Redacción

El tiempo que viví en Bruselas no fue fácil. Lo peor, tal vez, no fueron el estrés y el extenuante ritmo de trabajo demandado por una institución extremadamente burocratizada. Eso quedaba compensado por la ilusión que suponía poner en marcha la primera delegación de un nuevo partido político en el Parlamento Europeo. Lo peor era la separación de mi familia, incluso volviendo a casa cada fin de semana. Era doloroso despedirme de mis hijos mientras me pedían que no me fuera.

Recuerdo que una tarde de mediados de diciembre de 2014, justo antes de salir de nuestra oficina en el edificio Willy Brandt, me dio por ver la campaña publicitaria que una multinacional sueca de muebles empaquetados hizo para Navidad. Un «experimento» en el que un grupo de niños y niñas escribía una carta a los Reyes Magos y otra a sus progenitores. En la primera pedían juguetes y en «la otra carta» ?así se llamó la campaña? pedían más tiempo con sus madres y padres. Finalmente les preguntaron que cuál elegirían si solo pudieran enviar una de las cartas. Y claro, no conozco el rigor del experimento pero, en mi caso, logró su propósito lacrimógeno. Ese día salí más tarde de lo previsto.

Estos días de descenso del primer pico de contagios, se suceden los debates acerca de las secuelas que dejará la pandemia de una enfermedad para la que aún no tenemos remedio. Hacia qué tipo de sociedad evolucionaremos: una más desconfiada, egoísta y fragmentada, o una más solidaria, colaborativa y cohesionada. Una dicotomía que, en parte, han representado virtualmente los filósofos Byung-Chul Han y Slavoj Zizek, como portavoces oficiosos del pesimismo y el optimismo, de un mal augurio y de un deseo, respectivamente.

Y si saco aquel recuerdo a colación es porque entre las preguntas que surgen con motivo del confinamiento se encuentra la de si habrá algún colectivo a quien haya beneficiado esta crisis. Yo diría que sí, a tenor de lo que estoy viendo desde mediados de marzo, cada día, en mi casa: mis hijos y, si creemos en la verosimilitud del «experimento de la carta», la mayoría de niñas y niños (no olvidemos que, en nuestro país, uno de cada cinco hogares con menores no tiene ingresos) se han adaptado bastante bien a la situación. Aunque echan de menos salir a jugar con sus amigos y amigas, y a pesar de haber asumido una mayor carga en el reparto de tareas domésticas, disfrutan de todo ese tiempo en familia compartiendo juegos, deberes escolares, recetas, manualidades, músicas, películas; también conflictos. Han recuperado la esencial vivencia de la infancia: la convivencia. Las relaciones que desarrollan el apego y los vínculos con los que se tejen las redes de solidaridad y supervivencia colectiva. Una conducta adaptativa que genera un conocimiento del que se les está privando, paradójicamente, con la escolarización temprana. Si no con el propósito, sí con el efecto de acabar adiestrados para competir en una carrera amañada en la que se desincentiva la respuesta colaborativa a los retos de un futuro próximo cada vez más incierto.

Bien lo sabía Margaret Thatcher cuando decía ?como representante formal del pueblo británico, y encubierta del poder financiero? que «no existe la sociedad, tan solo individuos». Porque esa no-sociedad thatcheriana, atomizada, es aún más vulnerable al abuso de poder. Como advierte el agorero Han: «En esto consiste la especial inteligencia del régimen neoliberal. No deja que surja resistencia alguna contra el sistema». Tanto lo impide, que es previsible que utilicen esta crisis, y cualquier crisis, como pretexto para una nueva vuelta de tuerca del mecanismo con el que controlan el acceso popular a los recursos.

Si como decía el poeta Rilke «la verdadera patria del hombre es la infancia», no debemos ocultarnos por más tiempo que nuestras criaturas están siendo expatriadas de ese territorio. Y esa es la patria que deberíamos salvar, si no queremos estar cada vez más indefensos; no aquella que con grandes banderas pretende tapar el sabotaje de nuestra naturaleza eminentemente social.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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Qué patria salvar