Que traigan a Franco a Asturias


Los nazis, todos ellos, incluidos los españoles, no se han enterado aún de que perdieron la guerra miserablemente. De que no queda más que un residuo tóxico de ese mundo de mierda que diseñaron en Roma, Berlín, Tokio, Vichy, Burgos y otras capitales del aquelarre, después de dejar Europa hecha cenizas. Pero el verdugo a menudo pretende convertirse en víctima y acusa a los que buscan justicia de querer abrir heridas, como si las que él causó tuvieran que estar cerradas desde el primer momento. Porque si bien en Europa existió un reconocimiento e incluso un juicio histórico, a veces parcial, de quiénes eran los obvios culpables del caos, eso nunca ocurrió en España. Aquí los asesinos vivieron tan felices y murieron en sus camas o en una cama de hospital donde a veces eran trasladados en una alfombra: tan cutre seguía siendo España después de los 40 años de devastación moral, intelectual y económica del franquismo.

Esos que usan y abusan de los derechos que la democracia les da, los derechos que ellos negaron a los demás durante cuatro décadas, se manifiestan para impedir que los restos momificados del enano salgan de su mausoleo, invocando no se sabe qué paz ni qué niño muerto. Franco se encargó de santificarse a sí mismo en vida y como tal quiso ser enterrado; no le bastó la humillación de las víctimas sino que recurrió al más allá para seguir acechándolas. Y la familia, que en alguno de sus planteamientos políticos parece sumar difícilmente tres dígitos de cociente intelectual pero ha disfrutado de una vida sospechosamente lujosa, en lugar de dar una lección de grandeza y callarse un poco y aceptar lo justo, se revuelve como un hurón para impedir el traslado de la momia apolillada. Manda huevos.

Los seres que salieron a la calle hace unos días con el brazo en alto no tienen derecho a envolverse en mi bandera. No pueden usar mi constitución, ni disfrutar de la capacidad que ella les da para decir lo que les venga en gana: hay que impedírselo, porque son aspersores de basura y odio. Y si la familia de Franco no quiere llevarse los restos, seguro que en Asturias queremos acogerlos: en Cogersa hay mucho sitio libre.

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