La playa de San Lorenzo que pudo haber sido

En 1936 se proyectó que el Muro fuera una gran zona verde, en 1964 se quería construir una torre de 13 plantas en el Náutico y, en 1988, se pretendió ganar arena seca con un dique semisumergido

Vista aérea de la playa de San Lorenzo, de Gijón, en una imagen de archivo de 2007.Vista aérea de la playa de San Lorenzo, en una imagen de archivo de 2007
Vista aérea de la playa de San Lorenzo, en una imagen de archivo de 2007

Gijon

La playa de San Lorenzo, en estos 18 años del siglo XXI, ha estado casi siempre, y últimamente más que nunca, en el punto de mira de los gijoneses. Pero la perla del Cantábrico, como se conocía a Gijón a finales del siglo XIX por su tradición balnearia, siempre ha mirado a la playa de San Lorenzo y, a lo largo del siglo XX, se plantearon cuatro proyectos que podrían haberla transformado por completo. Para bien y para mal.

1. El gran centro de diversiones de la playa de San Lorenzo

El primero se remonta a 1935, cuando el arquitecto Juan Manuel del Busto concibe un inmueble de servicios lúdicos que se iba a llamar gran centro de diversiones de la playa de San Lorenzo. El proyecto implicaba la construcción de un edificio de siete pisos en los actuales jardines del Náutico con restaurantes, cafés, un hotel, una sala de fiestas y un balneario con salida directa al mar a través de una conexión subterránea.

El edificio se iba a completar con una ampliación del paseo del Muro con series de pérgolas, terrazas al aire libre, zonas infantiles, tiovivos y caseras de feria, además de campos de juego, pista de tenis y aparcamiento. El acceso a la playa se iba a realizar a través de una gran escalera de doble rampa. «El proyecto no era un espacio restringido y era, por ello, una clara muestra de una cierta renovación social producida durante la Segunda República», escribe el historiador Héctor Blanco, autor del libro Gijón, la ciudad que nunca existió.

2. El parque de la playa de San Lorenzo

De haberse llevado a cabo, la playa y el Muro de San Lorenzo hoy estarían mucho más tiempo soleados. La idea de habilitar un enorme parque en donde, a partir de los años 50 se empezó a construir una fachada marítima a la que se ha intentado poner remedio con un reciente plan de revestimientos, surge en 1936, en los tiempos en los que la Gestora Municipal encabezada por Avelino González Mallada pergeñó una profunda y moderna reordenación urbana con propuestas que, en su mayoría, no llegaron a desarrollarse debido al desenlace de la Guerra Civil.

Una de ellas era este gran parque público de la playa de San Lorenzo que iba a discurrir paralelo al arenal desde la avenida de Rufo Rendueles hasta el Piles, y que iba a tener también una zona para parque zoológico y otra para jardín botánico.

«Planteaba una novedad importante: convertir en zona verde toda la franja costera del ensanche del Arenal, con lo que no solo se disponía de un espacio amplio y ciertamente especializado en secciones complementarias, sino que se dotaba de una gran calidad ambiental a la misma playa y, sobre todo, al paseo -escribe el autor de Gijón, la ciudad que nunca existió-. No resulta difícil imaginar hoy su efecto contemplando el muro de cemento que constituyen los edificios de 12 o más plantas de la fachada marítima».

Sin embargo, esa ciudad jardín idílica que podría haber sido el entorno de la playa de San Lorenzo se descartó en 1940 y, en su lugar, se reconvirtió la entonces charca del Piles en el actual parque de Isabel la Católica.

3. El conjunto turístico del Náutico

Al contrario que el anterior, este proyecto hubiera empeorado el desastre urbanístico iniciado en los años 50 en el Muro de San Lorenzo.  Según recoge Blanco en su publicación, el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, visita Gijón en marzo de 1964 y se le presenta un nuevo proyecto que retomaba la siempre presente aspiración gijonesa de conjugar instalaciones hoteleras y balnearias. La obra planteaba la ocupación total de los jardines del Náutico con una piscina central rodeada de pabellones de usos hosteleros y hasta una torre de 13 plantas en la que se quería ubicar un balneario, un hotel y una sala de fiestas. «Ya se ha previsto la proyección de sombras que, por lo calculado, no afectarán sensiblemente a las zonas de paseo», se explicaba en el proyecto que, sin duda, hubiera creado más sombras que luces.

4. El dique semisumergido de la playa de San Lorenzo

Este proyecto es más reciente y, por ello, será recordado por quienes protagonizaron la fuerte contestación social que generó. El dique sumergido era una de las partes de un proyecto de regeneración de la playa de San Lorenzo con el que se pretendía ganar más zona de arena seca entre La Escalerona y la iglesia de San Pedro. Para ello, inicialmente, se contemplaron tres alternativas: el vertido de casi un millón de metros cúbicos de arena en la zona, la construcción de un dique que dividía el arenal en dos para mitigar el arrastre de sedimento de la zona occidental a la oriental y, por último, el famoso dique semisumergido, que se llamó así porque solo iba a verse durante las bajamares.

El debate, como ya ocurrió con posterioridad con la ampliación de El Musel, es largo y encendido cuando se opta por construir esta escollera de 180 metros de largo, con la planta en forma de cuña que partía de los 27 metros en la iglesia hasta los 37 metros del final y con una altura de dos metros. También se contemplaba un vertido de unos 275.000 metros cúbicos en la zona para dejar el nivel de la arena a unos dos metros del botaolas del muro. El proyecto suponía un coste de 600 millones de pesetas.

A los gijoneses no les convenció en absoluto, aunque hubiera quien incluso considerara que el impacto iba a ser el mismo que el de una hormiga en una bañera. «Se ataca el impacto que causaría la visión del dique en la zona, los posibles efectos sobre la resaca de la parte central de la playa, los riesgos de nuevas corrientes que afecten a los bañistas, el efecto de la extracción de arena en el estuario de Villaviciosa para su vertido en Gijón y, sobre todo, la sensación del carácter experimental, improvisación y poco rigor científico del proyecto«, recuerda Blanco en su libro.

Incluso un grupo ecologista, Urtica, elabora un documento de 33 páginas para explicar por qué no debe llevarse a cabo. La parte técnica la elaboró el geólogo Germán Flor. «El impacto visual es enorme, diga lo que diga el MOPU (Ministerio de Obras Públicas), porque un espigón de esas dimensiones se va a ver más tiempo durante el verano; nadie puede asegurar que la arena nueva no sea arrastrada por el mar; la erosión que se va a evitar en una zona del muro se va a desplazar hacia el este a otra parte del mismo muro y la zona de arena seca que se recupera en una parte se perderá en otra; la Escalerona va a quedar semitapada, y una obra de estas características precisa de unos estudios técnicos mucho más completos, que no se han hecho», decía Flor en noviembre de 1988, según recoge El País.

El caso es que no había ni hubo dinero para hacerlo y se quedó en uno de esos muchos proyectos del Gijón que pudo haber sido y que se han ido olvidando.

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