La fachada de Gijón que regala sonrisas e ilusión cada Navidad: «Quería que la gente se sintiera acompañada»

María Sánchez Condado
María S. Condado REDACCIÓN

GIJÓN

El número dos de la calle Avelino González Mallada se ilumina cada mes de diciembre para animar las fechas navideñas y rendir homenaje a los Reyes Magos de la ciudad

18 dic 2025 . Actualizado a las 11:17 h.

Cuando se acercan las fechas navideñas, miles de familias se reúnen para adornar sus casas. Los árboles de Navidad, los nacimientos y las guirnaldas rojas y verdes llenan de color los hogares. Pero la Navidad no es para todo el mundo símbolo de ilusión y alegría, hay aquellos para quienes estas fechas se tornan complicadas ya sea por sus situaciones familiares o porque las pasan en soledad. Es precisamente a estas personas a quienes Inmaculada Yenes, vecina de Gijón, homenajea a través de la decoración de su fachada que cada año se llena de luces y alegría.

Cuando Inmaculada aún era una niña, se reunía junto a sus padres para montar el belén y decorar el árbol; una tradición que la gijonesa quiso trasmitirle también a sus hijos. Pero en un momento de su vida, las Navidades se tornaron tristes para Inmaculada, una situación que miles de personas experimentan cada año. «Hay personas para las que las Navidades son terribles, porque falta gente o por algunas circunstancias personales», explica Yenes. Fue esto precisamente lo que le dio la idea de llevar a cabo una iniciativa que terminaría por convertir su fachada en una de las más famosas de Gijón. 

«Quería que la gente se sintiera acompañada, que cuando pasaran por delante de mi edificio sonriera o se alegrarse un poco». Bajo esta premisa, Inmaculada comenzó hace 26 años a decorar poco a poco la terraza y la fachada de su casa: unas luces por aquí, una guirnalda por allá, unos cuantos carteles de «¡Feliz Navidad!». Así, la esquina de la calle Avelino González Mallada con Ramón y Cajal comenzaba a destilar el auténtico espíritu navideño y se convertía en uno de los edificios más famosos de la ciudad en estas fechas.

Lo que comenzó como un pequeño gesto de apoyo y un guiño a aquellos quienes pasean por la larga avenida gijonesa, terminó convirtiéndose en toda una tradición. «Me di cuenta de que estaba haciendo algo significativo cuando los niños que pasaban por delante de mi ventana y los comercios de mi alrededor me preguntaban cada año: “¿Cuándo pones la terraza? ¿Cuándo estará lista?”», explica Inmaculada. 

La iniciativa de Yenes no tardó en propagarse por el resto del edificio. En el año 2000, con el cambio de siglo, Luis —el vecino de arriba— sacó su árbol de la Navidad a la terraza. No tardaron tampoco en unirse Manoli, Geli o José; de arriba a abajo, de la planta alta a la baja, el número 2 de la calle Avelino González Mallada comenzaba a llamar la atención de todo quien pasaba por delante. 

Ahora, más de un cuarto de siglo después, los vecinos de esta comunidad mantienen viva la tradición y cada mes de octubre se ponen manos a la obra para comenzar con los preparativos. «Es muy divertido. Comenzamos a hablar sobre que vamos a poner, que hemos comprado este año; se convierte casi en una competición. Entre todos los vecinos hemos formado una pequeña familia».

La decoración navideña no solo se deja sentir en la calle. La casa de Inmaculada se convierte cada mes de diciembre en un auténtico espectáculo. Un belén de tres metros de largo invade el salón de esta vecina gijonesa y cientos de adornos navideños ponen el broche de oro a un hogar que vuelve a respirar alegría e ilusión. 

Un homenaje a Melchor, Gaspar y Baltasar

Los Reyes Magos viven muy de cerca la ilusión que desprende este edificio gijonés. Sobre todo Melchor que, aunque pasa sus días en el lejano oriente, vigila que los niños gijoneses se porten bien desde su segunda residencia, ubicada, precisamente, este bloque de viviendas. 

Para Inmaculada su iniciativa es además un reclamo al reconocimiento del trabajo del Melchor, Gaspar y Baltasar hacen en Gijón desde hace más de 40 años. Cada 5 de diciembre, lucen sus trajes de gala y traen a la ciudad esa característica magia y esa ilusión de la que los niños gijoneses se impregnan en la noche más esperada del año. «Hacen un trabajo durísimo y la ciudad debería reconocer y homenajear el esfuerzo que hacen cada año», reivindica Inmaculada.