Carmen González, vecina de Santurio, denuncia que sus vecinos la quieren «echar de su casa»
27 oct 2022 . Actualizado a las 09:44 h.Las conflictos entre los vecinos es algo que está a la orden del día. La convivencia no siempre es fácil y, en ocasiones, llega a arruinar la existencia hasta del más majo como es el caso de Carmen González Fernández. Esta gijonesa lleva cerca de dos años escuchando «grabaciones» del cacareo de gallos durante «10 horas al día». «Desde primera hora de la mañana empieza a sonar a lo bestia. Está todo el día con la misma cadencia de segundos», denuncia, antes de asegurar que «incluso se oye a la una o las cuatro de la madrugada».
Un «auténtico calvario» que empezó a principios del año pasado. «La casa era de mis padres y tras su fallecimiento decidí reformarla para hacer una casa rural. Justo encima, los vecinos tienen unos gallineros gigantes y yo les dije que los tenían que quitar porque nos caían vertidos, suciedad... y de todo a nuestra finca», señala la propietaria de esta vivienda situada en Santurio.
Pero, la pareja hizo caso omiso a su petición y «comenzaron a agredirle», según asegura. «Me tiraron tierra, me dieron con un palo por la cabeza, me insultaron..., incluso cuando en julio de ese mismo año inicié la actividad de turismo rural tuve que dejarla porque trataban mal a los clientes», asevera Carmen González, antes de detallar que una vez, a una huésped, que coincidió que era amiga suya, la tiraron de una escalera mientras recogía ciruelas «dentro de mi propia finca».
A partir de ese momento, «pusimos denuncias y hubo varios juicios, pero los absolvieron porque van al juzgado como si estuvieran muriendo». Sin embargo, eso no quedó ahí. Carmen González comenzó a escuchar a diario el canto de un gallo durante varias horas al día que le impedían llevar una vida normal. «Sufrí muchos ataques de nervios porque estaba trabajando y era imposible, había veces que solo dormía tres horas al día, no podíamos ni con tapones de cera...», relata la gijonesa, quien lamenta que cuando llegaba la Policía Local y la Guardia Civil «no se escuchaba nada».
Debido a esta situación, Carmen González decidió remitir varios escritos al Ayutamiento de Gijón, a las Consejerías de Sanidad y de Agricultura, pero no recibió respuesta alguna. «Solo intercambié unos mensajes con la alcaldesa, pero no sirvieron para nada porque me dijo que 'en la zona rural está permitido tener animales salvajes'», cuenta.
Ante el silencio administrativo, esta vecina de Santurio para cerciorarse bien de los hechos y poder poner la correspondiente demanda decide contratar a un detective privado. «Esto me cambió todo, me cambió el chip, porque en uno de los vídeos que me manda se escucha un chillido horrible y un golpe de altavoz que me permitió saber que era una grabación», resalta.
No obstante, para contar con más pruebas, Carmen González contrata también a una empresa de ingeniería acústica para que le instalasen unos sonómetros en casa y calcular la intensidad del ruido. «En ocho minutos de grabación, el experto de la compañía vio que el gráfico del sonómetro tenía exactamente el mismo pico. Además, dentro de casa, el ruido es de 50 decibelios», denuncia.
Paralelamente, la gijonesa instaló en su casa una alarma de seguridad. «Fue poner las cámaras debajo de los gallineros y dejamos de escuchar diariamente los ruidos, pero hay un silencio vigilante aquí: yo no les veo a ellos, pero ellos a mí sí», asegura antes de recalcar que «lo que quieren es echarnos de mi casa y que yo cometiera el delito de picarles un día al portón por los ruidos. Algo que hice porque no lo soportaba más y ahora me acusan de coacción».
Por el momento, Carmen González está trabajando junto con sus abogados para presentar la demanda pertinente. Sin embargo, anímicamente y económicamente se siente hundida. «Es horrible el ruido. No solo es que tuve que renunciar a mi actividad turística, después de trabajar un año entero para reacondicionar la finca, sino que apenas duermo por las noches de la ansiedad que me genera», sentencia.