Gran coalición o nos volvemos a ver en mayo

Sánchez y Casado en el debate del 4N
Sánchez y Casado en el debate del 4N

Estamos igual o peor. Igual, porque en el fondo solo ha ocurrido una cosa relevante: Ciudadanos se ha volatilizado y sus diputados se los han repartido el PP y sobre todo Vox. El resto ha quedado prácticamente como estaba: la derecha solo suma tres diputados más que en abril. Pablo Iglesias sigue dejándose 800.000 votos cada vez que se abren las urnas, pero los escaños perdidos no van al PSOE, sino que atomizan aún más el Parlamento. Los indepes suman igual, aunque ahora le harán sitio en los bancos a la CUP. 

La segunda lectura es que tenemos un Parlamento mucho más radical. El bipartidismo resiste. Incluso se recupera, contra la tendencia de los últimos años. Pero a cambio, quien quiera que sea el próximo presidente de la Cámara tendrá que lidiar con 52 diputados de Vox, 5 de Bildu, 2 de la CUP…

¿Por qué hemos llegado a esto? Por un lado, porque lo que ocurre en España no difiere en nada de lo ocurrido en Italia con Salvini, en Francia con Le Pen, en Reino Unido con el brexit o en EE.UU. con Trump. Soluciones sencillas para problemas complejos en un mundo de incertidumbres. Aquí lo habíamos conseguido evitar hasta la fecha. Pero dos personajes clave han cometido dos errores clamorosos. 

El primero es de Albert Rivera. Diciembre el 2017. Aún estremecía el intento de golpe de Estado en Cataluña. Tras liderar la resistencia, Ciudadanos ganó con Arrimadas las elecciones del 155. Las figuras políticas de Rajoy y Soraya salieron muy dañadas de aquel otoño histórico y ya no se recuperarían. La puntilla vendría en primavera, con la sentencia de la Gurtel y la ocurrencia insólita de Iván Redondo de proponerle a su jefe Pedro Sánchez que asaltase la Moncloa con 84 diputados. En esa primavera, Rivera soñó un nuevo partido, que abandonaría el centro y fagocitaría a un PP que agonizaba. Y para ello laminó al alma socialdemócrata que a duras penas mantenía el equilibrio centrista de Ciudadanos. El resultado es que ha sido Abascal quien se ha comido a Rivera. 

El otro error de cálculo es de Iván Redondo, que volvió a apostar fuerte y esta vez convenció a su jefe de que la descomposición de Ciudadanos le daría al PSOE una holgada mayoría. Y el resultado es que entre todos le han dado a Vox una segunda vida que no tenía. 

La victoria de Vox sitúa a España en un mapa europeo en el que no figurábamos. A nivel interno, a partir de ahora sí serán una fuerza relevante. En los sucesos de otoño del 2017, con la astracanada de Puigdemont y Junqueras se rompió el precinto del 155. Ahora Vox llega al tercer cajón del podio con una propuesta que entiende todo el mundo: autonomías o pensiones. Soluciones sencillas para problemas complejos que marcarán el nuevo debate político y romperán nuevos precintos. 

Estamos peor que en abril porque en cifras el bloqueo es casi idéntico, pero mucho más diabólico: el ascenso de VOX le complica a Casado la abstención que permitiría una gran coalición a la alemana. Pero es la única fórmula capaz de evitar que volvamos a las urnas en mayo. No creo que a Pedro Sánchez se le ocurra intentar una coalición Frankenstein con Iglesias de vicepresidente y el apoyo de ERC. Al menos que quiera jugarse dentro de un par de años la presidencia con Abascal.

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