La obsesión de un Tigre hoy enjaulado

Woods, que creció con el sueño de alcanzar los 18 «grand slams» de Nicklaus, retomó hace justo un año su hercúlea obra con el decimoquinto, un Masters que ayer, sin la pandemia, habría terminado

Nicklaus, como capitán de EE. UU. en la Presidents Cup, anima a Woods en el 2005.
Nicklaus, como capitán de EE. UU. en la Presidents Cup, anima a Woods en el 2005. EFE

Cuando el sol hubiese empezado a esconderse tras los árboles, y las sombras de los pinos se hubiesen alargado lo suficiente sobre el icónico green del 18, el Masters habría elegido campeón ayer, segundo domingo de abril. A continuación, la liturgia llevaría al ganador a firmar su tarjeta y luego a la breve entrevista en la casa club y la primera imposición de la chaqueta verde más famosa del deporte. En la sala estaría Tiger Woods, como defensor del título, para imponer la prenda o, quizá, para recibirla de nuevo. Entonces, llegaría la ceremonia al aire libre, de nuevo ajustando la americana sobre los hombros, y la entrega del trofeo, una réplica del edificio principal de Augusta National. El torneo que ideó Bobby Jones, el eterno amateur, habría terminado. Pero la pandemia del coronavirus confinó el golf hace un mes. Sobre todo, a uno de los grandes atletas del siglo XXI, Woods. Mañana, 14 de abril, se cumple un año de su redención, también en Augusta, cuando ganó su quinto Masters, su decimoquinto grand slam (14 en apenas 11 años, tan solo uno en los siguientes 11, desde su épica victoria en el US Open 2008 en Torrey Pines, con una rodilla destrozada). Así que El Elegido, hoy confinado, retomó hace 12 meses la obsesión que le alimenta desde niño, cazar al Oso Dorado, igualar sus 18 majors.

Nicklaus escribió la última página de su odisea en el Masters de 1986, con 46 años. Nadie había ganado en Augusta con semejante edad. Aquel 13 de abril, los Woods vieron en la CBS una gesta que impactó al pequeño Eldrick, a Tiger. ¡El Oso ha despertado de su hibernación!, exclamó el locutor cuando un putt en el 16 allanó la victoria. Aquel fue el primer recuerdo del Masters que impactó a Woods, tal como recogen en su monumental biografía los periodistas Jeff Benedict y Armen Keteyian (Contra). «Sus reacciones tras aquellos últimos hoyos del Masters de 1986 me impresionaron. Eran espontáneas y me hicieron ver hasta qué punto uno debe entregarse en cada golpe. Jack tenía 46 años; yo solo 10 y aún no era capaz de expresarlo con palabras. Pero quería estar donde él estaba, haciendo lo que él hacía», recordó más tarde Woods.

Tras el Masters de 1986, Golf Digest recogió los hitos de Nicklaus, y la edad a la que habían ido cayendo. Aquel palmarés presidió el dormitorio de Tiger. Una obsesión. Pero en lugar de pensar de crío a largo plazo, en el imposible de los 18 majors, Woods aclaró tiempo después que quería alcanzar a menor edad cada uno de sus hitos: «La primera vez que bajó de 40 [golpes en 9 hoyos], la primera vez que bajó de 80, su primera victoria en un torneo, la primera vez que ganó el título Amateur de su estado, el US Amateur y el US Open. Ya está. Esa era la lista. Era todo cuestión de edad. Era lo que me importaba. Él es el mejor que existe y que jamás haya existido. Si puedo hacerlo todo a una edad más temprana, tendré alguna posibilidad de ser el mejor».

El primer encuentro

A los 15 años, Woods ya era una estrella en formación. Durante un clinic en Los Ángeles conoció a Nicklaus, impresionado con su técnica: «Tiger, cuando sea mayor quiero tener un swing tan bonito como el tuyo». Fue el inicio de una cierta complicidad entre el mito y el fenómeno emergente, aunque el carácter frío del niño prodigio los alejaba.

Tiger empezó a tachar fechas en el póster poco después. Ganó antes que nadie —no solo que Nicklaus— el US Junior Amateur: «Atención, Nicklaus, cuidado con el jovencito», tituló el New York Times el reportaje de la proeza de un chico que se fijó otro espejo: «Quiero ser el Michael Jordan del golf, el mejor que haya existido».

Tachó otra fecha, la del US Amateur. Y se hizo profesional envuelto en una expectación que trascendió al golf. «Hola, mundo», tituló Nike el anuncio que acompañó el final de su etapa de aficionado. Y tachó otra fecha, esta ante los ojos de Nicklaus, la de su primer título en el Masters, en 1997, como el campeón más joven de la historia, un hito que hizo temblar los cimientos de su deporte.

Mientras el golf se preparaba para una nueva era, su entrenador, Butch Harmon, convenció a Woods para que emprendiese un cambio de swing, una pirueta arriesgada para un chico que empezaba a reescribir la historia de su deporte. Algo más de dos años más tarde, la nueva mecánica ya estaba interiorizada y reportaba victorias. Nicklaus jamás ahorró elogios para el veinteañero que iba pisando sus pies. En 1999 arrasó en el Memorial en Muirfield (Ohio), en la casa de Jack. «Nunca he visto a nadie jugar así», sentenció Nicklaus en la rueda de prensa posterior ante su heredero: «La mayoría de los jugadores a sus 23 años no tienen esa imaginación y nunca la han necesitado. Con esos golpes tan largos no haría falta ni que entrenara su juego corto, pero lo ha hecho. Y por eso está ganando tanto».

«Destroza los campos de golf»

En realidad aquel chico, programado desde niño para pensar solo en golf, entrenar, competir, sufrir y abstraerse de todo lo que le rodeaba durante los torneos, solo había empezado a ganar. En agosto logró su segundo grande, el PGA de Medinah, y abrió una época gloriosa. Ese 1999 (que terminó con ocho títulos del circuito de Estados Unidos, los cuatro últimos seguidos) fue considerado una de las tres mejores temporadas de la historia del golf. Doce meses que para Nicklaus eran superiores a cualquiera de sus temporadas. «Está destrozando los campos de golf», insistió el Oso Dorado en el 2000, cuando Woods volvió a asombrar cerca de su casa de Columbus, en el Memorial.

Los premios se triplican

En ese 2000, Tiger ganó el US Open, el British en St. Andrews y otro PGA, tres grandes en un mismo calendario, lo nunca visto desde el curso de 1953 de Ben Hogan. Con un relevo simbólico. A sus 60 años, Nicklaus había jugado su último PGA, emparejado en las dos primeras rondas con Woods en un campo cuyo diseño llevaba la firma de Jack, Valhalla.

El circuito solo ofrecía dos escenarios, zarpazo de Tiger u opciones para el resto. Pero su impacto había disparado las audiencias y los premios, un maná que terminaba regando a toda la industria del golf. El PGA Tour pasó de 68 millones de dólares en premios en 1996 —el último con Tiger amateur— a más del triple siete años después, los 226 del 2003.

En la primavera del 2001, Woods logró otro hito inédito, ganar los cuatro majors seguidos en un plazo de 12 meses, a caballo del 2000 y el 2001, dos años diferentes. Tiger Slam, se bautizó la gesta. Entonces, con 25 años, tenía ya seis grandes, una cifra que Nicklaus alcanzó algo más tarde.

Y así fueron cayendo victorias, récords y elogios, mientras su padre construía un delirante relato que situaba a su hijo como un mesías cuyo impacto trascendería el golf. Una misión disparatada que traía sin cuidado a Tiger, que ya volaba sin los grilletes del control y la disciplina de su padre, quien falleció en mayo del 2006.

Al cierre de la temporada 2007, tras otro soberbio arreón final de Woods, Nicklaus daba por hecho que su récord de 18 majors peligraba: «Si Tiger se mantiene sano, lo conseguirá» dijo después de que el Campeonato de la PGA de ese verano marcase el decimotercer grande de su perseguidor, camino de los 32 años, en la etapa más prolífica para un golfista.

Pero los tendones de su rodilla eran en el 2008 como papel de fumar. Producto de sus entrenamientos salvajes o por el efecto de algún tipo de tratamiento, según deslizan Benedict y Keteyian en su biografía. Tiger ganó el US Open de ese año en Torrey Pines físicamente destrozado, tras imponerse en un lunes en un largo desempate de 19 hoyos.

La etapa más dura

Su vida se detuvo en los 14 grand slams. Del campo se fue al quirófano. Reapareció a principios del 2009 y volvió a ganar. Pero la prensa sensacionalista aireó sus infidelidades, su matrimonio se derrumbó y Woods entró en una espiral de problemas: físicos, personales, psicológicos y adictivos... La imagen de chico perfecto que habían vendido sus marcas se volvió en su contra cuando se destapó su vida privada.

Cambió de entrenador, de cadi, de entorno... En marzo del 2013 Tiger encontró algo de paz y regularidad, y recuperó el número uno. Antes de volver al más oscuro de sus agujeros. Carcomido por todo tipo de lesiones, entre marzo del 2014 y julio del 2015 le operaron tres veces de la espalda. ¿Volvería a jugar algún día? Se atiborraba a fármacos para el dolor. En septiembre del 2018 ganó The Tour Championship, su primer título en un lustro. En el 2019 se enfundó su quinta chaqueta verde. La caza del Oso se había reiniciado. Hoy le faltan tres para alcanzar a Nicklaus. Anulado el British Open, este año solo se jugarán tres grand slams: el PGA en agosto, el US Open en septiembre y el Masters en noviembre. Fechas nuevas para retomar la obsesión de un Tigre aún enjaulado.

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