Veloces y, sin embargo, con retraso


No creo que sea solo el paso de la barrera de los cincuenta lo que me ha hecho perder la prisa, en general, y en los viajes en coche, en particular. Hace tiempo que decidí conducir más despacio. No solo por dejar atrás esa obsesión por llegar antes -dentro de los límites legales, por supuesto- sino para consumir menos combustible, es decir, buscando una conducción más ecológica y haciendo partícipes a mis hijos de la necesidad de cambiar muchas conductas, si queremos que tengan un mundo del que aún se pueda disfrutar.

Pero hete aquí que, circulando a poco más de 100 km/h. por el carril derecho de la autopista, es frecuente aproximarse a vehículos que circulan más despacio. Y hay que adelantar. Para ello acelero hasta el límite de velocidad de la vía. Pero, en ocasiones, hay que adelantar a varios vehículos, lo que suele llevar, generalmente, bastante menos de un minuto. No es raro que en ese breve lapso de tiempo surja en el horizonte del espejo retrovisor interior un destello que en muy pocos segundos se convierte en un vehículo de gama alta de los que solo pueden circular por el carril izquierdo con las luces largas puestas. Un vehículo cuyo precio parece incluir la exoneración del cumplimiento del Código de Circulación, liberando de responsabilidad a quienes comprometen así la seguridad vial de todos.

Como digo, no es extraño verse sometido a este abordaje varias veces en un viaje. Y, como analista de la conducta, me suelo fijar en qué tipo de vehículos los acometen y en las señales que emiten sus ocupantes. Aunque en estos episodios participan también sucedáneos de deportivos para clases populares -los entrañables macarras de toda la vida-, suelen estar protagonizados por vehículos de los que los producidos en las Fábricas Bávaras de Motores de mi ciudad natal son genuinos representantes. Los macarras con pasta, que se han venido arriba últimamente. Dada la plaga de SUVs, empiezan a abundar estos «todoterrenos para la exhibición urbana» de color negro con banderita amarrada a un retrovisor que ningún otro ha de ultrajar. Además de reclamar paso libre por derecho meritocrático con las luces de carretera, pueden añadir ráfagas, pitidos y gestos poco amistosos, incluso si te encuentras en pleno adelantamiento. Cómo osamos alterar su privilegiada velocidad de crucero. En fin.

En un artículo que escribí durante el confinamiento, hace casi medio año ya («La hipocresía como bandera») mencioné una investigación de la Universidad de Nevada (EEUU) que concluye que la conducta de ceder el paso a peatones en un paso de cebra disminuye en un 3% por cada mil dólares de incremento en el precio del coche. Esto no quiere decir que todas las personas con superpoder adquisitivo sean unas maleducadas, ni mucho menos; solo es que, como concluyen investigadores de las universidades de California y Toronto analizando varias investigaciones, los individuos de clase alta se comportan de forma menos ética que los de clase baja: demostraron que las tendencias poco éticas de los individuos de clase alta se explican, en parte, por su codicia. De esto os contaré más otro día.

Y es que esta actitud avasalladora no es si no una de las expresiones de carencia ética, de un retraso en el desarrollo moral que, no me privo de recordarlo cada vez que tengo oportunidad, va desde la moral preconvencional propia de la infancia -también de algunos adultos-, en la que se actúa con egoísmo por limitada capacidad para pensar en cómo los actos propios afectan los demás, a la moral postconvencional que comienza con la asunción del contrato social como medio para lograr el bienestar de la sociedad y llega a trascender dicho contrato en busca de la moralidad de los principios éticos universales; pasando por la moral convencional, en la que se encuentra la mayoría, que es la que modula la conducta en atención a las expectativas sociales. Es evidente que a estos preconvencionales arrolladores de autopista les da igual lo que pensemos quienes, respetando las normas de circulación y convivencia, obstaculizamos ocasionalmente su paso de egoísmo desenfrenado.

Estos arrogantes acelerados que protegen su endeblez moral con una coraza materialista de gran cilindrada, que te adelantan mirándote con desprecio por encima del retrovisor, retráctil y autocalefactable, son personajes que añoran la sumisión de antaño, cuando el pueblo llano, al ver aparecer al señorito, agachaba la cabeza y callaba. Es un perfil que describe bien a los fanáticos del rancio patriotismo displicente que están saliendo de debajo de las piedras de la historia.

Quede aquí esta anécdota como metáfora de lo que lo que querrían hacer con quienes nos negamos a anteponer los símbolos a las personas y el lucro indiscriminado a la digna subsistencia de todo el mundo: echarnos del camino. Nos adelantarán, pero no convencerán.

¿Y la próxima semana? La próxima semana hablaremos del gobierno.

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