El sector asegura que las buenas cifras del verano apenas dan para cubrir el bajón del resto del año y advierten de los efectos indeseados de la saturación de actividades estival
10 oct 2018 . Actualizado a las 08:45 h.Se suele decir que los números cantan, pero a menudo el cántico no suena igual para todos los oídos. En este caso, el de los empresarios del sector hotelero gijonés, que no acaban de encontrar una música tan jovial como podría pensarse en las recién publicadas cifras del turismo en la ciudad en 2017. El informe divulgado el lunes por la empresa municipal Divertia recoge un incremento de la ocupación hotelera y un leve crecimiento de la rentabilidad en un contexto de récord de visitas y de muy alta satisfacción por parte de los visitantes. Pero Beatriz Cimadevilla, vocal de la Asociación de Hostelería y Turismo de Asturias (OTEA) y gerente ella misma del hotel San Miguel, no acaba de encontrar motivos para echar las campanas al vuelo. No discute las cifras, pero sí lo que traslucen. «Es cuestión de ópticas distintas», explica. Y la de los empresarios del ramo sigue viendo una realidad en los datos: el verano funciona, pero lo que acopia en él da a duras penas para cubrir el bajón del resto del año.
«Personalmente, euforia, ninguna. Esta es una batalla que hay que librar a diario y no solo en los meses de verano. Es verdad que han subido algo la estancia y el precio medio diario, pero ha sido tan poco que realmente no repercute tanto en la rentabilidad de los establecimientos», argumenta la empresaria. El problema reside en el prorrateo de esas ganancias a lo largo de los doce meses del año. Y en hacer que lleguen para cubrir los de menor ocupación, capaces de hacer descender el 100% hasta el «65 por ciento de media anual»; y muy en particular cuando se alarga demasiado la llegada del primer refresco turístico del año, la Semana Santa: «Cuando viene un primer trimestre tan malo como el de este año, en el que la Semana Santa empezó tarde, y tan malo como tememos que lo sea el del año que viene, en el que vuelve a caer en el tercer trimestre de abril, hay que tirar del granero del verano. Y entonces es cuando ves que los recursos no son tantos para levantar ese periodo», explica la representante de OTEA.
Desestacionalizar, desmasificar
¿Cómo levantarlo? La respuesta es sabida, pero no practicada, según Beatriz Cimadevilla: «La única manera de hacerlo es desestacionalizando el turismo», señala. Pero, en su opinión, «sigue siendo algo que parece no haberse entendido todavía: se masifica de actividades y de vida frenética el periodo de verano; tenemos una necesidad imperiosa de que el verano esté a reventar y el resto del año nos olvidamos». Contra el parecer de los gestores municipales de turismo, a juzgar por programas de actividades tan intensos y extensos como el de esta temporada estival, Cimadevilla cree que «el verano está hecho» y que la ciudad no necesita en realidad «de ese despliegue».
Es verdad -admite- que hay una parte de la población que «parece tener necesidad de eso, y que si no lo tiene se cabrea»; pero también «que hay una masa de gijoneses que están hartos de qe la ciudad se sature». «Yo, que tengo un negocio hostelero, soy la primera que no quiere masificación; quiero que todo fluya, la convivencia entre ciudadanos y turistas», asegura. Cuando se le pregunta si esa es la postura generalizada entre los hoteleros gijoneses, si habla por todo el sector, no duda: «Creo que hablo por una parte importante del sector que estamos apostando por turismo sostenible y responsable.
Entonces, ¿qué hacer para descongestionar el verano y redistribuir la oferta el resto del año, cuando no hay playa ni bonanza? «Cosas que se están haciendo en todo el mundo, no es nada nuevo. No se trata de copiar, sino de adaptar a tu comunidad. Y lo mejor es que en Asturias tenemos todos los recursos: montaña, mar, un clima que a nosotros puede hartarnos pero que para la gente del sur es una delicia, inviernos no excesivamente duros, gastronomía, cultura…» Son recursos que quizá «no atraigan a un turismo mayoritario», pero son tan diversos y disponibles -según la representante de OTEA- que permiten poner en práctica la vieja máxima de que «muchos pocos hacen un mucho».
«Prefiero una segmentación turistas por interés específico en la región que el que viene en verano, que por otra parte lo tienes garantizado. Hay una oferta, sobre todo en la cultura, que hace moverse a la gente», aduce. Y pone un ejemplo: FETEN, en pleno febrero, «un acontecimiento que era en principio una feria de teatro para niños y niñas y que se ha convertido en un producto turístico perfecto». Beatriz Cimadevilla apostaría sin titubieos «más por eso o por los deportes que por los conciertos de verano». Y más disponiendo de centros como Laboral Ciudad de la Cultura, LABoral Centro de Arte, el Centro Niemeyer o el Bellas Artes, que no acaba de explicarse por qué no llegan a generar el mismo tirón que el Kursaal, el Guggenheim o el Centro Botín, por no moverse de la vecindad cantábrica.
Efectos perversos
Hay varios efectos perversos derivados de este cuadro, al parecer de Beatriz Cimadevilla. «Cuando se ven ciertos titulares de prensa sobre los resultados del turismo, damos la impresión de que, por una parte, somos unos llorones y de que, por otra, estamos ganando dinero a espuertas. Por eso otros se meten en el sector... Y no es verdad que eso esté sucediendo. Ahora mismo estoy preparando una auditoría de calidad y no sabes la cantidad de requisitos que tengo que cumplir y por los que tengo, evidentemente, que pagar», cuenta, con el incremento de los pisos turísticos en mientes.
Por otra parte, la concentración de atractivos en los meses de verano con una oferta hotelera limitada «contribuye a esa economía ilegal, o alegal al menos; porque si la ciudad está llena y la gente sigue queriendo venir, se va a alojar en todos los airbnb alegales que se ofertan. Si generas una demanda superior a la oferta, contribuyes a que todas estas personas que tienen una habitación libre en su casa la pongan en internet y ejerzan de lo que no son, alguien que hospeda a otras personas sin ser profesional y sin nada de nada», apunta Cimadevilla. Pero esa derivada encierra otra denuncia y otra historia.