La lucha de Marcelo Chorny contra el cáncer de laringe: «Llegué a perder la voz por completo y tuve que aprender a hablar»
GIJÓN
El entrenador de rugby argentino afincado en Gijón no solo consiguió volver a comunicarse sino que logró también completar una maratón con una traqueotomía
19 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hasta 18 personas por cada 100.000 habitantes desarrollan cáncer de laringe en España, una cifra que sitúa al país entre los que presentan una mayor incidencia de esta maligna enfermedad. A nivel mundial, sin embargo, se considera un tumor poco frecuente. Sus consecuencias pueden ser devastadoras, ya que afecta a un órgano esencial para respirar, hablar y tragar. Bien lo sabe Marcelo Chorny, puesto que convivió con esta patología durante seis largos años. «Llegué a perder la voz por completo y tuve que aprender a hablar», dice este vecino de Gijón, poniendo así de manifiesto el impacto que tuvo en su vida. Pero, tras meses de lucha, el pasado febrero llegó el alta médica. «Fue una alegría total cuando me dijeron que estaba limpio», confiesa «completamente» feliz de todo lo que ha dejado atrás.
Este argentino de nacimiento y asturiano de adopción ha podido poner fin a una larga etapa de incertidumbre pero, sobre todo, de sufrimiento. «No soy de quejarme, pero la verdad es que lo pasé muy mal. Cuando me pusieron la radioterapia fue muy duro, fue como si me quemasen vivo. Las revisiones eran también horrible, porque me tenían que meter la cámara por la garganta y, al estar radiado, me pasaba un mes seguido con ardores, reflujos… Ahora, por suerte, ya no tengo que pasar cada tres meses por esas situaciones», relata el actual entrenador del Gijón Rugby Club. Por si fuera poco, cada cita con el médico llevaba además consigo el temor de que la enfermedad siguiese haciendo de las suyas. «Tenía siempre miedo de que algo no fuese bien», confiesa a sus 59 años.
Aunque la enfermedad ya es cosa del pasado, todavía tiene muy presente todo lo vivido durante estos últimos años. Recuerda incluso a la perfección cómo empezó todo. «Comencé hace una década y media a sufrir afonías. Me vieron varios médicos de distintos lugares, pero todos decían que no era nada. Hasta que le dije bien claro a una médica del Hospital de Cabueñes que vivía de la voz y que así no podía estar», relata el natural de Mar del Plata, que se mudó a la ciudad asturiana para continuar su carrera profesional como entrenador de rugby. Tras realizarle varias pruebas, la especialista del centro sanitario asturiano determinó que la dificultad que tenía para articular palabra se debía a un cáncer de laringe y de cuerdas vocales.
La noticia del diagnóstico cayó como un jarro de agua fría sobre el técnico argentino. Jamás se había imaginado que el motivo por el que le dolía tanto la garganta fuera un tumor, sobre todo porque nunca había consumido alcohol ni tabaco —ambas sustancias son principales factores de riesgo—. «Me quedé helado cuando escuché la palabra cáncer. Pero, inmediatamente, le pedí que contase toda la verdad. Me contestó que podía estar tranquilo porque lo habían pillado a tiempo y que con unas simples operaciones me iban a limpiar la zona afectada», cuenta. La primera intervención tuvo lugar en febrero de 2019 y la segunda, tres meses más tarde. Ninguna de las dos surtió efecto. «Seguía teniendo células cancerígenas, así que me sometieron durante 40 días a radioterapia», añade.
El tratamiento con radiación de alta frecuencia tampoco dio los resultados esperados. «Tuvieron, por tanto, que operarme por tercera vez y fue entonces cuando vieron que el tumor era aún mayor», relata. Ante la gravedad de su situación, decidió viajar a su tierra natal para reencontrarse con sus hijos y recuperar fuerzas antes de afrontar una cuarta intervención. Corría el mes de febrero de 2020 cuando volvió a pasar por el quirófano para someterse a una laringectomía, una intervención quirúrgica que consiste en la extirpación de la laringe y las cuerdas vocales. «Me quedé totalmente sin habla», asegura. Marcelo, que se vio obligado a vivir sin una de las herramientas fundamentales para comunicarse.
Perdió por completo la voz, pero no las ganas de seguir luchando. «Me aferré a mis dos hijos. Pensé que tenía que aprovechar la ocasión para darles una buena lección de vida: aunque vengan mal dadas, hay que pelear y no rendirse. Así que decidí que me iba a sacrificar por aprender a hablar, por cuidarme y por estar bien. Me convertí, por decirlo de alguna manera, en el protagonista de mi propia historia y me dije: “Lo mejor que pueda estar dentro de mi enfermedad, lo voy a hacer”. Y con esa actitud modifiqué, no la enfermedad, pero sí todo mi entorno», confiesa sobre la manera en la que plantó cara al cáncer que amenazaba con cambiar su destino para siempre.
Al poco de recibir el alta hospitalaria, se declaró el confinamiento por la pandemia del coronavirus. No le quedó, por tanto, más remedio que trasladarse a la casa que su hermano tiene en A Coruña para comenzar allí la rehabilitación. «Me permitieron salir de la comunidad porque necesitaba ciertos cuidados», cuenta. A diferencia de lo que ocurrió con otros pacientes oncológicos, el encierro no supuso para Marcelo un obstáculo, sino una oportunidad para volcarse por completo en su recuperación. «A mí me favoreció mucho porque, al no tener nada que hacer, me pasaba todos los días 12 horas frente al espejo practicando para volver a hablar», relata. Tenía tantas ganas de volver a comunicarse que hasta pidió a la logopeda de la Asociación Española contra el Cáncer que le diese clases por videollamada.
No dejó de ejercitarse hasta que conseguió hablar con cierta fluidez. «Al principio solo decía sílabas. Primero me salían “ma” y “pa”. Después ya “mamá” y “papá”, como si fuera un niño pequeño. La primera frase que conseguí decir fue “mi mamá me ama”; después, “mi papá me ama”. Y así empecé, poquito a poco, a alargar las palabras y a incorporar más sílabas», destaca el técnico, quien en pleno proceso de recuperación, recibió una llamada que supuso un gran impulso. «Me contactaron desde un campus de rugby porque querían contratarme. Les dije que no hablaba, que estaba aprendiendo a hacerlo, y me respondieron: “A nosotros lo que nos interesa es que vengas y hables como puedas”. Eso me dio mucha confianza. A partir de ahí fui practicando más y más», cuenta.
«Cuando volví a entrenar, al principio escribía en una pizarra y mi ayudante hacía de intérprete hasta que conseguí recuperar la voz», cuenta Marcelo, quien apenas tres meses después ya estaba dando una charla en Barcelona para contar su historia de superación. «Aprendí a hablar en tiempo récord», apostilla, orgulloso. Y no es para menos, ya que pasó de no poder comunicarse verbalmente a ser capaz de ofrecer intervenciones de casi una hora de duración.«Al hablar con un micrófono no fuerzo tanto la garganta, me sale mejor la voz y consigo hablar con más fluidez», explica, antes de señalar que en su día a día utiliza un altavoz «como los guías turísticos» para comunicarse, sobre todo, con sus jugadores, ya que «al aire libre y con el ruido» resulta «muy complicado» que entiendan sus instrucciones.
Al recuperar la voz, Marcelo no solo pudo retomar su rutina y seguir dedicándose profesionalmente a lo que realmente le apasiona, sino que también amplió su actividad dentro del mundo del rugby. Además de entrenar al Gijón Rugby Club, ejerce como árbitro. «Utilizo un silbato de mano porque, como tengo una traqueotomía, no puedo expulsar aire por la boca», precisa. Su dificultad para respirar tampoco le ha impedido asumir nuevos retos. Hace apenas tres meses se calzó las zapatillas para disputar la maratón de Madrid, con el objetivo, además, de dar visibilidad a la enfermedad. «Corrí 28 kilómetros, después caminé y llegué corriendo. Tardé casi seis horas. Fue durísimo, pero no tanto por la carrera en sí como por la preparación», relata.
Durante ocho meses se entrenó por su cuenta, sin entrenador ni ayuda profesional. «La única regla era que solo podía faltar a entrenar si hacía buen día. Pero si llovía o había tormenta, tenía que salir igualmente. Vivo en Constitución y tenía que subir hasta La Providencia. Eso era durísimo: cambiarte en pleno invierno, salir a correr bajo la lluvia durante dos horas, casi todos los días... La cabeza te va jugando malas pasadas. Pero eso fue lo que me fortaleció. Así que, más allá del sufrimiento, la satisfacción personal es mucho mayor», admite el argentino que, sin saberlo, se ha convertido en el primer traquetomizado — «al menos de España»— en completar una prueba de estas características.
«El hecho de haber participado en esta marcha tuvo mucha difusión y, a partir de ahí, empecé a recibir llamadas no solo de personas enfermas, sino también de gente que, después de verme, me decía: “Te vi haciendo lo que hiciste y me da vergüenza no hacer deporte”. Para Marcelo, aquella experiencia también reforzó su papel como testimonio de la Asociación Española contra el Cáncer, donde ahora dedica parte de su tiempo a acompañar a pacientes y familiares y a demostrarles, con su propio ejemplo, que un diagnóstico de cáncer no tiene por qué significar el final de una vida activa. «Salvo que sea un tumor grave y complicado, no es el fin del mundo. Se puede seguir haciendo cosas», asegura.
Además de acompañar a otros pacientes, Marcelo Chorny se ha propuesto que su experiencia sirva para que casos como el suyo no vuelvan a pasar desapercibidos. Está convencido de que sus primeros síntomas se minimizaron por su condición de deportista y, por eso, insiste en que cualquier señal de alarma debe ser escuchada y estudiada. «Si algo no te parece normal, hay que insistir», defiende, consciente de que un diagnóstico a tiempo puede marcar la diferencia. En su caso, gracias a no haber pillado la enfermedad en un estado muy avanzado no solo ha recuperado su voz sino también las riendas de su vida.