La renuncia de Comey a declarar en el Senado complica el futuro legal de Trump

Expertos ven indicios suficientes de obstrucción a la justicia por parte del presidente

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NUEVA YORK / CORRESPONSAL

En los últimos días, Donald Trump ha dado munición suficiente a los argumentos de varios expertos legales que apuntan a que sus acciones constituyen un posible caso de obstrucción a la justicia -un cargo que originó el comienzo del proceso de impeachment contra dos presidentes en los últimos 43 años-. Por ello, en las mesas de debate se repite una y otra vez la misma pregunta: ¿Supone el despido de James Comey un peligro legal para Trump? Para muchos, la respuesta es rotundamente afirmativa, sobre todo tras conocer que el ex director del FBI declinó la invitación que le hizo el Comité de Inteligencia del Senado, para hablar sobre las razones de su abrupta salida en medio de la investigación sobre la supuesta injerencia rusa en las elecciones.

El rechazo se produjo justo después de que el presidente amenazase públicamente a Comey con supuestas grabaciones que pondrían en entredicho las versiones que diferentes medios de comunicación están publicando sobre el encuentro que Trump y Comey mantuvieron en enero durante una cena celebrada a petición del exjefe del FBI.

Esta amenaza de Donald Trump ha escandalizado a buena parte de la clase política estadounidense por dos motivos. Primero, por la posibilidad de que el presidente realice grabaciones de sus encuentros privados en la Casa Blanca y, segundo, por la intimidación que podría suponer una advertencia de estas características. 

Reuniones secretas

Ahora, el Partido Demócrata le reclama a Trump que entregue esas cintas, o que admita que miente. El hartazgo ha llegado a tal nivel que, según The New Yorker, la posible destitución del presidente -el proceso conocido como impeachment- se ha abordado en reuniones secretas entre congresistas demócratas y republicanos, aunque sin avances. Para los primeros, es evidente que el cese de Comey supone un claro caso de obstrucción a la justicia después de que el propio Trump explicase el motivo del despido: «Cuando decidí hacerlo me dije a mí mismo que esta cosa de Rusia-Trump es una historia inventada», confesó el neoyorquino.

«Me volvería loco si un cliente mío dice algo así», explicó Robert Bennett, abogado que defendió a Bill Clinton durante el escándalo de Monica Lewinsky. «Es tan estúpido lo que está haciendo», añadió sobre Trump. Bennett admitió que, con lo que de momento se sabe, no hay suficientes evidencias que demuestren la obstrucción a la justicia.

El código penal de EE.UU. define obstrucción a la justicia como «influenciar, obstruir o impedir la administración justa de la justicia de una manera corrupta, con amenazas o a la fuerza». Es importante señalar que las normas del Congreso para delimitar un caso de estas características son mucho más sensibles que las de los tribunales. Como ejemplo están las experiencias de Clinton y Richard Nixon; ninguno se enfrentó a cargos criminales por obstrucción a la justicia pero ambos fueron acusados de ello.

Sin aludir a la crisis desatada, ayer Trump dio su primer discurso de graduación en la Universidad cristiana de Liberty, en Virginia. Era la primera vez que el presidente comparecía públicamente desde que despidió a Comey y allí aprovechó para volver a cargar sin piedad contra el establishment, al que definió como «un pequeño grupo de voces fracasadas que piensan que lo saben todo y que quieren decirle a todo el mundo cómo vivir y qué pensar». «Disfruten de la posibilidad de ser outsiders», aconsejó a los estudiantes un sonriente Trump.

Los demócratas temen que el nuevo director sea otro aliado incondicional del magnate

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Con la salida de James Comey de la dirección del FBI, la Casa Blanca abre ahora un proceso de selección en el que Donald Trump está considerando a casi una docena de candidatos para sustituir al exlíder de la agencia. El fiscal general, Jeff Sessions, y su número dos, Rod Rosenstein comenzaron ayer a entrevistar a los primeros cuatro nombres: El senador John Cornyn, segundo del caucus republicano en el Senado; el director en funciones del FBI, Andrew McCabe, quien esta semana contradijo a la Casa Blanca en varias ocasiones; Alice Fisher, una abogada que dirigió la división criminal del Departamento de Justicia durante la Administración de George W. Bush; y Michael J. García, un juez de la Corte de Apelaciones de Nueva York que anteriormente fue fiscal para el distrito sur del mismo estado. Entre todos ellos, quien más preocupa a los demócratas es Cornyn, un ferviente defensor de Trump que ha servido de perro de ataque del neoyorquino. «Tomaremos una decisión muy rápido», dijo ayer el presidente sobre un nombramiento que podría llegar antes del próximo viernes. 

Un detractor de Hillary

Según fuentes de la Casa Blanca, la lista también incluye al representante de Carolina del Sur, Trey Growdy, toda una pesadilla para Hillary Clinton. Growdy no solo presidió la investigación del comité de la Cámara baja sobre la muerte de estadounidenses en Bengasi, sino que también fue una de las voces más críticas contra Comey por no haber procesado a Clinton en la investigación sobre los correos electrónicos. El presidente también estaría considerando al exagente especial del FBI, Mike Rogers y al excomisionado de policía de la ciudad de Nueva York, Ray Kelly, a quien Bill Clinton también cevaluó para el mismo puesto, algo que beneficiaría un acuerdo entre republicanos y demócratas.

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Según The Washington Post, también han sido entrevistados otros cuatro candidatos para actuar como director interino, aunque si McCabe no fuese elegido titular podría permanecer en el puesto. Washington volvió así a poner en marcha un mecanismo de evaluación en el que una vez más, la última palabra la tendrá el Senado estadounidense. Ninguno lo tendrá fácil. El elegido deberá de trabajar bajo una enorme presión y reconducir el liderazgo de la investigación sobre la supuesta injerencia de Moscú en las elecciones presidenciales.

La Casa Blanca amenaza con eliminar las ruedas de prensa

Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca, no ha pasado ni una sola semana sin que el presidente de EE.UU. cargue contra los medios de comunicación. Televisiones, radios y periódicos estadounidenses están ya más que acostumbrados al famoso fake news de un mandatario que, a menos que se comulgue fervientemente con su palabra, solo ofrecerá menosprecio contra las cabeceras más importantes del mundo. 

En los últimos días se ha recrudecido la guerra que el neoyorquino declaró públicamente a la prensa y el único culpable, una vez más, ha sido el propio presidente. Las permanentes contradicciones con su equipo en la Casa Blanca durante la mayor crisis de la nueva Administración causaron tanto desconcierto que los medios analizaron con tesón las diferentes versiones, contraponiendo cada una de las posturas y evidenciando la gravedad de dicha discordancia.

Con su habitual desdén contra la primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos y con pataleta incluida, Donald Trump respondió: «Quizás lo mejor que pueda hacer es cancelar todas las futuras ruedas de prensa y entregar las respuestas por escrito, en aras de la exactitud». La amenaza del presidente es solo una prueba más de su ignorancia sobre lo que supone un sistema democrático en el que la libertad de prensa es un elemento fundamental. Algunos expertos creen que es solo cuestión de tiempo para que el presidente decida terminar su interacción con los medios y así evitar cualquier tipo de crítica. 

Caos comunicativo

Y es que las contradicciones sobre el fulminante despido del director del FBI, James Comey, dispararon las alarmas como pocas veces en la capital estadounidense. Fue el propio Trump quién elevó la confusión al asegurar que iba a despedir a Comey al margen de las recomendaciones de Justicia, cuando horas antes la Casa Blanca sostenía que lo había hecho por consejo del fiscal general adjunto, Rod Rosenstein. «Es complicado comparecer con total rigurosidad», justificó Trump tras las continuas meteduras de pata.

El caos comunicativo se completó con el mensaje oficial de la nueva Administración de que Comey no contaba con el apoyo de sus empleados, algo que desmintió en el Senado y, bajo juramento, el director en funciones del FBI, Andrew McCabe. McCabe además confirmó que la investigación sobre la injerencia rusa en las elecciones es algo «muy serio», mientras que Trump insiste en asegurar que se trata de una invención de los medios y del Partido Demócrata por haber perdido las elecciones.

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