Así sería la visita por los túneles del refugio antiaéreo de Cimavilla

Podría abrir al público a finales de 2020, pero el proyecto sigue pendiente del visto bueno del ayuntamiento para realizar pequeñas obras de acondicionamiento y abordar, en una última fase, un plan museológico

Interior del refugio antiáereo de Cimavilla

Gijon

Las primeras sirenas indicaban alarma. Se ponían en marcha cuando los vigías situados en el Picu San Martín alertaban de la llegada de los aviones. Las segundas, indicaban que había que ir a uno de los 200 refugios antiaéreos que se repartían por el Gijón de la Guerra Civil. Y las terceras, que se procedía a cerrar las puertas de esos refugios. «La mayoría eran sótanos y portales, refugios como tales eran una treintena y solo dos eran túneles: el de Begoña y el de Cimavilla», explica el geógrafo Toño Huerta, que ayer presentaba en la Casa del Chino el resultado de la primera fase de un proyecto que, con voluntad política, permitiría abrir al público el refugio de Cimavilla antes de que finalice 2020, recuperándose así una parte fundamental de la historia de la ciudad.

El refugio de Begoña, que tenía capacidad para 500 personas y recorría todo el paseo, se perdió en 2002, con la construcción del aparcamiento subterráneo, aunque Huerta calcula que aún se mantiene bajo tierra la galería que se iniciaba justo donde el antiguo cine Hernán Cortés, donde estaba la rampa de entrada en 1936. Sea como fuere, el valor histórico del refugio de Cimavilla, con capacidad entonces para 1.200 personas, reside precisamente en que es el único de sus características que se mantiene y, además, en muy buenas condiciones. Tanto el de Begoña como el de Cimavilla, los dos únicos subterráneos que existieron, se habían construido pensando en bombas de entre 14 y 25 kilogramos a raíz del terrible bombardeo del 14 de agosto de 1936, que causó 54 muertos entre la población civil y 78 heridos graves en la plaza del Parchís.

«La historia del refugio, además, no terminó cuando acabó la Guerra Civil. En los años 40 había una orden presidencial que decía que toda las poblaciones de más de 20.000 habitantes tenían que tener refugios y, por ello, en Gijón se estudiaron cuáles podían utilizarse», señala Huerta, que enumera que, además del de Begoña, se habilitaron los sótanos del antiguo Banco de España (hoy la Biblioteca Jovellanos) y se reformó el interior del de Cimavilla.

Un azulejo recuerda que la última reforma fue en 1948

«En los años 40 se refuerza con hormigón porque tenia problemas de cimentación. La última reforma es justo de 1948 y, de hecho, existe un azulejo con la fecha exacta en el interior», explica Huerta, que lo ha visitado en varias ocasiones para elaborar una primera fase del proyecto de recuperación de este refugio que, a día de hoy, permite un recorrido por unos 140 metros de túneles.

Interior del refugio antiáereo de Cimavilla

«Está muy bien conservado salvo algún pequeño derribo que no afecta a la estructura», indica Huerta, que también menciona una pequeña inundación que, junto con lo anterior, podría perfectamente asumirse en una segunda fase de este proyecto que se remonta ya a 2010, cuando la entonces concejalía de Memoria Social impulsó un inventario de los refugios antiaéreos de la Guerra Civil en Gijón, como complemento a la exposición y al itinerario Gijón bajo las bombas 1936-1937.

«En esa segunda fase habría que continuar con el estudio del refugio ya que nos encontramos un par de tabiques: uno sería el acceso hacia la plaza del Marqués y otro hacia la parte trasera del palacio de Revillagigedo. Habría que ver si se puede continuar el recorrido sobre todo por temas de seguridad y, de esta manera, aparte de tener el acceso desde el muelle, se podría tener otra entrada más», indica Huerta, que explica que el túnel que llegaba hasta la antigua Fábrica de Tabacos está totalmente perdido. Desde la casa Paquet hasta Tabacalera, según relataron en su día quienes se protegieron de las bombas en su interior, se tardaba al menos una hora caminando.

Los túneles tienen una altura de entre 1,60 y 1,80 metros

Así, el actual recorrido sale de la casa Paquet hasta un primer cruce, que está tapiado, con unas escaleras que irían hasta la Colegiata y el Palacio de Revillagigedo y un segundo ramal con una pequeña curva que llega hasta la Torre del Reloj. Los túneles tienen una altura media que oscila entre 1,60 y 1,80 metros, con metro y medio de ancho. No hay ratas en ellos, pese a que siempre circulara ese rumor, y el aire es «limpísimo», sin malos olores en absoluto.

Interior del refugio antiáereo de Cimavilla

Esta segunda fase se completaría con la recopilación de testimonios orales de quienes estuvieron dentro del refugio. «De hecho, eso ya lo estoy haciendo por mi cuenta», dice Huerta, que así puso comprobar que la historia de la mujer que dio a luz, durante uno de los bombardeos franquistas, en el refugio de Cimavilla es cierta. «Logré encontrar al hijo que nació allí y todavía vive en Cimavilla».

La parte más costosa de esa segunda fase del proyecto, que supondría unos 25.000 euros, serían obras menores de acondicionamiento para arreglar pequeños derribos, tapar un pozo o restaurar un tramo de solera que tiene el suelo algo levantado, además de abordar un plan museológico «porque, al final, el objetivo es que el refugio se pueda visitar».

Un recoveco perfecto para recrear los bombardeos

En una tercera fase, la definitiva y cuyo coste dependería de ese plan museológico, el grueso de la inversión, «nada descabellada porque no existen problemas estructurales», se destinaría a obras mayores de acondicionamiento del refugio con elementos de seguridad, iluminación y agua. Incluso Huerta piensa en un recoveco perfecto para, como ya se hiciera en la exposición Gijón bajo las bombas, recrear cómo se sentían entonces quienes escuchaban los bombardeos desde el interior del refugio.

Con su apertura al público Gijón podría ser una de las varias localidades, como Barcelona, Cartagena o Valencia, en las que ya se visitan refugios antiaéreos de la Guerra Civil. «Como recurso turístico es muy importante, pero lo es aún más que sea un recurso didáctico y divulgativo que permita conocer una parte de la historia de Gijón», considera Huerta. Con ello, además, se complementarían las actividades para escolares que, desde hace años, organiza la Fundación Municipal de Cultura en este sentido.

Tal como está, ya podría ser visitado por grupos pequeños de entre cinco o seis personas, pero con la reforma que mejoraría sus condiciones las visitas podrían ser de entre 20 y 25 personas. ¿Qué posibilidades hay de que el refugio de Cimavilla pueda realmente abrirse al público? «En principio, los grupos políticos del Ayuntamiento de Gijón consideran que el proyecto es interesante», dice Manuel Villar, presidente de la asociación Lázaro Cárdenas, que fue la que lo retomó encargando el estudio del estado del refugio a Huerta como geógrafo, así como a una arqueóloga y a un ingeniero de minas. Sin embargo, «está la prórroga presupuestaria y nos han dicho que no hay un duro». Además, esta legislatura está a punto de finalizar, con lo que «tendríamos que esperar a presentar un proyecto» después de las elecciones municipales. En todo caso, «las dos fases que quedan para abrir el refugio al público serían muy asumibles y podría estar en marcha a finales de 2020».

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