobre Thiem por 6-4, 6-3 y 6-2, en su undécimo título de Roland Garros, su decimoséptimo grand slam, su torneo número 79 en la ATP, el triunfo que le mantiene como número uno mundial.

Todo es lógico e increíble a la vez en Nadal, el Rey Sol del tenis de tierra batida. Lógico porque su tenis todavía no ha encontrado un rival a su altura en arcilla. Increíble porque no hay precedente, ni parecido, de semejante superioridad en un grand slam. Una jerarquía que prolonga un deportista de 32 años, machacado por las lesiones desde que alcanzó la veintena y al que su propio equipo de trabajo pronosticaba una carrera corta.

Thiem añadió nuevos matices a la final de ayer. Le respaldaba la confianza del que ya ha derrotado a Nadal en grandes plazas de tierra, un servicio que vuela a más de 225 kilómetros por hora, un repertorio completo que su raqueta blanca dibuja sobre la pista ocre como si diese pinceladas sobre un lienzo... Y sus 24 años, lo suficientemente joven, lo mínimamente maduro.

Como quien le enseña su casa al invitado, Nadal comenzó el partido con seis puntos seguidos, y jugó con más aplomo los puntos decisivos de un primer set discutido a raquetazo limpio. Llegó el 5-4 para Nadal, sirvió Thiem y entonces, ahora sí, sintió el peso de la responsabilidad: juego en blanco para el mosquetero moderno de Roland Garros y 6-4. Ese dominio de la escena le aupó en el segundo, que entró en combustión con 4-2. El español empezó a moverse por la pista para esconder su revés y teledirigir la pelota de esquina a esquina; el austríaco apeló al amor propio para soltar el revés como cuando un domador de circo esgrime su látigo. Y el asunto, con el público de la Philippe Chatrier disfrutando de un pulso mayúsculo, terminó como casi siemrpe, con set para Nadal por 6-3.

Tan encarrilado estuvo siempre el undécimo título, que le faltaba un toque dramático. Llegó cuando con 2-1 y 30-0 a su favor, falló un primer servicio y corrió a su banquillo. «No puedo mover el dedo, se me ha bloqueado. ¿Puedo parar un momento?», comentó aj juez de silla con una risa incómoda.

El fisio saltó a la pista, el problema pareció remitir, pero el español le trasladó el mensaje a su equipo. «¡se me ha acalambrado la mano!». Poco importó. Al rato, estaba ya mordiendo otra vez la Copa de los Mosqueteros. Su copa. Su tesoro.

Crónica de una muerte anunciada

Tito Vázquez

Roland Garros tiene dueño. Rafael Nadal, que ganó su titulo número 11 en París. Ese récord, creo, es imposible de superar. El día antes de la final, los entusiastas del tenis teníamos la intención de ver una final digna, difícil, con suspense y posibilidades para ambos. Las estadísticas eran obvias: el favorito era Rafa. Sin embargo, Thiem había llegado a la semifinal en el 2016, 2017, y es, según los críticos, el segundo mejor jugador en canchas de tierra. ¿Tenía los elementos para complicar al español? ¿Cómo jugar en Roland Garros contra el campeón? ¿Cuál iba a ser su estrategia? ¿Podría mantener el nivel y la claridad mental necesaria durante cinco sets?

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