Cómo hemos llegado a este guirigay


Nos encanta fustigarnos, y por eso hemos olvidado demasiado rápido que el nivel cívico de la sociedad española durante la primera ola fue ejemplar. Mientras medio mundo se tomaba el covid a chirigota, aquí contamos con los dedos de una mano los pirados que salieron a hacer footing a deshora o se disfrazaron de perro para dar un paseo.

No es que se hicieran las cosas bien. Cometimos muchos errores. Pero lo que vivimos entre marzo y mayo fue, además de un drama formidable, un reto colectivo, el ataque de un enemigo invisible que nos unió y sacó muchas cosas buenas de nosotros.

Desde entonces, todo se ha deteriorado y esta segunda ola es mucho más peligrosa, porque nos pilla cansados (sobre todo a los héroes a los que hemos dejado de aplaudir), peleados y sin un horizonte de esperanza.

Llueve sobre mojado, en el ámbito sanitario, en el económico y sobre todo en el ruedo político. Nunca es buen momento para que la bomba atómica caiga sobre Hiroshima. Pero a nosotros este ataque biológico nos ha pillado en nuestro momento más débil. Nunca antes tan polarizados como sociedad. Nunca antes un Gobierno tan frágil y tan rehén en la toma de decisiones. Nunca desde la Transición con una crisis de modelo de país tan preocupante.

Y por todo ello, lo ocurrido desde mayo ha sido una sucesión de calamidades. El fin del consenso político para apoyar el estado de alarma, cuando Casado se hizo una foto frente a un espejo y no le gustó lo que veía. Una desescalada exprés en la que todos miramos para otro lado, porque estábamos hartos del encierro y porque necesitábamos a los turistas alemanes e ingleses, aunque vinieran con el virus. Los brotes de negacionistas, que nacieron en Núñez de Balboa y han ido prosperando. El Gobierno de vacaciones mientras las curvan subían. Y sobre todo la insurrección de Madrid, que ha puesto el modelo autonómico contra las cuerdas, y ha culminado con el sainete de esta semana, en la que parece más fácil aprobar una oposición a notarías que atravesar España en coche y saber a qué atenerse.

En contra de lo que se está diciendo, cuando Sánchez deja el estado de alarma en manos de las autonomías no es por escurrir el bulto. A ningún presidente le ha gustado tanto mandar como a él. El problema es que no puede, o no quiere, pactar con el PP. Y la alternativa (ya saben, PNV, ERC,...) impone unas condiciones. No solo para el estado de alarma, sino también para aprobar los presupuestos que permitan recibir el Euromillones de Bruselas. Y esas condiciones nos han convertido en el mercado persa del covid.

Había alternativas. Alemania, el país más descentralizado de Europa, acaba de anunciar un acuerdo con todos los lánder para evitar un guirigay como el que tenemos aquí. Pero para eso hay que tener los redaños de Merkel, que se encerró diez horas con los líderes regionales y no los dejó levantarse hasta pactar una unidad de acción en todo el país. Aquí eso es imposible. Y a un gran acuerdo Sánchez-Casado solo se llegará el día que tengamos un Ifema en cada ciudad y no quede otro remedio. Es decir, cuando sea tarde.

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