Gijón

Desde 1919 hasta 1961, la Asturias que añoraban los miles de asturianos emigrados a Cuba no solo era la que revivían en sus recuerdos o imaginaban a partir del relato de sus familiares y allegados en la correspondencia que cruzaba sin cesar el Atlántico. Durante ese periodo de la emigración asturiana a la isla, la lejana tierra donde nacieron -y a la que muchos no volverían- tuvo para ellos exactamente el aspecto que transmitieron las miles de fotografías remitidas desde el Principado que fue publicando a lo largo de su dilatada existencia El Progreso, la revista dirigida por el boalés Celestino Álvarez González (1881-1955) que durante esas cuatro décadas largas fungió como la «Defensora de los intereses de la colonia asturiana». Son 5.405 imágenes cuya adquisición acaba de rematar el Muséu del Pueblu d'Asturies después de diez años de pesquisas, compras y donaciones: un «regalo» que el museo se hace a sí mismo y hace a todos los asturianos del presente con motivo de su 50º aniversario. Pero sobre todo, quiere ser un homenaje a los que en el pasado se vieron forzados a buscar fortuna en ultramar y la compartieron muy a menudo con los que dejaron a esta parte.

Incluso sintiendo hoy una parte que todo lo que cargaban estas imágenes, se hace difícil comprender en tiempos de sobreabundancia de información y de transmisión instantánea de todo tipo de datos audiovisuales hasta qué punto llegaron a ser preciosas y emocionantes para sus destinatarios. Eran literalmente una parte de Asturias, su única ventana a su tierra de origen. El archivo gráfico de El Progreso -las más de 5.000 fotografías y unos pocos dibujos originales, en su mayoría caricaturas- han pasdo a formar parte de la rica fototeca del museo, una vez rematada la última remesa de imágenes: 1.682 fotografías donadas por un mecenas madrileño deseoso de honrar de este modo la memoria de su tatarabuelo, el naviego  Francisco González Fernández, uno de aquellos asturianos que marchó con lo puesto y descalzo en las primeras oleadas de la emigración a Cuba. Al archivo se suma una colección casi completa de El Progreso, la más longeva de las publicaciones en su género. En sus páginas, los corresponsales informaban de la activa vida social de la colonia asturiana en La Habana e incluían numerosos artículos de opinión y colaboraciones literarias de firmas locales y ultramarinas;  pero sobre todo transmitían todo lo que les llegaba desde Asturias: crónicas de fiestas, romerías, mercados, bodas, sucesos, obras públicas, decesos, política... La vida cotidiana, narrada en pie de igualdad por los textos de los corresponsales y las imágenes de muchos de los principales fotógrafos del momento: Modesto Montoto (Piloña), Manuel G. Alonso (Avilés), Benjamín R. Membiela (Cangas del Narcea), Fernando Menéndez (Malleza y Pravia), Julio Peinado y Laureano Vinck (Gijón), Cossent y Gómez (Luarca)...

El archivo revela los paisajes, pueblos, villas y ciudades, actividades y fiestas rurales, grupos y retratos, obras de infraestructuras... y de nuevo las imágenes de grupos de escolares y de escuelas, muchas de ellas sufragadas por sociedades de emigrantes o por emigrantes individualmente. Además, abundan las fiestas, celebraciones, comidas y reuniones de las sociedades de emigrantes asturianos en Cuba, tanto de los Centros Asturianos que había en las principales poblaciones de Cuba, especialmente del Centro Asturiano de La Habana, la Sociedad de Beneficencia Asturiana o la Juventud Asturiana como de las sociedades de carácter local en las que se agrupaban los emigrantes por concejos, parroquias o pueblos de origen. Asimismo, hay numerosos retratos de emigrantes y de sus familias, y de los miembros más activos de las sociedades mencionadas. Ocho grandes álbumes con notas explicativas de su contenido y organizadas por concejos clasifican todo el material.

El gran promotor de esta aventura editorial, social y sentimental fue Celestino Álvarez González, que encarna en sí mismo el relato del emigrante en Cuba. Nada más llegar, encontró trabajo en una central azucarera y posteriormente, ya instalado en La Habana, en una bodega, una panadería y negocios tabaqueros. En 1904 entró a trabajar en la fábrica de tabaco de «Romeo y Julieta», propiedad del asturiano de Colloto Pepín Rodríguez, y desarrolló durante la mayor parte de su vida laboral y hasta su jubilación en 1954 trabajó como «lector de tabaquería»: el encargado de leer libros y prensa a los trabajadores de la fábrica mientras estos trabajaban. Fue además socio fundador de la Sociedad de Instrucción Naturales del Concejo de Boal de La Habana y ostentó repetidas veces el cargo de secretario y presidente de esta asociación, que construyó a su costa más de veinte escuelas en Boal. En 1913, comienza a escribir en el Diario de la Marina, periódico dirigido por Nicolás Rivero, de Villaviciosa (Asturias), y en el que trabajaban muchos asturianos, y en el verano de 1919 emprendió su propia empresa editorial: El Progreso de Asturias, que dirigirá hasta su muerte en La Habana en 1957. En toda su vida de emigrante, Celestino Álvarez solo regresó a Asturias una vez en 1946. Una década después recibió de la Diputación Provincial el titulo de Hijo Predilecto de Asturias.

Para conmemorar la llegada de la colección, la recepción del museo expone una selección de revistas de El Progreso de Asturias y de fotografías de su archivo gráfico, así como una muestra de revistas editadas por sociedades de emigrantes asturianos en América (Cuba, Argentina, México, Uruguay y Venezuela) entre 1884 y 1981.

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La Asturias que llenó los ojos de la emigración cubana

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